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CAOS EN EL TRANSPORTE PÚBLICO

El plan de TMB no resiste el primer baño de realidad

El refuerzo de las líneas L9 y L5 y otras mejoras de urgencia certifican que el parche inicialmemte previsto para las obras de la L1 no cubría toda la herida

Carles Cols

La estación de Santa Coloma, cerrada al público, con los buses de lanzadera al fondo.

La estación de Santa Coloma, cerrada al público, con los buses de lanzadera al fondo. / FERRAN NADEU

Una vez más, resulta que el mariscal prusiano Helmuth von Moltke tenía razón cuando dijo que “los planes políticos raramente sobreviven al primer contacto con el enemigo”. Los planes que TMB presentó para capear la clausura de 10 estaciones de la línea L1 del metro durante dos meses han tenido que ser ya corregidos y aumentados, en parte gracias a la insistencia de la alcaldesa de Santa Coloma de Gramenet, Núria Parlon, que el pasado martes obtuvo por fin varios síes allí donde a mediados de junio solo recibía noes por respuesta. Lo curioso del caso es que Santa Coloma no es de lejos, como incluso admite Parlon, la ciudad más perjudicada por esta monumental obra de verano. Más lo es Barcelona. No es ironía. No es como cuando una tormenta cerró la navegación en el paso de Calais y la prensa inglesa tituló que el continente quedaba aislado. Santa Coloma, final de línea en Fondo, tiene alternativas. Trinitat Vella, o sea, Barcelona, está aislada del resto del área metropolitana.

El 25 de junio, cuatro días antes de la interrupción, Santa Coloma negociaba parches a un plan que, desde su punto de vista, se quedaba corto. La alcaldesa hizo de correa de transmisión de las quejas de las organizaciones vecinales. El punto de partida era claro. Las obras causan inevitables contratiempos, de acuerdo. Suplir en superficie, con autobuses, una ruta que usan 90.000 personas al día provocaría monumentales atascos, de acuerdo también. Pero el plan previsto tenía aristas cortantes. No se previó, de entrada, reforzar la L9, con parada en Fondo. Tampoco la L5, para evitar un efecto embudo en Sagrera. La presencia de informadores parecía corta en el tiempo y, como se demostró después, ineficaz. Como se dice en estos casos, los informadores no eran “proactivos”, dejaban que los usuarios se montaran en las lanzaderas en Clot cuando algunos de ellos deberían haber bajado en Sagrera y saltar a la L9 antes de proseguir adelante. A lo sumo, en esa primera reunión se aceptaron algunas sugerencias lógicas, como que la tarjeta rosa de transporte público pudiera emplearse en los trenes de Rodalies para salir o entrar, por ejemplo, de Sant Andreu.

Las mejoras

Fue necesario poner en marcha el engranaje, el pasado fin de semana, para que la presidenta de TMB, Mercedes Vidal, en funciones mientras no se pacte un nuevo gobierno en Barcelona, aceptara que Von Moltke tenía razón. Dos convoyes más circulan en horas punta por la L9, la L5 ha sido también reforzada y los informadores (habrá que suponer que más “proactivos”) estarán a pie de calle una semana más de lo previsto. A lo que no ha accedido TMB es a aproximar la distancia que aún separa las dos líneas de autobuses lanzadera. Esgrime que es por razones técnicas insuperables. La distancia que separa el final de una del inicio de la otra, entre 10 y 15 minutos a pie, son un abismo a más de 30 grados de temperatura, sobre todo para los vecinos de Trinitat Vella, que ven en el horizonte el resto de Barcelona y que, en lo que es todo un síntoma, les resulta más fácil retroceder, es decir, alejarse de su destino final, y viajar hasta Santa Coloma para tomar allí la línea L9, para muchos esa gran desconocida.

La L1 recuperará plenamente el servicio cuando concluya el mes de agosto.