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Transformación de un barrio popular

Sants se resiste a ser el nuevo Gràcia

El vecindario teme que la subida del precio de los alquileres dañe su rico tejido social

El enclave lamenta el cierre de arraigados negocios históricos y la incipiente 'turistificación'

Helena López

El histórico Happy Parc, a pocas semanas de finalizar su contrato de alquiler.

El histórico Happy Parc, a pocas semanas de finalizar su contrato de alquiler. / JORDI COTRINA

Hay una frase recurrente que pone los pelos de punta, no precisamente de emoción, a los lugareños: "Nos gusta Sants porque nos recuerda a la Gràcia de antes". Lo que podría ser una afirmación inocente, es más, un elogio, es interpretado como una señal de alarma por muchos de los vecinos de este "barrio de perdedores de la guerra civil", como lo define Jordi Soler desde esa trinchera llamada Centre Social de Sants. "Nos preocupa que el precio de la vivienda expulse a nuestros hijos", expone el veterano activista vecinal, también en alerta por la incipiente ‘turistificación’ del lugar. A los enamorados de Sants "porque todavía es muy barrio", el combativo Soler les recuerda que es así "porque se lo han trabajado sus vecinos". Unos vecinos que ven cómo la burbuja del alquiler se lleva por delante negocios arraigados como el Happy Parc de la calle de los Comtes de Bell-Lloc que, tras 25 años albergando las fiestas de cumpleaños de los niños de medio barrio, tiene los días contados ante un incremento del alquiler del 300%.

"Un día ves un nuevo ‘hostel’ y al siguiente ves cómo cerca abre una hamburguesería orientada a los turistas que duermen en él... Descentralizar el turismo es un error", opina Mireia Mora, vecina de la carretera de la Bordeta, quien explica que ya empiezan a encontrar turistas incluso en el mercado de Hostafrancs. Es evidente que Sants (todavía) no es Sant Antoni, icono de la gentrificación, pero Barcelona es Barcelona. "Ha llegado un momento en el que desde el Centre Social, ante según qué situaciones, nos planteamos si merece la pena luchar si la mejora urbanística de según qué zonas puede provocar la expulsión de los vecinos por los que peleábamos", pone sobre la mesa Soler. El caso de la reforma del mercado de Sants y la peatonalización de los alrededores es el más evidente. Pese a que los nuevos locales abiertos tras el renacer de la antaño castigada lonja no han convertido la zona (todavía) en la calle del Parlament, como muchos temían, los precios de las viviendas sí han subido y el vecindario no se fía.

Josep Maria Domingo, presidente del Centre Social, añade otro elemento: el barrio no es ajeno a la llegada de fondos de inversión que compran bloques enteros, "con o sin vecinos". El fenómeno de los desahucios, tanto de los visibles como de los invisibles, es también una realidad cotidiana en este extremo de la ciudad, como denuncian -y contra lo que luchan- desde el Grup d’Habitatge de Sants. No existe un proceso gentrificador sin una expulsión previa de los antiguos vecinos.

La experiencia de vivir como un barcelonés 

Carles Baiges, miembro de la cooperativa de arquitectos La Col, nacida en el corazón de Sants hace una década, el caso del Happy Parc -en un edificio protegido, patrimonio arquitectónico de la ciudad- le recuerda al de L’Hivernacle de Can Mantega, la vieja fábrica junto a los Jardines de Can Mantega que pasó de ser una floristería de barrio -L’Hivernacle de Sants- al actual Flowers by Bornay.

Turistas en una plaza de Osca llena de terrazas. / Robert ramos

Pese a esas señales claras, Baiges coincide con la mayoría en que Sants "aún es barrio", aunque "los pisos turísticos son cada vez más evidentes". Quizá una cosa lleve a la otra. El perfil de turista que opta por un piso turístico suele hacerlo en búsqueda de "lo auténtico". La experiencia de vivir como un barcelonés.

"Realidades negativas"

En una entrevista en Ràdio Hostafrancs en febrero de este año, la entonces aún concejala del distrito, Laura Pérez, advertía de que "algunos indicadores como la mejora de la renta disponible se han de analizar bien porque pueden esconder realidades negativas". "Los indicadores nos están hablando de quién está comprando pisos en el barrio, y por tanto, están ocultando una realidad de gentrificación", afirmaba.

