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colegio popular en un barrio popular

El silencio de Griselda

El cierre de la escuela, por culpa del elevado alquiler, es un indicador de la deriva que está tomando Sant Antoni

Miqui Otero

Alumnos de la escuela Griselda corren por el patio del colegio la última semana de curso.

Alumnos de la escuela Griselda corren por el patio del colegio la última semana de curso. / JOAN MATEU PARRA

Yo abrí los ojos en las Escoles Griselda. Lo pienso hoy, en el último día de curso, y cuando este colegio de la calle Parlament cierra para siempre.

No los abrí porque me iluminara un profesor. Fue literal. Mi madre era maestra y, por temas de conciliación antes de que nadie usara la palabra, yo pasaba allí horas y horas desde antes de aprender hablar. Abría los ojos en el carrito y amanecía rodeado de 15 alumnas de tercero de EGB dedicándome carantoñas. Desde entonces, todo ha ido en declive. Quizás me he hecho escritor para mendigar el cariño que todos me brindaron en esa época.

Mi madre entró a trabajar en Griselda en 1974, al poco de llegar a Sant Antoni. Fue con Aurora, la madre de Francisco Casavella, que la ayudó a reunir la valentía para pedir ese trabajo. Pero lo hicieron, cuando aún no se habían acabado ni las empanadas del primer viaje, cuando llegaron aquí emigrados de Galicia (todo el mundo sabe que alguien no se va de su tierra cuando arranca el coche allí, sino cuando se le acaba aquí la comida casera que trajo).

Era Griselda un colegio popular de un barrio popular. Llegada cierta crisis del proyecto, cuando yo aún era un niño, dejó de ser solo popular para ser también democrático. Con el fin de salvar la escuela, como en una película de Ken Loach, los profesores fundaron una cooperativa y la sacaron adelante. “Una escuela catalana y laica”, era la definición y también el motivo. No es necesario que deje aquí inventario de la de horas extra que tuvo que hacer mi madre con dos hijos. No me gusta ensalzar la imagen de la mujer como superheroína, porque esa mitificación no hace sino perpetuar un estereotipo dañino: la mujer trabajadora que, en fin, tiene que trabajar demasiado.

Parecía tan grande

Aulas pequeñas de techos altos y un tejado en la cima del edificio que hacía las funciones de patio: presentaba cierta pendiente así que los balones rodaban de más, como en la carrera aquella de perseguir al queso en una montaña. Eso era Griselda y allí jugaba tal día como hoy, y como mañana, y parte de julio, en los años ochenta. También andaban por ahí otros hijos de maestras de todo, como Adrià, encomiable activista y hoy dejándose la piel en en los 'comuns' (es, entre muchas otras cosas, marido de la alcaldesa) o Pol Marsà, hoy un reconocido periodista radiofónico. No es que tramáramos allí ningún plan de dominación mundial, o de la ciudad, pero jugábamos mucho y aquella escuela pequeña nos parecía tan grande.

En los últimos años, mientras la calle Parlament se poblaba de bares franquicia y profesiones presuntamente creativas (las frases más escuchadas últimamente, lo contaba Pol Rodellar, son “hay que darle una vuelta a la idea” o “los de la marca nos piden algo más 'underground'”; con honrosas excepciones como la librería La Calders), Griselda era una aldea gala de lo hermosamente popular. En sus aulas, gitanos rumberos de la Cera, filipinos y nietos de este barrio triangular, que guarda cierta disciplina del Eixample combinada con la guasa del Paral.lel y con la libertad de Montjuic. Es casi un mal chiste, por lo tremendamente alegórico, que cierre un colegio precisamente en esta calle.

Hoy Griselda cierra sus puertas porque no puede asumir el alquiler. El problema es amplio y tiene que ver con mil injusticias, todas ellas conectadas como en un ábaco: la vivienda, la gentrificación, la precariedad. No hay silencio más preñado de emoción que el de un patio cuando se han ido los alumnos. Ya no se escucharán los gritos de los chavales de Griselda en la calle Parlament. Esos que retrataba Galdós en el arranque de Miau: "Ningún himno a la libertad, entre los muchos que se han compuesto en las diferentes naciones, es tan hermoso como el que entonan los oprimidos de la enseñanza elemental al soltar el grillete de la disciplina escolar y echarse a la calle piando y saltando". 

Un sitio sin vecinos es un sitio sin gente. Su silencio, el silencio de Griselda, debería ser incómodo: nos explica demasiadas cosas y tendría que invitarnos a romper el nuestro. Las calles no son calles, los barrios no son barrios, las ciudades no son ciudades cuando hay demasiadas maletas de turistas mientras desaparecen las mochilas de los niños, cargadas de libros y de futuro.