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UNA ARTERIA MALTRATADA

Colapso en la calle de Urgell

Las interminables obras del AVE, que llevan ya un año en marcha, castigan las ventas de una avenida ya de por sí poco comercial

La singularidad de la vía, y a la vez problema, es su alta capacidad para absorber el tráfico

Natàlia Farré

Un ciclista y una transeúnte comparten acera bajo un andamio en Urgell con Provença.

Un ciclista y una transeúnte comparten acera bajo un andamio en Urgell con Provença. / FERRAN NADEU

Ildefons Cerdà dibujó la calle de Urgell como una importante arteria del Eixample. Su singularidad, a la par que problema, es su longitud, situación y anchura. Características, las tres, que la dotan de una gran capacidad para absorber el tráfico. Es más ancha que sus vecinas: 30 metros, 10 más que el resto. Y su ubicación en el plano, con nacimiento en el Paral·lel (allí con el nombre de ronda de Sant Pau) y desembocadura en la avenida de Sarrià, la convierten en la arteria perfecta para unir puerto y centro con la parte de poniente de la ciudad, entiéndase Sants, Les Corts y Sarrià. Una autopista urbana que siempre ha sido eso, un lugar de paso, y que nunca ha conseguido erigirse como centro comercial pese a sus anchas aceras. Ni crear tejido de barrio. Lo dicho, demasiado larga, demasiado ancha y demasiado tráfico. 

Y ahora menos que nunca. Las obras tienen eso, aunque necesarias, lo desbaratan todo. A la altura de Provença la vía está patas arriba. Sí, como antes lo estuvieron Entença, Enric Granados, Bruc, Padilla, Trinxant y Biscaia. Y como ahora lo están, también, Independència y Nàpols. Son las servidumbres de tener una línea de alta velocidad. El túnel que une la estación de Sants con la Sagrera necesita sus pertinentes salidas de emergencia. Y en eso estamos. Las obras son faraónicas y largas. Y en la prolongación del tiempo está el problema. Nadie discute la necesidad de ellas pero sí muchos claman contra las formas. Vecinos y comerciantes, sobre todo. También los ocasionales, los que cruzan el Eixample, uno de los barrios con más densidad de tráfico, si no el que más.

Falta de ayudas y empatía

Poco qué decir sobre el tráfico, cierto es que las retenciones existen, y más desde que la Gran Via está acampada (y cortada) a su paso por la plaza de Universitat y colapsa las vías transversales que atraviesan el Eixample de izquierda a derecha, pero se supone que el futuro no pasa por el transporte privado, sino por el público. La queja de los comerciantes también tiene aires de futuro, pero negro. Las obras, que llevan allí un año, espantan al ya de por sí escaso cliente de Urgell, y sin él no hay facturación ni subsistencia. La cosa va para largo. Una longitud que se estira a día que pasa. A los vecinos les enerva el ruido y la suciedad, molestias que saben deben aguantar; pero no entienden la inseguridad que reina en la zona. Ambos, comerciantes y vecinos, tienen al ayuntamiento en el punto de mira. 

Obras del tren de alta velocidad en la calle de Urgell. /FERRAN NADEU

Lo de los comercios es la música de siempre, el efecto espantá que una zona en obras ejerce sobre la clientela. Lamentan la falta de ayudas y empatía del consistorio, y de Adif, gestor de las infraestructuras ferroviarias. La empresa solo prevé indemnizaciones si se reclaman (y aun así no están aseguradas). "Se deben presentar a título individual y aportando toda la documentación pertinente. Analizamos cada petición de forma personal". Palabra de Adif, que asegura no haber recibido ninguna solicitud de afectación de la zona de Urgell, y eso que han "realizado numerosas reuniones con los vecinos y se ha informado de ello". Nadie niega los encuentros. Pero sí que el resarcimiento llegue. "Cuando abrieron el pozo de Entença, al túnel de lavado de esa vía solo se podía llegar en contra dirección y lo dieron por bueno", cuenta Sergio Moral, presidente del eje comercial Nou Eixample que recuerda que esas obras supusieron el cierre de 37 locales.

Sin facturación ni terraza

De momento, la reforma de Urgell suma ya dos bajas, un párking y una casa de suministros médicos de la calle de Provença. No estaban exactamente en la zona cero de la actuación, pero es que el efecto comercialmente negativo se expande por las calles colindantes. Sí está en el epicentro el bar La Parada. Su terraza ha desaparecido, su facturación ha bajado un 70% y ya acarrea un despido, de seguir así posiblemente sean más. Seguirá. Pues las obras, que tenían que acabar en el 2020, se  han alargado hasta el primer trimestre del 2021. 

El bar está justo en la esquina de Provença con Urgell, en el lado montaña y Llobregat, la parte más afectada. Los comercios, allí, conviven con una valla de casi dos metros de altura situada a escaso metro y medio del acceso a sus locales. No hay visibilidad y el paso es, cómo poco, estrecho. Y, para acabarlo de rematar, el muro se alarga hasta llegar casi a Rosselló, de manera que, como no hay semáforos cerca, los peatones evitan la esquina. Si no hay paseantes, las ventas se resienten. Lo sabe el bar citado, el de al lado, el fisioterapeuta, la herboristería, la peluquería, el laboratorio de análisis clínicos y la farmacia. Los más afectados. 

