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El sardanista pornógrafo que se merece una calle en Barcelona

El hispanista Jean-Louis Guereña aborda el retrato del inclasificable Joan Sanxo Farrerons, el tipo de hombre al que Lluís Companys perseguía por sus pulsiones bibliofilas

Carles Cols

Tres portadas represemtativas de la obra que Sanxo Farrerons vendía como rosquillas.

Tres portadas represemtativas de la obra que Sanxo Farrerons vendía como rosquillas.

Esta será la segunda ocasión en que Joan Sanxo Farrerons (1887-1957), el primer pornógrafo de Barcelona, se asoma a la botica del ‘barceloneando'. Fue el olvidado Larry Flynt catalán, como se contó aquí en enero del 2016, pero fue también un crucial promotor de la sardana, del teatro en catalán, traductor de 'Hamlet', profeta del nudismo, mánager de boxeadores de renombre, como Luis Logan, ‘el rey del KO’, ariete anticlerical y un rosario de más cosas, todo esto durante el primer tercio del siglo XX. También era, aunque parece que sin militar con carnet, un libertario de tomo y lomo. Tenía una imprenta en el número 9 de la calle Bou de Sant Pere. A un anarquista le das una bomba Orsini y tiemblan los cimientos del Liceu, pero si le das una imprenta lo hacen los de toda la sociedad. Aquel primer perfil de Sanxo Farrerons, hay reconocerlo ahora casi como si esto fuera una fe de errores, contenía una afirmación precipitada y desacertada, conclusión a la que se llega tras leer ‘El sardanista pornógrafo’, que esta semana sale a la venta, y conversar con su autor, el catedrático emérito de civilización española de la Universidad de Tours Jean-Louis Guereña. Luego se precisará cuál era aquella afirmación desacertada. Antes, solo por abrir el apetito, revelar ya que Sanxo Farrerons estuvo incluso en el punto de mira, en el sentido policial del término, del mismísimo Lluís Companys. Esta novedad editorial es la repera.

Con una bomba Orsini un anarquista puede sacudir los cimientos del Liceu, pero si tiene una imprenta tiembla la sociedad, y Sanxo Farrerons tenía una

Guereña no es nuevo en este campo poco arado de la historia al sur de los Pirineos. Es autor de cómo mínimo tres investigaciones anteriores sobre como los españoles se han aproximado al sexo en la edad contemporánea, la última ocasión fue en el 2018, cuando llevó a las librerías ‘Detrás de la cortina’, un exhaustivo estudio sobre la cuestión, que abrazaba la materia, en ese caso, desde 1790 a 1950. Que ahora repita con Sanxo Farrerons es una feliz noticia para Barcelona porque abre la luz sobre un aspecto algo orillado de los convulsos años 20 y 30 en esta ciudad, una faceta eclipsada por los acontecimientos histórico de aquella época, que no fueron pocos, y pone el foco así sobre aquella ‘ola verde’ (en palabras de Sinesio Delgado) que como un tsunami cruzó la península, causando especiales estragos en la sociedad catalana.

Antes de aquella ola, en los años 10, Sanxo Farrerons era un tipo con inquietudes catalanistas, como tantos otros, lo cual no le reservaba de entrada un lugar en la historia. Fue impulsor del primer ‘aplec’ de la Sardana en Vallvidrera. Su nombre aparece en una placa en el monumento de aquel barrio que recuerda aquella efeméride. Casi nadie repara en ese detalle. Fue fundador de la compañía teatral Johannus, por amor a esa arte escénica, por supuesto, pero también para impulsar así el catalán como lengua de cultura. Una traducción de 1915 de la escena en que Hamlet aconseja a los comediantes (Acto 2, escena 2) lleva su firma. Tal vez con un currículum así se habría hecho un hueco algún día en la Enciclopèdia Catalana, pero en 1923 ocurrió algo que reorientó su trayectoria vital. El general Miguel Primo de Rivera dio un golpe de Estado y las filias de Sanxo Farrerons pasaron a ser objeto de persecución política. La burguesía catalana, lo que son las cosas, le abrió las puertas a un dictador obseso con españolizar Catalunya. Guereña, visto con perspectiva, acepta que tal vez Sanxo Farrerons, entonces, se buscó otro afán. Puso rumbo a la sicalipsis.

Con tres nombres distintos, el suyo propio, el de Víctor Ripalda (en provocador homenaje al catecismo del jesuita que tantas infancias arruinó) y el de Laura Brunet (mujer de la alta alcurnia madrileña primorriverista hasta el tuétano), aquel filolibertario barcelonés dueño de una imprenta se volcó casi como si fuera una pulsión irrefrenable en la publicación de literatura erótica de un amplio espectro, desde la simplemente picante hasta el sadomasoquismo ‘light’.

