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permanente y gratuita

La expo que desmaquilla 2.000 años de historia de Barcelona

El Muhba reúne 100 objetos, algunos jamás exhibidos, que en una hora retratan la trayectoria vital de la ciudad desde su fundación

Carles Cols

Arriba, la vidriera de Madame Petit, mítico burdel, y el neón de la extinta sala Vinçon, y abajo, a la izquierda, el busto griego que sirvió de material de construcción de las murallas y, a su lado, un revolver de los años del pistolerismo.

Arriba, la vidriera de Madame Petit, mítico burdel, y el neón de la extinta sala Vinçon, y abajo, a la izquierda, el busto griego que sirvió de material de construcción de las murallas y, a su lado, un revolver de los años del pistolerismo. / MANU MITRU

La Barcelona coqueta, la que tanto se gusta, que hasta presume por ahí como ejemplo a seguir y que no hay catálogo de agencia de viajes en el mundo que no la incluya como destino ineludible no tenía hasta hoy un museo que contara de la ‘a’ a la ‘z’ sus 2.000 años de historia de forma condensada y honesta. No es esta una afirmación lanzada con ánimo de crítica, sino que este martes lo ha contado así, tal cual, Joan Roca, director del Museu d’Història de Barcelona (Muhba), a las puertas del estreno de ‘Flashback’, una muestra permanente y gratuita en la que a través de un centenar de objetos se narra la manera en la que esta ciudad ha llegado a ser hoy, según algunos una metrópoli fascinante, según otros, miseria con vistas al mar. Unos y otros pueden salir satisfechos de la exposición.

El nuevo espacio museístico de la ciudad se abre al público este jueves en la Casa Padellàs, la sede central del Muhba, ya de por sí parte del relato, pues el propio edificio forma parte de ese conjunto de intervenciones urbanísticas que el catalanismo, a veces tan alocadamente como el general Custer en Little Bighorn, acometió a caballo de los siglos XIX y XX para que Barcelona fuera más gótica de lo que en realidad era. A esa radical cirugía estética está dedicada una de las salas de ‘Flashback’, sin medias tintas. Pero lo central es lo que viene antes, esos 107 objetos, algunos jamás exhibidos, otros donados por particulares que, a pesar de todo, aman a su ciudad, y que de cada unos de ellos se podría escribir un historión. La exposición, según Roca, está concebida para que en una hora se resuman dos milenios, pero difícilmente el visitante curioso se quedará sin ganas de saber más. He aquí unos ejemplos al azar para avalar tal tesis.

Cada una de las 107 piezas, entre ellas varias donadas por particulares y otras jamás exhibidas, da para un reportaje

Como en Roma

Busto en mujer, en mármol de Grecia. Es del siglo II. Barcelona tiene ya 200 años de historia a sus espaldas. Lo interesante es fijarse en la fisura del cuello. La cabeza fue rescatada como bloque empleado para la construcción de la undécima torre de la muralla de la ciudad. El torso descabezado corrió idéntica suerte, pero estaba en la torre vigésimocuarta. Visto con perspectiva, tal vez ha sido este el puzle de dos piezas más difícil de recomponer del mundo, pero ese busto, sin ser estéticamente la repera, dice mucho de cómo se construyó Barcelona. Como Roma, donde durante un tiempo el Coliseo fue empleado como cantera, Barcelona se edificó sobre las ruinas de su pasado, casi hasta hacerlo desaparecer.

Es un relato que sirve en verdad para cualquier época. La misma ‘Flashback’ que exhibe tesoros antiguos, como esa moneda carolingia acuñada en Barcelona que el Muhba consiguió en una subasta en mayo del 2014) expone a la par objetos exageradamente contemporáneos, como el neón luminoso de Vinçon, paradigma de la Barcelona comercial que agoniza a favor de una nueva que la hace aburridamente indistinguible de otras ciudades.

