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EN LAS ENTRAÑAS DE LA ADMINISTRACIÓN

El primer rostro de la Ciutat Refugi

Las trabajadoras del servicio de primera acogida del SAIER son las primeras personas que reciben y se preocupan por entender a los recién llegados

Dominan entre cuatro y ocho idiomas cada una, 22 entre todas, aunque los usuarios las valoran más por su capacidad de escuchar que por su don de lenguas

Helena López

Mussarat Ghafoor atiende a un joven en su puesto de trabajo.

Mussarat Ghafoor atiende a un joven en su puesto de trabajo. / RICARD CUGAT

Si quisieran, podrían dar la vuelta al mundo sin pisar un hotel; tirando de la red de contactos que les han ido ofreciendo de corazón durante los últimos 30 años, los que tiene el Servicio de Atención a Inmigrantes, Emigrantes y Refugiados (SAIER) de Barcelona. "La gente te da lo poco que tiene. El circuito es muy duro y el maltrato institucional suele ser grande, así que agradecen muchísimo que les mires a los ojos y les escuches", cuenta Soazig Loirault, ahora coordinadora del servicio de acogida del SAIER, en el que trabaja desde el 2008. De origen francés, Loirault aquí no es la excepción. Entre las 27 personas de su equipo hay 13 nacionalidades: argentina, marroquí, paquistaní... Además de la variedad de orígenes, otra característica que define a los trabajadores de este servicio es el dominio de las lenguas. El que habla menos, habla cuatro, aunque aquí los usuarios -muchas veces con mochilas muy pesadas más allá de las que se ven por los pasillos-, valoran más la escucha que el habla.  

Mussarat Ghafoor, nacida en Pakistán y criada en Inglaterra, es hija de uno de los primeros paquistanís instalados en Barcelona, hace 40 años. Trabajadora del SAIER desde hace ocho, habla el mismo número de lenguas. "Para mí esto es algo más que un trabajo, siento que lo que hago es ayudar a la gente", explica Ghafoor, quien esta misma mañana -un jueves cualquiera de finales de julio- ha atendido a tres menores paquistanís. Solos. "De los menores no acompañados que más se habla es de los marroquís, que evidentemente es de donde vienen más, pero no son los únicos", señala esta psicóloga de formación y, de manera oficiosa, también de carrera. Pese a que su trabajo aquí consiste en hacer la primera acogida, como el resto de sus compañeros, hace mucho de psicóloga. "He llamado a un educador y ha venido a buscar a los chicos, aquí lo que hacemos es básicamente derivarlos; pero se han ido contentos", prosigue Ghafoor, para quien lo peor de su trabajo es ver tan de cerca el dolor y las lágrimas, las historias de malos tratos o de víctimas de tráfico de personas.

Cuestión de códigos

Las historias de las que habla la mujer se cuentan en lenguas que van del bagangté al yabassi o el punjabi. Un total de 22. "La gente llega aquí por el boca a oreja. Les dicen ves a la plaza de Espanya, que allí te ayudarán. Hubo un tiempo que todos los rusos que llegaban entraban preguntando por Natàlia, porque les habían dicho que aquí Natàlia les ayudaría", explica Loirault, quien añade que, con el cambio de flujos migratorios, todos han aprendido a decir 'hola' y 'adiós' en georgiano. "Y no es solo es una cuestión de lenguas, también de códigos. Recuerdo una vez que tuve que decirle a un georgiano que no le podía ayudar en lo que me pedía y me respondió pasándose la mano por el cuello. Lo interpreté como un gesto amenazante y resulta que era una manera de decir gracias", apunta la coordinadora del servicio, que tras el verano cambiará de ubicación a una oficina más grande ya que la actual está totalmente desbordada.

En sus paredes, columnas y mamparas, llaman la atención la cantidad de dibujos infantiles a través de los que se podría explicar muy bien otra historia de la ciudad refugio con mirada de niño.

Una de las trabajadoras del servicio de primera acogida del SAIER / ricard cugat

Los dibujos no son obra de los hijos de los trabajadores, como sucede en cualquier otra oficina. Los menores atendidos han crecido un 50% en lo que llevamos de año, y cerca del 80% de ellos se presentaron ante el mostrador con sus padres para pedir protección internacional. Otros lo hicieron solos, como los tres chicos que esta mañana Ghafoor ha mandado con el educadorNo es raro que muchos de ellos lleguen al SAIER directamente con las maletas, incluso horas antes de que suban la persiana.

"Compromiso enorme"

"La gente está sufriendo situaciones muy duras, y eso lo están recibiendo personas de carne y hueso que a veces pueden ofrecerles respuestas y otras, no; y son ellas las que se lo tienen que decir. Y muchas veces no están de acuerdo con la respuesta que han de dar, pero es el protocolo y tienen que aplicarlo, y eso es muy duro, y es un trabajo muy poco visible", afirma Gloria Elena Rendón, responsable del SAIER, que no oculta el orgullo que siente por su entregada plantilla.

"Aquí hay un equipo de personas con un compromiso enorme. Personas que se dejan la piel por ayudar a todo el que entra por esa puerta, que protestan cuando consideran que las cosas no se hacen bien, y no se quedan en la queja, están siempre cargadas de propuestas para mejorar. Aquí hemos compartido lágrimas de tristeza e impotencia, pero también alegría, como cuando supimos que un señor de la India quien se pasó aquí 10 años, viniendo cada día a vernos, y un día desapareció, había vuelto a su país y estaba bien", cuentan. Era un hombre que estaba en situación de calle, y la oficina del SAIER era su zona de confort. Tanto que la mujer de la limpieza le enseñaba castellano de manera informal en las sillas de la entrada.