Ir a contenido

COTO A LA IMPUNIDAD

Patrulla nocturna contra la delincuencia en Barcelona

EL PERIÓDICO acompaña en una guardia nocturna a los agentes de los Mossos d'Esquadra por el distrito de Ciutat Vella

Guillem Sànchez

Agentes de la Brigada Mòvil cachea e identifica a un sospechoso en el Pou de la Figuera. 

Agentes de la Brigada Mòvil cachea e identifica a un sospechoso en el Pou de la Figuera.  / ÁNGEL GARCÍA

Los ladrones se han abalanzado sobre los turistas de Barcelona y no había policías para frenarlos. Los Mossos d’Esquadra han estado seis años sin promociones. Seis años durante los cuales los agentes de la Unitat de Seguretat Ciutadana (USC) los patrulleros, la 'infantería' del cuerpo se han ido incorporando a otras especialidades o han atendido nuevos reclamos, como la prevención antiterrorista o el dispositivo Toga –que por orden del Tribunal Superior de Justícia de Catalunya (TSJC) obliga a los Mossos a proteger durante las 24 horas todas las sedes judiciales desde que los CDR regaron con heces de cerdo sus entradas–. Día y noche, frente a comisarías como la del distrito de Ciutat Vella se quedaban aparcados muchos más coches que los que salían a patrullar. Una imagen que lo contaba todo sobre el déficit humano: había vehículos pero no policías para conducirlos. La Guardia Urbana, que ha compensado en parte la infradotación de los Mossos durante este tiempo, no ha bastado para evitar que se dispararan los robos violentos en BarcelonaEn el último año han aumentado un 30%. Casi un 60% con respecto al 2016.  

Noche de patrulla 

EL PERIÓDICO ha acompañado a los Mossos durante una noche de patrulla por Ciutat Vella, la del jueves al viernes pasado, para presenciar cómo la policía catalana trata de recuperar el terreno cedido. Esta noche trabajan cinco vehículos de USC, una docena de policías de paisano que forman parte del plan Polièdric –diseñado para atender a los menores extranjeros que viven en la calle y contener los robos que protagonizan algunos de ellos– y dos unidades de agentes de la Brigada Móvil.

"Lo que ha pasado aquí –en el casco antiguo de la ciudad– es que faltaban efectivos. Muchas veces ha habido uno o dos coches para todo el distrito (de Ciutat Vella)". Quien habla es el mosso responsable del turno de noches. Y uno de sus agentes, remacha: "Hemos llegado a tener cinco robos violentos distintos en un mismo punto y no poder atender a ninguno". El vacío lo han notado los ladrones, que "ni siquiera se daban la vuelta para ver si había un policía cerca: sabían que no lo había", resumen. "Ahora se sienten menos impunes".

Las detenciones han aumentado desde el 1 de enero en un 80%. El problema, sin embargo, no ha podido solventarse con más arrestos porque los jueces dejan en libertad a los ladrones violentos el 90% de las ocasiones. Por eso, el Govern pide un cambio en el Código Penal que combata la reincidencia en lugar de favorecerla. 

La Brimo buscando la mochila 

"La Brimo disuade mucho", valora positivamente el jefe de turno. "Lo que hacemos nosotros", explica el sargento a cargo de las dos furgonetas de antidisturbios, "es dar apoyo a los patrulleros, estar para lo que necesiten". Esta noche, la Brimo echa una mano a una pareja italianos.

Michele y Giada les han quitado la mochila en la playa de la Barceloneta. En el interior de la bolsa, el GPS del móvil Samsung de Michele indica que el ladrón se lo ha llevado hasta el Pou de la Figuera, en el barrio de la Ribera. Minutos después, un coche patrulla se acerca a un grupo de cinco jóvenes sentados en un banco de esa plaza. Uno tiene la mochila de Michele junto a sus pies. "¿De quién es?", pregunta el agente. "Mía", responde. Llegan las dos unidades de la Brigada Móvil y comienzan los cacheos e identificaciones. Uno de ellos se encara: les acusa de "racistas". Por emisora confirman que todos –salvo uno– acumulan un buen número de antecedentes por hurtos y por robos con violencia.

Los agentes sacan linternas y, junto a Michele y Giada, rebuscan por los parterres ajardinados. Aparece un calcetín, una fiambrera, unos calzoncillos… son prendas de Michele. Los ladrones habían vaciado la mochila entre las plantas al percatarse de que se acercaba la policía.  Michele no da crédito a lo que va apareciendo y, fiambrera en mano, suplica en voz alta que por favor hallen también "las llaves de casa". Sin estas, no tiene dónde dormir esta noche. Acaban apareciendo.

Michele y Giada buscan en un parterre sus enseres personales. /ÁNGEL GARCÍA

Solo falta el telefono Samsung, que ya no da señal. Los mossos hablan con el joven que tiene menos antecedentes, el mismo que había mentido diciendo que la mochila era suya. El joven recapacita y pide hacer una llamada. A los pocos minutos, un amigo se presenta en la plaza y entrega el teléfono de Michele. Giada, su pareja, asiste estupefacta a la secuencia. "Llevo en Barcelona solo un mes y esta es la tercera vez que me roban", cuenta resignada. 

Michele mira el teléfono segundos después de recuperarlo. / ÁNGEL GARCÍA

El grupo identificado por hurtar la mochila de Michele no solo es conflictivo porque robe a turistas, si no por otra cosa: ejerce una gran influencia sobre los niños de la calle. "Animan a los menores a robar y les compran por 20 o 30 euros lo que pillan". Para los pequeños son referentes tóxicos, avisan los agentes de Ciutat Vella.

La activación en primavera del plan Polièdric y en el otoño del 2018 del dispositivo Ubiq, que destina una quincena de agentes de distintas unidades a puntos conflictivos de la ciudad, ha logrado que comience a remitir la sensación de "impunidad" que había empoderado a los ladrones. La llegada de los 300 agentes en prácticas a principios de verano ha permitido volver a sacar cinco coches por turno. Y el suplemento de la Brimo, mientras dure, también se nota. La noche del jueves al viernes, por lo menos, ha sido tranquila.