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BARCELONEANDO

Memorias de una librera

Montse Serrano ha volcado en 'Todo pasa en la calle Buenos Aires' el relato de sus 40 años al frente de la librería +Bernat

Mauricio Bernal

Montse Serrano, en Barcelona.

Montse Serrano, en Barcelona. / JOAN CORTADELLAS

Alguien ajeno a las cosas de la +Bernat que ponga los pies estos días en la +Bernat se preguntará a razón de qué las estanterías están recorridas por un montón de pequeñas cartelas, y por qué las cartelas están marcadas por años, y por qué esos años empiezan a correr en el 78 y terminan en el 2018, y por qué junto a cada cartela hay un libro, y por qué da la impresión de que ningún libro tiene relación con el otro. Entonces, alguien al tanto de las cosas de la +Bernat le explicará quizá que «la dueña de todo esto» –puede que abarcando con los brazos el territorio cálido y libresco de la +Bernat–, que «la dueña de todo esto» ha escrito y publicado sus memorias, y que esas memorias abarcan los 40 años que han trascurrido desde que se quedó la librería, y que el libro está dividido por años, y que a cada año le corresponde un libro, el que por alguna razón marcó a la librera ese año en particular; y que para la concurrida presentación decoró así las estanterías; y que desde entonces tienen ese aspecto.

Serrano, maestra en el arte de crear comunidad, ha escrito un libro que es un canto a la amistad

La gente al tanto de las cosas de la +Bernat saben que todo esto se refiere a la librería de la calle de Buenos Aires, ese local a arteria y media de la plaza de Francesc Macià; a Montse Serrano, «la dueña de todo esto»; y a su libro de memorias, 'Todo pasa en la calle Buenos Aires', celebración de lo literario y de lo vital en general. «Mucha gente me había dicho que debería escribir mis memorias», dice la librera que el 1 de septiembre de 1978 subió por primera vez la persiana de ese lugar que habría de ocupar un lugar central en su vida. «No he tenido hijos, la vida me lo prohibió. Para mí, mi hija es la librería Bernat, que nace en septiembre de 1978. Entonces yo tenía 22 años», se lee en el primer capítulo (1978: 'La muchacha de las bragas de oro', de Juan Marsé). A partir de allí, Serrano recorre un camino que entrelaza los derroteros de la librería, los suyos propios y los de la actualidad en general, en un ejercicio en el que todo está relacionado. Una librería es espejo de su tiempo. Y de su librera.

El olor de la amistad

«Quería que se entendiera esta vida mía que ha pasado a través de los libros –dice Serrano–, y eso pasaba por responder preguntas como ‘¿Por qué estoy aquí?’, o ‘¿Por qué me ha apoyado tanta gente?’». La gente es una sustancia fundamental en la memoria de Serrano –y en sus memorias también– porque sin libros no hay librerías, pero sin gente tampoco: la que entra, la que compra, la que se queda, la que se hace amiga, la que revolotea durante años en torno a las estanterías. «Quizá me equivoque, pero sostengo que el único negocio o comercio del mundo mundial donde se pueden hacer amigos es una librería. Entra un cliente nuevo y te dice: ‘Dame un libro que me voy de viaje’, o ‘Dame un libro que me voy a la clínica’. Le recomiendas un libro, y si ese cliente vuelve, tienes una relación, con suerte una amistad, y eso crece, porque alrededor del libro siempre tienes una conversación. Lo digo en estas memorias: te hueles y te gustas, o te miras a los ojos y sabes de antemano que vas a trabar amistad».

"El único negocio o comercio donde se pueden hacer amigos es una librería", dice la autora

Todo pasa en la calle Buenos Aires: los libros, la amistad, los escritores, las celebraciones, las pequeñas anécdotas y la muerte también, muy presente en la vida de Serrano y en sus memorias por ende. «He procurado ser honrada a la hora de contar los episodios dolorosos, pero también quería reflejar que las tragedias unen a la gente, porque es cuando más necesitas a los que tienes a tu alrededor». Cada librería es especial a su manera, y la magia que brota de esta tiene que ver con el arte del que es maestra su propietaria: el arte de crear comunidad. Deudora del epígrafe que abre el libro, una frase de su querido amigo Rafael Sala («en esta vida la cuestión es distraerse»), Serrano conduce el relato hacia la idea, también mágica a su manera, de que en una librería se puede ser feliz. «Es que no me cabe en la cabeza otra cosa –dice–. Has de adaptar tu trabajo a pasártelo bien. Jamás habría podido levantarme cada mañana todos estos años pensando que no venía a un sitio donde podía ser feliz».