A Guereña hay que darle las gracias por ofrecer una mirada inédita sobre los convulsos años 20 y 30, en los que hasta hubo un Eliot Ness del porno

El trabajo de Guereña ha sido estos últimos años poco menos que el de un buscador de oro en los ríos californianos. Ha encontrado valiosas pepitas, decenas de novelitas picantonas que vistas hoy en día resultan curiosas, pero que, sobre todo en los años 30, ya con la segunda república en marcha, inundaron los quioscos de la ciudad, los puestos de libreros y hasta las esquinas de venta ambulante. El capítulo que Guereña dedica a esta etapa es de los que le deja a uno sin pestañear. Es una mirada distinta a la habitual. La república no trajo una mayor permisividad. Al revés. Los sucesivos gobernadores civiles de Barcelona, como si de la ley seca de Estados Unidos se tratara, tenían entre sus prioridades poner fin a aquella laxitud moral. Hasta crearon la figura de un agente especial de lucha contra la pornografía. El resultado fue el previsible. Como en Estados Unidos, donde la prohibición alentó el consumo de alcohol, en Barcelona las incautaciones de revistas y libros calenturientos alcanzaron cifras inauditas, pista inequívoca de que el iceberg era gigantesco, vista solo su punta.

Multas e incautaciones

Sanxo Ferrerons se llevó más de una multa de 500 pesetas por posesión de tiradas de hasta 37.000 ejemplares de algunos de sus títulos. La prensa de la época hace referencia a una operación en la que se requisaron 400.000 volúmenes de un libro verduscón. En la estación de Francia se detuvo a más de un pasajero con maletas llenas de material ilícito. En Correos, los paquetes de exportación de literatura erótica con destino a América se acumulaban para ser expedidos. En la calle Lleida, la policía desalojaba un cine clandestino en el que se proyectaba porno a tres pesetas. A veces, los agentes se incautaban de material ya anteriormente incautado, señal de que había sido desviado con un soborno antes de su viaje a la hoguera. ¡Menudos años 30!

Es precisamente en este capítulo en el que Guereña hace referencia a que en mayo de 1931 Companys, entonces gobernador civil, daba precisas instrucciones al jefe superior de la policía para que, como un Eliot Ness del sexo, pusiera en vereda a los pornógrafos porque lo suyo era “un atentado contra el arte y el buen gusto”.

Aquella etapa no se entiende sin el protagonismo central de Sanxo Farrerons, pozo infinito de hilos narrativos de los que tirar para futuras reediciones de ‘El sardanista pornógrafo’. De su imprenta salió la versión impresa del mítico film de la UFA ‘La montaña sagrada’, con Leni Riefenstahl como protagonista. Publicó también aquel libelo antisemita por el que Henry Ford se disculpó a medias, ‘El judío internacional’, pues no en vano el hombre que popularizó el coche es el único estadounidense que aparece citado en ‘Mein kampf’, obra que como ya intuirá el lector también fue editada por primera vez en España en la imprenta de Sanxo Farrerons. Aquello eran trabajos para hacer caja. Eran encargos que aceptaba y cobraba. Lo que de su línea editorial propia salía era otra cosa: porno y anticlericalismo. ‘En brazos de mi confesor’, por ejemplo. Es uno de sus títulos superventas, que resume a la perfección que dos corceles tiraban del carro de las inquietudes de Sanxo Farrerons.

Que el callejero rinda homenaje a las batallas que desataron la Setmana Tràgica es un deshonor y una ocasión para dedicar una calle a Sanxo Farrerons

Jean-Louis Guereña, en definitiva, ofrece por fin un completísimo retrato de Joan Sanxo Farrerons, infinitamente más exhaustivo que aquel que hace casi tres años se sirvió como aperitivo en este diario. Entonces, como se avisaba antes en el primer párrafo, se deslizó una imprudente afirmación. Se decía que Sanxo Farrerons no era el personaje al que esta ciudad dedicaba una calle, y se aceptaba eso como algo lógico y natural. Pues no. Se la merece. Candidatas, las hay. Por lanzar una propuesta al azar, ahí va la de la calle de Taxdirt, que rinde homenaje nada menos que a una de aquellas batallas que España libró en el norte de África de 1909, donde cientos de catalanes murieron absurdamente y que en Barcelona dieron pie a la Setmana Tràgica, de la que sin duda fue testigo Sanxo Farrerons con 22 años recién cumplidos. No hay que descartar que le marcara de por vida, que sembrara en él la semilla del libertarismo. Taxdirt es una calle que pasa inadvertida y no debería. Así la bautizó el franquismo tras la caída de Barcelona en 1939, al ladito del cuartel Girona, en la calle de Lepanto. Es otra calle de nombre infame. Sería todo un honor vivir en la calle de Sanxo Farrerons.