La Venus de Barcelona, tal vez metáfora estupenda de una ciudad que tapa sus vergüenzas / MANU MITRU

Brilla el cartel de Vinçon, pero no es capaz de eclipsar la vidriera del que fue, sin ningún genero de dudas, el burdel más legendario del Mediterráneo occidental, Madame Petit, que satisfizo cualquier vicio por el que pagaran las familias adineradas que durante la primera guerra mundial buscaron refugio en la neutral España, sobre todo en la entonces bastante cosmopolita Barcelona. La pieza dice mucho sobre Barcelona, pero también, y muy bueno, sobre el propio Muhba, que cada vez que intuye que se extingue una ‘especie’, allí está Joan Bracons, responsable de las colecciones del museo, para recoger muestras de adn. Cuando echó el cierre la Casita Blanca, por ejemplo, para allá que fue Bracons para hacerse con unos postigos de las ventanas, siempre cerrados a cal y canto, la imagen icónica que desde el exterior se tenía de aquel ‘meublé’. En aquella expedición, por cierto, el Muhba rescató el libro de contabilidad de la Casita Blanca. No se exhibe en ‘Flashback’. Había que seleccionar, pero, como ha explicado Roca en la presentación, el centenar de objetos no es una foto fija, podrá cambiar si se cree conveniente. El Muhba forma parte de una malla de museos europeos empeñados en contar la historia de otro modo. ‘Flashback’, en este sentido, en solo una primera aproximación.

La exhibición está concebida para que el visitante la vea en una hora, pero saldrá con ganas de saber más

Lo dicho, de cualquier objeto se podría escribir gustosamente un largo e interesante reportaje. Cuando los arqueólogos desenterraron en la calle de Robador un revólver, emergió así, de forma inesperada, la Barcelona del pistolerismo. No muy lejos de ahí, por cierto, murió de un certero disparo Salvador Seguí, del que unas vitrinas más allá podría volver a hablarse, con ese reloj que marca las ocho, en referencia a una de las mayores contribuciones de Barcelona al mundo, la jornada de ocho horas conseguida, no sin sangre, en la huelga de La Canadiense.

Mirada al retrovisor

Esta mirada al retrovisor de la ciudad no es almibarada. Se recuerda que el Eixample se edificó gracias al brutal colonialismo. Se muestran dos llaves de los calabozos de la represora Ciutadella, mucho más impresionantes y acongojantes de lo que cabría suponer. Se muestran sobre un atril dos libros antagónicos pero ineludibles para entender la ciudad actual, uno de Oriol Bohigas, ‘Reconstrucció de Barcelona’, y otro, antitético, de Manuel Vázquez Montalbán, ‘Barcelona, cap on vas?’. No es fácil destacar un objeto por encima de los demás, pero uno, por metafórico, y otro, por colosal, merecen una mención especial.

El primero es la llamada Venus de Barcelona, una figura de bronce descubierta en 1952 por una familia de inmigrantes en lo que hoy es la confluencia de la Meridiana con Fabra i Puig, pero que entonces era una zona suburbial. Era el juguete de los niños de la casa, hasta que terminó primero en manos de un trapero, después de un anticuario y, por último, de l Muhba, que la adquirió. Durante un tiempo se supuso que era de origen romano, pero se salió del error con un salto de varios siglos. Puede que sea del XVII o el XVIII. Lo interesante es su actitud, de una pudicia avergonzada. La venus se tapa con una mano el pubis y con la otra los pechos, un poco como Barcelona, que a veces parece que se avergüence de su pasado. En este sentido, ‘Flashback’ es una descarado estriptís.

El reloj de los flamencos, hora oficial de Barcelona durante 287 años / MANU MITRU

La otra pieza a tener en cuenta es difícil que pase inadvertida, más que nada porque pesa cuatro toneladas y media. Hay que dejar atrás el resto de la exposición para llegar, a través del paso de ronda de la muralla (un placer también inédito para el público), hasta el reloj de los flamencos o, simplemente, el gran reloj que entre 1677 y 1864 marcaba el paso del tiempo en la ciudad. Barcelona tenía entonces un funcionario municipal encargado de dar cuerda a aquella enorme maquinaria que había que descifrar, porque se trata de un reloj sin esfera y sin manecillas. Un poco, también, como Barcelona, tan difícil de interpretar.

Temas: Historia