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Medio siglo de delincuencia

Barcelona, del quinqui local al carterista global

Cuatro expertos constatan el repunte de violencia en la ciudad pero niegan que haya más que en los años 80

Los robos a punta de navaja en la calle se dispararon en la Transición y alcanzaron el cénit con la plaga de la heroína

Guillem Sànchez

Juan José Moreno Cuenca, El Vaquilla, símbolo de la Barcelona quinqui de los años 80 (en la foto, en 1985).

Juan José Moreno Cuenca, El Vaquilla, símbolo de la Barcelona quinqui de los años 80 (en la foto, en 1985).

En Barcelona se ha instalado la percepción de que hay más crímenes que en el pasado. De que antes una muerte criminal era algo infrecuente y anormal y ahora se da con tanta frecuencia que casi se ha normalizado. EL PERIÓDICO entrevista a un periodista de tribunales en la década de los 70, a dos agentes del Cuerpo Nacional de Policía y de la Guardia Urbana en activo durante los 80 y los 90 y al comisario que desplegó los Mossos d’Esquadra en la capital catalana a finales del 2005. Los cuatro niegan que esa percepción se ajuste a la realidad. Los datos reflejan que las 12 víctimas de este 2019 están todavía lejos de los años más negros. Aunque sí coinciden en detectar que la delincuencia se ha vuelto "más violenta". Y para los dos policías, no para el comisario ni el periodista, Barcelona se está sumergiendo en una atmósfera similar a la que precedió a los Juegos Olímpicos de 1992, cuando la heroína y los navajeros sembraron el pánico en la ciudad.

El fin de la dictadura

Josep Martí Gómez fue periodista de tribunales en Barcelona para ‘El Correo Catalán’ cuando los juicios podían acabar en condenas de muerte. "En el franquismo había crímenes en el interior de los domicilios, muchos. Sobre todo sexuales. Pero la calle estaba más tranquila". La represión era salvaje: estaba en vigor la ley de vagos y maleantes y los policías podían "arrancar cualquier confesión a golpes". En el exterior, el delito estrella eran "los atracos a bancos". El episodio más famoso ya en la Transición fue el asalto al Banco Central, en la plaza de Catalunya, en 1981.

Uno de los atracadores del Banco Central apunta con una pistola a un rehén, en mayo de 191. / PEPE ENCINAS

Tras el fin de la dictadura se rebajó la dureza de un Código Penal cruel y se protegieron los derechos de los detenidos. Dos avances que conllevaron una consecuencia no deseada: "Los delincuentes más duros comenzaron a apalancarse", a reincidir, resume Martí Gómez. A pesar de que aumentaron los delitos en la vía pública, prevalecía un código de honor entre los malhechores, que se conocían entre ellos porque formaban parte del mismo ecosistema de extracto social bajo e inculto. La irrupción de la heroína cambió las cosas. Las calles entraron en ebullición. Una anécdota del periodista ilustra bien aquella transformación delincuencial tan aguda como la que había comportado la desaparición de la dictadura. El famoso atracador Jorge Rojano fue asaltado por tres navajeros a finales de los 80. Confiando en que le dejarían en paz, les dijo: "¡Que soy el Rojano!". Pero le respondieron: "¡Ni Rojano ni hostias, la cartera!". 

La banda de los peruanos, que causó estragos en las carreteras y establecimientos de Barcelona. / JOAN CASTRO

  

La Barcelona preolímpica

En 1986 Barcelona fue designada sede de los Juegos Olímpicos del 92. Un año después, el Cuerpo Nacional de Policía (CNP) creó los llamados "grupos". Integrados por una decena de agentes, cada grupo se ocupaba de un delito distinto: robos, hurtos, tirones. Uno de estos policías, integrante del grupo 5 ("el de los tirones"), explica que eran jóvenes, agentes descontaminados y sin prisas por marchar a casa tras la jornada. "Hicimos más de mil detenciones al año", subraya. Se les encomendó la misión de limpiar el casco antiguo de navajeros, de toxicómanos y de traficantes y de prostitución antes de la cita olímpica.