Todos piden lo mismo: ayudas municipales. Y todos coinciden en que estas podrían llegar rebajando o suprimiendo el IBI durante el periodo de afectación. Pero el consistorio no está por la labor. "Muchas reuniones pero pocas soluciones", clama Moral. Y es que desde el ayuntamiento se convoca regularmente a los  vecinos para explicar la evolución de la obra pero cuando estos reclaman compensaciones, no aparecen. O las que aparecen "no son las adecuadas", aseguran. "En el caso necesario, la Direcció de Comerç puede reforzar económicamente el distrito para que este pueda implementar el proyecto diseñad"», sostienen desde el ayuntamiento. Pero es que el proyecto diseñado en cuestión sale del propio consistorio y tiene solo dos apellidos: dinamización e iluminación navideña. 

Peatones en riesgo permanente 

En este último caso el municipio "asume la gestión y el coste de la instalación". Pero como en ese tramo de Urgell no hay iluminación navideña, no hay ayuda. Lo de la dinamización tampoco sirve: "¿Cómo quieren dinamizar un tramo que está tapado con vallas, oscuro y tiene un paso complicado?", se pregunta Moral, aunque la queja es unánime entre todos los comerciantes. Aunque algo de luz sí han conseguido: un foco que pone un poco de claridad al tramo. También, dos señales de prohibido circular en bicicleta por la acera y un espejo que despeja ángulos ciegos. Todo por la inseguridad, que es otra de las consecuencias de las obras. Inseguridad la hay en forma de miedo a ser robado y de medio a ser atropellado. 

Un restaurante, con una valla metálica de dos metros frente a la puerta por las obras del AVE. / FERRAN NADEU

En poco tiempo ha habido unos cuantos asaltos nocturnos: la herboristería asegura haber sufrido uno; otro la mutua médica Atlántida, y dos el horno SantaGloria. El otro tipo de inseguridad es la que padecen los peatones, permanentemente en riesgo de ser arrollados. Por la esquina afectada, en el metro y medio  de paso, circulan motos, patinetes, bicicletas y peatones aterrados por la posibilidad de sufrir un impacto. La queja potenció la presencia de la Guardia Urbana. Pero "la patrulla no está permanentemente", afirma Adela García, la propietaria de la farmacia. 

Lo que sí que está siempre es el tráfico, y eso que cuando Cerdà dibujó la calle de Urgell, el concepto tráfico no existía.

Sin héroe y sin pasado

La calle de Urgell no tiene abolengo señorial ni siquiera un pasado anterior al Plan Cerdà. No fue la preferida de la burguesía para instalarse una vez derrocadas las murallas ni su ubicación siguió el trazado de un antiguo camino, riera o similar. La vía está donde está porque ahí la situó Cerdà, aunque el ideólogo del Eixample tuvo un motivo para su ubicación: es tangencial al Casc Antic, como el paseo de Sant Joan lo es por el otro lado. Por no tener ni siquiera tiene el nombre de un héroe. Luce el de un perdedor: Jaume II de Urgell, llamado también ‘el Desdichado’, pues se postuló al trono de la Corona de Aragón tras la muerte de Martí l’Humà pero fue desbancado por  Ferran de Antequera y acabó sus días encarcelado. 
Cerdà dibujó la vía de forma muy democrática, como el resto de calles, con una sección mitad para carruajes y mitad para peatones. Ello significa dos aceras de cinco metros y una calzada de 10 para las vías normales (20 metros de anchura), y siete y medio para paseantes y 15 de carretera en la calle de Urgell, de las únicas con una sección de 30 metros junto a la Rambla de Catalunya y Aragó. Las otras  excepciones en cuanto anchura son la Merdiana, el Paral·lel, la Diagonal y la Gran Via. El paseo de Gràcia es otro cantar, pues ya existía en forma de jardines cuando Cerdà cuadriculo el llano de Barcelona y la incluyó. Y Balmes luce un par de metros extra porque por debajo circula el tren. 
Así las cosas lo que tiene la calle de Urgell es mucho espacio para tráfico y un enlace perfecto entre el centro, el puerto y los barrios de Sants, Les Corts y Sarrià, de ahí que sea una arteria principal para el tráfico rodado. Pero tampoco hay que despreciarla, pues también tiene sus encantos. Las dos principales edificaciones, el mercado de Sant Antoni y la Escola Industrial, abren y cierran la calle. Luce además los decanos de los semáforos en Barcelona y el que se considera, con permiso de otros que optan al título, el primer edificio del Eixample: la casa Tarragó, mutada a la Carboneria cuando fue ocupada, del 2008 al 2014. 

Arquitectura de hierro 

El mercado presume de ser el primero levantado extramuros de Barcelona, y uno de los más grandes. Además de conservar en sus cimientos parte del baluarte de Sant Antoni y en su superficie la arquitectura de hierro tan en boga en el XIX. Y su autoría, curiosamente, es de uno de los que competía con Cerdà para dibujar el Eixample: Antoni Rovira i Trias.  De Rafael Guastavino fue el núcleo original de la Escola Insdustrial, que fue fábrica de hilaturas de algodón, Can Batlló, antes que universidad. A destacar la chimenea octogonal de 61 metros hecha de ladrillo que aún conserva. 
Y poco que decir de los dos semáforos más antiguos de Barcelona situados en la intersección  con la calle de Londres, uno, y con Buenos Aires, el otro. Instalados en los 50, se sitúan en pleno cruce viario, en lugar de las esquinas, y además de un aire de posguerra, se sostienen sobre una columna y los corona una farola. Singularidades de la calle de Urgell.