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ÉRASE UNA VEZ EN EL BARRIO (4)

Un siglo a la sombra de los cañones

"Mi madre enviaba a mi hermano Pepe a los cañones con una olla a buscar las sobras del rancho de los militares", cuenta Jaume, hijo del Carmel y vecino de una de las 300 casas condenadas al derribo

Helena López

Jaume en la puerta del refugio bajo su casa, en el barrio del Carmel.

Jaume en la puerta del refugio bajo su casa, en el barrio del Carmel. / MANU MITRU

Cristina mira recetas de pasteles sentada en el mesa en la que tiene apilados algunos libros de cocina, de aquellos casi artesanalmente construidos fascículo a fascículo. Mientras, da sorbitos a una botella de agua que tiene siempre a mano. "Tomo 20 pastillas cada día y me dan mucha sed", explica. Cuenta también que se entretiene mirando las recetas, pero que pasteles, pasteles, ya hace pocos. "No tengo ánimo", confiesa. Pero lo quiere intentar esta Navidad. Por sus nietos. Por sus bisnietos. A pocos centímetros, el comedor es chiquito, el que es su marido desde hace 60 años, Pepe, mira en la tele la sesión constitutiva de las nuevas Cortes. Se conocieron en Ceuta, la ciudad de ella, cuando él fue enviado allí a hacer la mili. Ella tenía 14 años. "Una niña". "Le conocí como 'el electricista'. Hasta que vine con mi madre a Barcelona para la pedida de mano, dos años después, casi no me salía llamarle por su nombre. Para mí era el electricista", relata la mujer desde su silla antes de dar otro sorbito a la botella. Pepe, 'el electricista', la escucha y asiente. Sonríe. Tiene 93 años. Es la una del mediodía y la escena ocurre en la casa familiar en la que los padres de Pepe se instalaron a finales de los años 20 del siglo XX, cuando él, el mayor de tres hermanos, era un niño.

En el piso de arriba, en la misma casa, vive Jaume, su hermano pequeño, quien ya nació allí. "Aquí, en este cuarto", dice abriendo la puerta y mostrando una pequeña habitación de matrimonio. "Aquí me parió mi madre, a quien en el barrio llamaban Josefina, 'la molinera', porque tenía una molino", prosigue el hombre mientras va mostrando con una mezcla de nostalgia y orgullo todos los rincones de su casa. Sus historias. El barrio que llamaba Josefina 'la molinera' a la madre de Jaume es el Carmel, donde todavía -y este todavía no es baladí- se levanta esta bonita casa. En la calle de Mühlberg, concretamente, en la parte alta del barrio, ese mirador de moda de la ciudad.

Jaume muestra el cuadro con las viejas vistas desde su casa, desde su casa. / MANU MITRU

Bajo la casa de Jaume, Pepe y Cristina, (todavía) se conserva un impactante refugio antiaéreo que Jaume convirtió hace unos años en bodega, pero que durante el siglo de vida de la casa ha tenido múltiples usos. "Yo no, pero mi hermano Pepe sí recuerda cuando lo usaban como refugio, que venían vecinos de otros casas. Lo que yo sí me acuerdo, de niño, era como lo usábamos de despensa, antes de tener nevera, para conservar los alimentos frescos. Bajaba al bar Delicias [una institución en la zona] a comprar hielo", relata Jaume, a quien le cuesta imaginar su vida desligada de esta bonita casa en cuyo patio trasero, de cuento, sobrevive un gran pino que les regaló su tío cuando eran niños "así de pequeño y míralo ahora".

Un Montserrat en miniatura 

Antes de abrir su casa y la de su hermano y cuñadaJaume había desgranado su anecdotario particular en un paseo por el barrio, casi una extensión de su casa (de su infancia y de su memoria): "Mira, aquí jugábamos de niños. A estas piedras las llamábamos Cavall fort". Su pequeño Montserrat. Mientras lo explica, unas turistas alemanas bajan de las cercanas baterías antiaéreas, a las que su madre enviaba a su hermano Pepe durante la guerra civil con una olla, para que las llenara con el rancho que les sobraba a los militares de los cañones. La anécdota la explica su hermano y la confirma él, el electricista, quien conserva la memoria de forma sorprendente. Pepe explica también que una vez le pilló un bombardeo en los cañones y un militar le dijo que se escondiera debajo de uno y se metiera un palo en la boca. El nonagenario cuenta que subían al turó a ver el espectáculo de las bombas caer sobre la ciudad. Que el Turó brinda una de las mejores vistas sobre la ciudad no lo han descubierto los cientos de turistas que suben a diario a hacerse selfis con Barcelona a sus pies. "Los llaman búnkers, pero no lo son. Son cañones, y cuando acabó la guerra lo desmantelaron todo", precisa el marido de Cristina.

Al lado de su casa, en un terreno verde, lleno de matorrales, se ve a simple vista la entrada de piedra a otro refugio, como el de su casa. En el barrio explican que hay varios y que algunos de ellos están conectados. 

La centenaria construcción, testigo de la historia de este enclave popular de casas autoconstruidas, es una de las 300 casas afectadas por el plan de los Tres Turons, cuya sentencia de muerte fue confirmada en la modificación del PGM del 2010. Hace años que no tiene noticias del consistorio, pero sabe que su futuro –hoy por  hoy– está escrito y no tiene un final feliz. Pero no se resignan. De ahí que Jaume forme parte de la nueva Plataforma d’Habitatges Afectats dels Tres Turons (PHATT) que lucha por defender el patrimonio "histórico y humano" del lugar desafectándolo urbanísticamente. Salvando sus casas; su historia.