Albergar la estación central de la ciudad, la que conecta con Francia mediante trenes de alta velocidad tampoco ayuda a controlar el flujo de turistas. El barrio es atractivo, además de por lo que conserva de barrio, por estar muy bien comunicado tanto con el centro de Barcelona como con ciudades cercanas. No es raro escuchar a (nuevos) vecinos con acento francés. El inquilino de un local comercial en el centro del barrio que prefiere mantener su anonimato por la buena relación que, pese a todo, mantiene con su casero, cuenta que, de las 10 viviendas del edificio, de propiedad vertical, ya queda solo una que sea eso, un hogar. "Eran todo rentas antiguas, y cada vez que fallecía una vecina, la propiedad lo reformaba y lo convertía en piso turístico. Todos legales", narra.

Políticas públicas 

En marzo del 2018, y después de una larga reivindicación vecinal, el ayuntamiento aprobó el plan de usos del Triangle de Sants y Hostafrancs,  que pone coto a los bares y restaurantes en el área delimitada por las calles de Creu Coberta, Sants, el paseo de Sant Antoni y Tarragona, la zona donde el problema era (y es) más evidente. La zona cero del proceso gentrificador. La norma prohíbe más terrazas en la plaza de Osca y la calle de Riego, pero no pocos opinan que llega tarde, con un espacio público ya saturado.

En paralelo, "los comercios y las tiendas del barrio se están perdiendo", lamenta Amadeu Cervera, presidente de la Associació Cultural Vallespir, quien lleva 30 años en la comisión de la fiesta mayor y casi medio siglo organizando la cabalgata de Reyes del barrio, una de las más antiguas de la ciudad. "Solo en nuestra calle y solo este año ha cerrado La mitja d’or y la pescadería de la Nuri. Entre la subida de los alquileres y la falta de relevo generacional, nos quedará un barrio de gente que viene solo a dormir, que no aparece por aquí en todo el día y el sábado se va a comprar a las grandes centros comerciales", sostiene.

Interior del Happy Parc de Sants, el primer parque de bolas de la ciudad. / jordi cotrina

Una idea llegada de Londres

La madre de Josep Pinyol Balasch regentaba una tienda de moda histórica en la que fue la calle mayor de Cornellà. Se inauguró en 1916 y cerró en en el 2016, el año en el que celebraba el centenario. Los Pinyol Balasch eran una familia de 10 hermanos y la tienda, pese al renombre que tenía, no daba para alimentar a 10 familias, aún menos tras la llegada de los centros comerciales a la ciudad. En un viaje a Londres, un hermano de Josep descubrió los parques de bolas, algo en aquel entonces nunca visto en Barcelona. Vieron la oportunidad de negocio y buscaron una nave grande en la que poder reproducir aquel paraíso infantil. La encontraron en Sants, a dos pasos de la estación central, en una vieja nave entonces cerrada. "Cuando lo alquilamos, esto era el almacén de los gatos", señala Pinyol Balasch. De aquello hace un cuarto de siglo. Tras 25 años en el barrio, "aquí nos vienen ya segundas generaciones, hijos de niñas que venían aquí en la primera época" son un equipamiento muy querido entre el vecindario. 

En pocas semanas han reunido 2.000 firmas a su manifiesto ‘Salvem el Happy Parc’. Les hicieron un contrato de 25 años, que termina el 30 de noviembre de este. La nave ahora está en alquiler en portales inmobiliarios digitales a 15.000 euros al mes, el 300% del precio actual que pagan por ella los hermanos Pinyol Balasch. "Nosotros no podemos subir esa proporción las tarifas, tenemos precios populares porque nuestro público es popular, y tampoco es viable trasladarnos, ya que sería más caro mover toda la infraestructura que volverla a encargar de cero", señala.

Marc Febrer, copresidente de la Colla de Castellers, asegura que siempre han tenido una excelente relación de vecindad con el Happy Parc (organizan su fiesta mayor justo en la plaza de detrás, y el parque de bolas cada año es uno de sus patrocinadores). "Si acaba cerrando sería una pérdida para el barrio, es un lugar de ocio para los niños. Nosotros defendemos un modelo de ciudad en el que se pueda vivir, con unos precios asequibles y donde los niños tengan espacios en los que jugar", asegura. Comparte opinión con el presidente de la Associació Cultural Vallespir, Amadeu Cervera, muy activo en su defensa.