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Los problemas de la droga

Los narcopisos y la marihuana entran en La Mina

Algunos vecinos conocen dónde se vende la droga y en qué viviendas se cultiva cánabis, pero se impone el silencio

Unas 300 personas acuden cada día a drogarse en la narcosala del centro de asistencia primaria del barrio

Óscar Hernández

Varias personas hablan en uno de los pasajes de La Mina donde se cree que se vende la droga. 

Varias personas hablan en uno de los pasajes de La Mina donde se cree que se vende la droga.  / Ferran Nadeu


La Mina ya no es lo que era. Y aunque el antiguo barrio de los años 80 no fue nunca un chollo, los vecinos confiesan que antes se estaba mucho mejor. Con la boca pequeña, y amparados en el anonimato, los que viven o trabajan aquí confiesan que siempre se ha vendido droga, pero ahora la situación se ha ido de las manos. Hay hasta viviendas con cultivos clandestinos de marihuana cuyo aroma se nota durante un simple paseo por el barrio.

La represión policial en Ciutat Vella ha redirigido a los heroinómanos barceloneses, y también a muchos extranjeros,  hacia la vecina Sant Adrià de Besòs, adonde llegan en metro con la línea 4 (hasta la parada de Besòs Mar) o en tranvía.  Muchos, desesperados, se pinchan en la calle o en el próximo parque del Besòs, dejando tras ellos un peligroso rastro de jeringuillas usadas y manchadas con sangre. Varias entidades recogen, dos veces al día, unas 3.000 jeringuillas al mes.

Con discreción

Hay más datos para la alarma. Por primera vez, se ha detectado en La Mina la existencia de narcopisos y también de invernaderos caseros de marihuana. Los primeros no son solo los lugares donde se compra la droga, que antiguamente se vendía a pie de calle, sino donde además se insta al yonqui a que se meta la dosis que acaba de adquirir, un fenómeno importado del Raval que alarmó enormemente a los habitantes de ese barrio.

Vecinos, comerciantes y profesionales sanitarios de La Mina intuyen dónde están esos narcopisos. Su existencia es innecesaria ya que ya hay una sala de venopunción o narcosala en los bajos del centro de salud. Al parecer, algunos narcotraficantes prefieren que el yonqui se pinche en su piso ya que la transacción de dinero y droga es más discreta si están escondidos en unos bloques inmensos de pisos, tan característicos de la parte más vieja del barrio. Y el toxicómano, sobre todo el que ha llegado nuevo desde el Raval, puede drogarse sin sentirse controlado por el sistema sanitario.

Mapa del barrio de La Mina, en Barcelona y Sant Adrià de Besòs

Descontrol

«La existencia de los narcopisos dificulta el control sanitario de esas personas. El personal que trabaja en el centro de salud tiene que entregar los kits con la jeringuilla, una goma y la cuchara a toxicómanos que los reclaman para llevarlos ellos mismos a esas viviendas. También se llevan recipientes para las jeringuillas usadas», dice un experto sanitario.

Es decir, si una parte importante de los yonquis acuden de diez de la mañana a ocho de la tarde a la sala de venopunción, donde se pueden drogar, ducharse y comer algo, en condiciones higiénicas, otros se aventuran a inyectarse sin unos mínimos en los narcopisos e incluso, en el peor de los casos, por las calles de la zona o en el cercano parque del Besòs, preferiblemente junto a las vías del tren, a tiro de piedra de la comisaría de los Mossos.

10 horas abierta

Hay datos escalofriantes. A la sala de venopunción del centro de salud de La Mina acuden una media de 300 personas cada día en las diez horas que permanece abierta. Basta quedarse delante del edificio para ver cómo los toxicómanos  transitan por la acera y se meten en el edificio. Lo hacen con su dosis de heroína encima. Al inyectarse allí, si surge algún problema, como una posible sobredosis,  pueden ser tratados por el personal sanitario. Además, se consigue que se droguen dentro y que no abandonen su jeringuilla en la calle. El modelo se considera un éxito, pero tiene sus limitaciones.

El problema se produce de ocho de la tarde a doce de la noche, ya que es cuando no está abierto el local, pero sí una ventanilla donde se entrega el kit con la jeringuilla. A partir de la medianoche, ni eso. «De noche, el toxicómano acaba pinchándose en las inmediaciones porque la sala ya está cerrada –explica un vecino–. Hemos encontrado drogadictos sentados con la jeringuilla aún clavada en la parada de autobús, a pocos metros de la narcosala», añade este hombre que vive y trabaja en el barrio desde que, de niño, lo trasladaron junto a su familia desde las chabolas de Montjuïc junto a otros barraquistas de Barcelona. Aquel éxodo de los años 70 originó el nacimiento de La Mina, el embrión de lo que ahora es.

Más investigación

El horario de la narcosala es uno de los puntos de controversia. Salut asegura no disponer de medios económicos para mantenerla abierta 24 horas. Sin embargo, el alcalde de Sant Adrià, Joan Callau, volvió a insistir en esta petición el martes en su encuentro con el director general de Policía, Andreu Joan, y el comisario jefe de los Mossos d’Esquadra, Eduard Sallent.

En aquella reunión, los Mossos anunciaron que desplegarán cada día, en turnos de tarde y noche, a una treintena de antidisturbios para controlar y registrar a todas las personas sospechosas que entren o salgan del barrio. La misma operación policial incluye el refuerzo de los grupos de investigación con agentes de paisano y más patrullas uniformadas. Todo a partir del próximo lunes, 29 de julio. Entre otras misiones, los agentes antidroga se encargarán de la localización de los narcopisos y las plantaciones domésticas de marihuana.

Vigilantes con perros en el parque y vallas en las vías

Adif está instalando estos días nuevas vallas junto a las vías del tren en el barrio de La Mina y ha segado los matorrales que había para impedir que los toxicómanos que no van a la sala de venopunción se droguen ahí. La medida se suma al patrullaje en el colindante parque del Besòs de dos vigilantes con un perro que ahuyentan a los drogadictos. En desuso y vallada permanece una casa diseñada en su día para juegos infantiles.