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LOCAL EMBLEMÁTICO

El Hotel El Palace se abre más a Barcelona para celebrar su centenario

Ha alojado de Sinatra a Dalí y a la realeza, pero incluso fue comedor social en los años 30

Patricia Castán

El gran lobby de El Palace, actualmente.

El gran lobby de El Palace, actualmente. / SERGI CONESA

En el 2019 abrir un nuevo hotel en el corazón de Barcelona está prohibido. Un siglo antes, la capital catalana ansiaba subirse al carro de la hotelería en mayúsculas y Francesc Cambó, con ayuda del rey Alfonso XIII, no paró hasta conseguir que el hotelero suizo César Ritz llevase su sello de élite también a Barcelona, tras haber encandilado a París y más tarde a Madrid. Los hostales se quedaban cortos para una ciudad con aspiraciones cosmopolitas y el lujo desembarcó en 1919 con un edificio que se convertiría en testigo y parte de los cambios experimentados en cien años por Barcelona. La efemérides ha sido la excusa para que la nueva propiedad (desde el 2010, y al mando de la gestión desde el 2014) dé un paso decidido para dar a conocer a los barceloneses esta joya del alojamiento, con actividades variadas y a precios asequibles para el público no hospedado en El Palace, que durante buena parte de su vida se llamó Ritz.

Nacido como Ritz, cumple un siglo un siglo en plena forma por el auge turístico y las recientes reformas para mejorarlo

El edificio de Eduard Ferrer i Puig no pudo contar con una inauguración de postín aquel año porque la situación política andaba revuelta y la huelga general y un sabotaje en sus tuberías obligaron a abrir con discreción, aunque con reservas de relumbrón desde el minuto uno. Tanto para alojarse, como para que con los años la burguesía local lo convirtiera en el mejor escenario de banquetes de gran lujo, haciéndo célebre su cocina en la ciudad. Diez décadas dan de sí para muchos libros, de la historia a la anécdota, pero acaso uno de los más interesantes sea el que El Palace tiene ahora en marcha tras haber recogido durante meses las fotografías enviadas por todo aquel que vivió algo importante bajo su techo: desde una boda en blanco y negro hasta una celebración íntima. El material se publicará en otoño.

Música en vivo, sesiones de yoga, cócteles especiales, tardes de petanca o un libro de fotos de antiguos clientes son algunas de las propuestas

El actual director, Friedrich Von Schönburg, está convencido de que el establecimiento cumple centenario en muy buena forma, tras las recientes inversiones de los últimos años, que lo han dotado de espacios comunes (abiertos a todo el público) únicos, como su terraza de la azotea, totalmente distinta del resto en Barcecelona, diseñada como un gran jardín romántico de 750 metros cuadrados con panorámicas de vértigo, y donde tomar una copa o comer o cenar en su coqueto restaurante en esa cumbre (Jardñin Diana), que con el centenario estrena carta saludable, con verduras, carnes y pescados de proximidad. Y donde la agenda conmemorativa incluye jueves a ritmo de electroswing en homenaje a los años 20 y un cóctel especial que permite elaborar un segundo trago gratuito junto al experimentado barman.

Arte y nombres célebres

Más de puertas adentro, otro de los cambios recientes ha sido la creación de nuevas supersuites -»siguiendo la actual demanda en los hoteles más lujosos», ilustra Von Schönburg, que en este caso se han dedicado a distintas facetas del arte y a protagonistas que han estado alojados o vinculados al hotel: Dalí, Miró, César Ritz, Josephine Baker, Carlos Ruiz Zafón, y Ronnie Wood (Rolling Stones). Valga destacar que Salvador Dalí regaló un caballo blanco disecado a Gala por un aniversario en 1971 que hubo que subir hasta su habitación. 

Detalle de la fecha inaugural en la fachada.

El elitista hotel ha hecho del clasicismo (con el confort del siglo XXI) sus señas de identidad, pero su vestíbulo central aún impone a muchos barceloneses que frecuentan terrazas y servicios de hoteles y no se atreven a cruzar esta alfombra roja, algo que se quiere revertir con las acciones programadas a lo largo del año. Y aunque alcanzó las 250 habitaciones tras su gran éxito en tiempos de la Exposición de 1929, en la actualidad y tras la última reforma cuenta con menos de la mitad, y de mayor tamaño. Ninguna menor de 35 metros cuadrados.
Si sus paredes hablasen contarían hasta los sueños de personajes que abarcan de la política al mismísmo Hollywood.

