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LA VIDA DESPUÉS DE LA TUTELA

"¿Para qué nos recogéis, para volvernos a echar a la calle?"

Mohamed, nombre ficticio, explica su expulsión de un centro de menores al alcanzar la mayoría de edad

El joven, que había mediado para evitar la expulsión de compañeros, ha encontrado refugio en una casa okupada

Helena López

Dos jóvenes expulsados de centros de menores al cumplir los 18.

Dos jóvenes expulsados de centros de menores al cumplir los 18. / RICARD CUGAT

Pocas noches antes había discutido con los educadores. Quería evitar que echaran a dos de sus compañeros. De madrugada, cuando todos duermen, para que el resto no se rebele y diga que o todos o ninguno. Lo que aquella noche no imaginaba Mohamed, quien por supuesto no se llama Mohamed, pero cuya historia es la de cientos de Mohameds, era que el próximo en escuchar las seis fatídicas palabras "lo sentimos mucho, tienes que irte" sería él. Él, que en los meses que estuvo en el centro de emergencia, nunca llegó a ser trasladado a un CRAE, había mediado siempre en las peleas. Él, que había mostrado con creces su buena actitud y sus ganas de estudiar, apuntándose a todos los cursos que pudo. Dejó el colegio a los nueve años, aunque por su educación exquisita nadie lo diría, y tenía sed de aprender.  

Una de las principales diferencias entre un adolescente que vive en un centro de menores y uno que no es que al primero cumplir los 18 no le causa alegría, sino ansiedad. Una ansiedad más que comprensible si alcanzar la mayoría de edad supone quedarse en la calle, sensación que estos chavales conocen bien. Ese fue el caso de Mohamed, de 18 años y medio, quien no solo dejó el colegio sino su casa, a su familia, antes de sumar los dedos de las dos manos.

Cocinero desde los 10

Pese a haber emprendido la aventura hace tantos años, Mohamed llegó a Europa el verano pasado. Antes, vivió siete años solo en Castillejos, al norte de Marruecos, muy cerca de Ceuta, donde trabajó de cocinero, panadero y pastelero, algo habitual en este enclave, en el que son pocos los niños que se buscan la vida antes de saltar a Europa, su objetivo. Les llaman jarragas.

Ese salto, a los 17, tampoco fue sencillo. Lo intentó en patera siete veces. Siete. Cada intento, una historia para olvidar. En uno de ellos, el motor se calentó y explotó. A los que saltaron para evitar las llamas jamás les encontraron. En otro, se perdieron en alta mar. 

A la séptima llegó a Algeciras donde le hicieron la prueba de edad y al comprobar que era menor le mandaron a La Línea. De allí a Sevilla. De allí a Puerto Real y El Bosque, en Cádiz, donde pasó siete meses, hasta que se escapó. "Quería estar contra más lejos de Marruecos, mejor", explica. Pasó dos días en la calle, en Arc de Triomf, hasta que le encontró un paisano y le acompañó a la comisaría de la plaza de España, donde pasó dos días. "Aquí la gente se porta bien con los menores. Me dieron comida y me llevaron a un centro", narra. Le faltaban tres meses y 20 días para cumplir los 18. Recuerda con precisión su particular cuenta atrás.

Llegó al centro y le dijeron que no se preocupara por nada. Que le ayudarían. Cumplió los 18 y le dieron una primera (y última) prórroga de tres meses para gestionar los papeles. Para que pudiera tramitar, al menos, su pasaporte marroquí. El tiempo fue más rápido que la administración. Terminó la corta prórroga y aún no tenía pasaporte. Le echaron igual. "Te echan sin nada... ¿dónde vas?", denuncia. "Y, de los cursos no nos expulsan -reflexiona-, pero si pierdes toda estabilidad, no tienes dónde comer ni dormir, ¿cómo van a seguir estudiando?".

Ayuda clandestina

Antes de marcharse, un educador le dio a escondidas un papel con su número de teléfono junto a un "llámame". A Mohamed le dio vergüenza y no lo hizo, pero a veces el azar es caprichoso y se volvieron a encontrar. Por la calle. Le dio otra vez el número y quedaron a las nueve en "el gato ese grande del Raval". Esta vez venció a la vergüenza. La cita fue en un espacio okupado en el que terminó viviendo junto a otros tres chicos en su misma situación"Aquí no hay solo gente mala, racista; también hay gente buena. Si pides comida, te dan comida. Yo me presento a la gente por la calle y les digo 'no quiero dinero, puedes comprarme un bocata, por favor, y el 90% no dicen no'", asegura.

Explica su caso "para evitar que otros chicos pasen por lo mismo". A sus ojos, para resolver la situación el primer paso sería que los educadores, al fin y al cabo los que ejecutan las expulsiones, se rebelaran. "¿Tu corazón qué opina, de esto? ¿Para qué nos recogéis, para volvernos a echar a la calle?", le preguntó a su educador la noche de su expulsión mirándole a los ojos, que respondieron por él.