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BARCELONEANDO

Disparar contra la culpa, el miedo y la vergüenza

La exposición 'Material sensible' muestra como la fotografía ayuda a las víctimas de abusos sexuales a verbalizar el dolor para el que no encuentran palabras

Natàlia Farré

A Beatriz, las fotografías le permiten ir deshilando la telaraña que esconde en su interior.  / BEATRIZ

A Beatriz, las fotografías le permiten ir deshilando la telaraña que esconde en su interior. 
Isha ha conseguido, poco a poco, fotografiarse a sí misma. 
Una de las imágenes con las que Bea narra su vida. 

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Uno de cada cinco menores sufre abuso sexual antes de los 17 años. Entre el 80% y el 85% de estas agresiones se producen en el entorno familiar. Y el 60% de las víctimas no recibirán nunca ayuda, mientras que el 90% no explicarán lo sucedido hasta la edad adulta. No hay palabras para adjetivizar tanto horror y tanta indecencia. Y muchas veces tampoco hay palabras para verbalizar tanto dolor. Pero ahí están las imágenes para llegar donde no arriba la voz. Ahí están la Fundación Vicki Bernadet Photographic Social Vision para ayudar a expresar lo que más duele. Y ahí está, también, 'Material sensible', la exposición fotográfica resultado del trabajo de ambas instituciones con Bea, Isha, Mireia, Beatriz y Momo. Cinco mujeres que fueron durante su infancia blanco de los abusos. Y cinco mujeres que ahora disparan con la cámara al miedo, la vergüenza y la culpabilidad, sentimientos comunes en todas las historias.

La muestra luce, hasta el sábado, en Chiquita Room, un pequeño y encantador centro de arte y creación contemporánea que es también galería y espacio de residencia artística, a la par que hogar de su impulsora: Laura González Palacios. Una periodista reconvertida en comisaría y agente cultural para la que el arte es una herramienta de reflexión y denuncia; y una comisaria y agente cultural que no entiende la creación si no es comprometida. De las paredes del espacio han colgado desde libros de artista (la pasión de González Palacios) hasta material sobre el impacto que la rehabilitación del mercado de Sant Antoni ha tenido en el barrio, el mismo que ocupa Chiquita Room, que ahora exhibe los disparos de Bea, Isha, Mireia, Beatriz y Momo.

Una de las imágenes con las que Bea narra su vida. / BEA

Una, dos, tres... manos

Las cinco mujeres han protagonizado un taller participativo de creación fotográfica. Terapia grupal con cámara en mano. No es fácil expresar lo ocurrido. Y, peor aún, no siempre se recibe la ayuda esperada al verbalizarlo. No por falta de ganas, sino por carencia de recursos: quien no ha vivido agresiones no tiene mecanismos para empatizar sin caer en un exceso de paternalismo o de morbosidad. Así que la Fundación Vicki Bernadet y Photographic Social Vision se afanan en echar una, dos, tres (las que hagan falta) manos para ayudar a las víctimas a sacar todo lo que llevan dentro y poder continuar viviendo. A juzgar por lo visto en la exposición, lo consiguen. "Hay como una telaraña interior de la que hay que ir tirando cada hilito. Hacerlo con palabras es demasiado complejo, con la cámara es mucho más fácil, salen cosas muy significativas de las que no eras ni consciente". Palabra de Beatriz.

Mireia se emociona cuando muestra su trabajo fotográfico. Aún le duele. Y es que el dolor no marcha pero sí puede controlarse. "Es poderme sentir triste sin que pase nada, siguen habiendo días en los que me embarga la pena, pero no es igual que antes". En sus fotos hay optimismo. Bien. De hecho, las hay en todas. También en las de Bea, con una historia de abusos, prostitución y drogodependencia a sus espaldas. "En mis imágenes hay el pasado, el presente y el futuro. El pasado es oscuro, sombrío; el futuro es luminoso". Otra vez, bien.

Isha ha conseguido, poco a poco, fotografiarse a sí misma.  / ISHA

Un poco de empatía

Y a carcajadas se ríe Momo, tan vital como vulnerable. Y creativa. Lo suyo era el arte, pero se lo quitaron al tiempo que le quitaban la inocencia. Muestra orgullosa su 'Caja de las entrañas'. Arte objetual en toda regla. Un recipiente en el que guarda todas las fotografías que le duelen. Ha conseguido encerrarlas, y solo las mira cuando tiene fuerzas para ello. En contraposición al infierno de la caja, un autorretrato que es pura energía. El daño es inmenso, pero sus ganas de salir del pozo, inconmensurables. Bien de nuevo. Isha habla tanto como poco explica. Le cuesta. De ahí que sean mínimas las fotografías que exhibe. "Empecé a fotografiar a todo el mundo menos a mí. Al final me di cuenta de que debía enfocar la cámara hacia mi persona". Ahora se hace hasta selfies.

Material sensible es relevante como experiencia vital para las cinco mujeres, pero es también un mensaje para las muchos y muchas víctimas que no denuncian ni piden ayuda. "La exposición interpelará a mucha gente pero sobre todo a esas personas que necesitan apoyo: han de pensar que se puede salir del pozo", afirma una de las cinco, no importa cuál. La misma que apunta: "Exponer supone un gran paso, ya que el abuso es un secreto a voces. Prácticamente todos lo saben pero nadie dice nada, entonces ¿por qué debo seguir ocultándolo? Me gusta este proyecto, me siento muy orgullosa del trabajo y quiero enseñarlo, no para mí, sino para todos y todas".

Pues eso, hasta el sábado la empatía es bien recibida en Chiquita Room.