Un agente de la Guardia Urbana, que trabajaba de noche durante la misma época, recuerda que la ciudad se había degradado muchísimo en poco tiempo. Cada día recogían tres o cuatro muertos por sobredosis. En pocos años, la inmensa mayoría de toxicómanos habían contraído el sida y, sin nada que perder, asaltaban a punta de navaja, sumidos en la desesperación, para seguir consumiendo. "Por las noches hacíamos ‘barridos’. Sobre la una de la madrugada, desplegábamos –entre furgonetas y agentes a pie– un cordón policial que subía por la Rambla como un rodillo, desde Colón hasta la plaza de Catalunya. No quedaba ni un sospechoso. O se iban o los cargábamos en la furgoneta. Ahora ya no pueden hacerse cosas así", reconoce ante la contundencia de aquella práctica.

"La gente lo ha olvidado, pero esa época, la de los navajeros, causó una gran alarma social. Había pavor a ser atracado en la calle", explica Martí Gómez. Sin embargo, a pesar de que la epidemia de heroína enfureció las calles y el código de respeto que añoraban atracadores veteranos como Rojano se evaporó, seguía prevaleciendo el miedo a la policía. "Yo llegué a perseguir a dos ladrones en solitario. Uno se escapó, pero al otro lo atrapé y lo arresté. Esto ahora es impensable. Un policía no puede asumir ese riesgo sin refuerzos porque te pueden partir la cara. Pero entonces nadie se atrevía a tocar a un policía".

""La gente lo ha olvidado, pero en la época de los navajeros había pavor a ser atracado"

Josep Martí Gómez

Periodista

El barrio chino –el Raval– y el resto de la ciudad se oxigenaron, también gracias a las excavadoras que abrieron espacios como la Rambla del Raval, el espacio que ocupa la Filmoteca o el Pou de la Figuera en la Ribera. Más adelante las máquinas acabarían arrasando puntos negros del tráfico de drogas como Can Tunis. Los grupos –como el que da título a la película Grupo 7 (Alberto Rodríguez, 1992), que hizo lo propio en Sevilla antes de la Exposición Universal de 1992– se disolvieron en enero de 1993. Barcelona entró en una etapa de sosiego. Hubo crímenes sonados, como los de‘El loco de la ballesta’ o ‘El violador del chandal’, pero ya sin la intensidad de los 80. "La heroína dio paso a la cocaína, que conlleva menos delincuencia".

Los Mossos entran en Barcelona 

En el 2005, el Cuerpo Nacional de Policía entregó las llaves de la ciudad a los Mossos d’Esquadra. El primer comisario de Barcelona fue Joan Miquel Capell. Los problemas que afrontó Capell son conocidos: "Los carteristas en el metro, las proliferación de apartamentos turísticos y la lentitud de la justicia que impedía retirar de la circulación a los multireincidentes". Barcelona ya avanzaba hacia un tipo de delincuencia cuyo patrón sigue vigente en el 2019. "Ninguno de aquellos problemas pudo resolverse. Y los problemas de inseguridad se acumulan", avisa.

El turismo, desde el 2005, no ha dejado de crecer. Actualmente la ciudad recibe más de 20 millones de visitantes. Y el fin de las fronteras de la UE –sobre el que el expresidente del PNV Josu Jon Imaz había dicho que "sus principales defensores eran los delincuentes", apostilla Martí Gómez– se empezó a notar. El magnetismo de los turistas atrajo a ladrones extranjeros: Barcelona fue absorbida por la delincuencia global. Y la particularidad de los ladrones trasnacionales es que son inmunes a los sistemas penales estatales; en cuanto llega su juicio, saltan a otro país.

Los cuatro entrevistados constatan además que hoy en las calles de la ciudad cada vez hay más prisa "por sacar la navaja". Sobre todo dentro de las nuevas bolsas de miseria que han arraigado en la ciudad, escenario de los últimos apuñalamientos, que añaden complejidad al rompecabezas de la inseguridad.