Ilustres huéspedes

Allí han dormido banqueros, monarcas de media Europa, artistas y escritores, como Sofía Loren, Frank Sinatra- en microestancia durante a la avería de un avión-, Maria Callas, Woody Allen, Jacinto Benavente, Josep Pla... 
Allí se han alojado ideologías y espíritus antagónicos,  desde el mismísimo jefe de la SS, Heinrich Himmler (1940), que saludó desde un balcón solo 11 días después del fusilamiento de Lluís Companys, hasta violinista Bernard Hilda, al que se atribuye haber hilvanado una red de influencias al calor de las tertulias de los salones del entonces Ritx que supuso la salvación de muchos judíos. Sus colchones también acogieron al mariscal Pétain, a Eva Perón o a Clara Petacci, amante de Mussolini. 

El superlujo no siempre ha marcado la pauta de esa esquina de la Gran Via con Roger de Llúria. Allí la vida ha sido en rosa pero también en gris, como cuando ejerció de refugio antieaéreo, para intentar salvar vidas. Incluso en 1936 ejerció de comedor social tras ser incautado por la federación obrera de sindicatos de la industria gastronómica.

Sus salones aún bullen de historias. En el Parrilla, donde se comía la mejor brasa y ahora se celebran bailes de boda, hay cuadros de un cliente que no pudo pagar una larga estancia. Y el Bluesman, con club de fumadores vigente, fue el salón Toreros, que no precisa de más comentarios. Ese cóctel bar sirve ahora una colección de tragos conmemorativos que evocan momentos memorables. 

Pero la programación (se paga la consumición)de estos meses también cuenta con 'La hora del té' abierta al público general (de 16.00 a 19.30 horas, donde se puede tomar un té o café, repostería casera o sándwiches escuchando conciertos de piano en su hall imperial; el 'Yoga en las alturas', cada martes a primera hora, con una clase con vistas en su azotea, aromaterapia, relajación facil y un snack sano; o incluso tardes de petanca y vino rosado, en una pequeña pista  en lo alto, bajo la pérgola del Jardín Diana, entre otras.

El conserje fiel

Tenía solo 16 años y una hoja de servicios vacía. Pero en aquel primer empleo de botones estaba dispuesto a darlo todo. Empezaba la mágica década de los 80 y en el Ritz Francisco Racero aprendió a ver el mundo de otra manera. Lujo a todo tren pero también una profesión de la que pronto se enamoró porque siempre le ha permitido lo que más le gusta: estar en primera línea del turismo y cara a cara con la clientela.
¿Qué ha cambiado en el sector en 36 años? «Entonces había mucho viajero de negocios, banqueros..., ahora hay turismo internacional, que viene a conocer Barcelona y nosotros se lo hacemos todo más fácil», relata. En especial de Estados Unidos, Oriente Medio y Rusia. Cada uno con intereses dispares, al europeo y norteamericano les ha de recetar cultura y gastronomía; a los árabes, mucho 'shopping'.

Francisco Racero, jefe de Conserjería de El Palace / SERGI CONESA

Racero pasó nueve años como  botones, portero, maletero..., hasta conocer tanto ese primer contacto con el viajero que dio el saltó al mostrador, que ahora lidera como jefe de conserjería de un equipo de siete profesionales, todos con años en el establecimiento. Son los prescriptores, los que elevan al cuadrado la experiencia de un turista de lujo y consiguen todo lo conseguible. Ni recuerda las peticiones de matrimonio, sorpresas de aniversario, demandas o caprichos exclusivos que ha gestionado, mientras cada jornada deparaba alguna sorpresa. 

El primer famoso con el que trató en el hotel fue Rock Hudson, rememora. Llegarían muchos más, incluso Michael Jackson de incógnito, pero ningún recuerdo pesa tanto en su biografía profesional como conocer a Freddie Mercury, su gran ídolo, cuando se reunió allí con Montserrat Caballé para preparar su colaboración de cara a los JJOO del 92. Esas olimpiadas traerían grandes cambios en el público -más foráneo- del hotel, que desde los años 40 hasta 1985, fue propiedad de la familia Muñoz Ramonet, y luego lo sería del grupo Husa, con Joan Gaspart a la cabeza, hasta pasar a manos de una empresaria argelina afincada en la ciudad en el 2010.

Como autodidacta, la vocación y entrega le han llevado a aprender a base de práctica diaria inglés e italiano y defenderse en francés. Acaso lo que más destaca de los cambios de estas décadas ha sido la informatización de las reservas y servicios. La gestión ya planificada de los deseos de cada huésped (hasta la temperatura de la habitación) vía email antes de su llegada. Pero como El Palace -que lleva este nombre desde que perdió el litigio por la marca Ritz en 1996- es único en su clasicismo, ha mantenido pese a las reformas la 'llave-llave' de sus estancias. Nada de tarjetas de plástico. «Dejar y coger las llaves permite interactuar mucho más con el huésped», certifica, llamarle siempre por su nombre. 

Apasionado por su labor y por el hotel que abandera, lo único que enturbia ahora sus rutinas es tener que atender -como sucede en todos los hoteles de Barcelona- a un cliente desvalijado en plena calle. 

Temas: Historia Hoteles