10 abr 2020

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Más de 430 delitos

Los ladrones del colegio de 'Merlí' eran heroinómanos y asaltaron 75 pisos

La escuela Menéndez Pidal ha sido escenario de un fenómeno insólito en la ciudad que los Mossos siguen diseccionando

El objetivo ahora es descubrir a los líderes de la mafia e indagar en un posible fraude en la petición de asilo político en Barcelona

Guillem Sànchez

Desarticulada en Barcelona una de las organizaciones criminales más activas especializada en robos con fuerza en domicilios. / POLICÍA NACIONAL / MOSSOS D'ESQUADRA

A medida que se conocen los detalles de lo que ha sucedido dentro del colegio Menéndez Pidal de Barcelona, escenario en el que se rodó la exitosa serie 'Merlí', crece la perplejidad. Hasta el curso escolar 2011-2012, cuando se cerró por falta de alumnos, este centro de primaria situado detrás del hospital de la Vall d’Hebrón fue un recinto educativo más, tan anodino como el resto, con pasillos por los que los maestros andaban, carpeta de notas bajo el brazo, maldiciendo la monotonía de los ciclos académicos, ignorando quienes iban a sucederlos tras su clausura. Primero llegaron los focos de la televisión y los actores por los que suspirarían los adolescentes. Un giro curioso que quedaría en anécdota prescindible. Porque cuando las cámaras se apagaron, se convirtió en una colmena gigantesca de ladrones… adictos a la heroína.

Un insólito cuartel general integrado por una comunidad de cien hombres que cada noche salían en grupos de 4 o 5 personas en busca de pisos vacíos por Barcelona. Después, con el zurrón lleno de joyas, relojes o tabletas electrónicas, regresaban antes de que amaneciera. Sus salidas nocturnas incluían paradas puntualmente en el barrio de La Mina (Sant Adrià de Besós) a comprar heroína. En la escuela, cuando no estaban robando, dormitaban inyectándose la droga.

El desembarco de enero

Durante los primeros días de enero, los vecinos de los bloques de enfrente se percataron de que del colegio abandonado entraban y salían "hombres mayores" –en realidad tenían entre 25 y 35 años, pero su aspecto se había deteriorado a causa de su adicción–. Dieron la voz de alarma cuando diversos establecimientos de la zona sufrieron robos que apuntaban a los nuevos inquilinos del Menéndez Pidal. Así arrancó la investigación de los Mossos d’Esquadra, que acreditó que todos ellos procedían de Kutaisi, la segunda ciudad más grande de Georgia. Construida a orillas del río Rioni y a menos de 100 kilómetros del mar negro, la urbe está conectada por un vuelo con una escala con el aeropuerto de Barcelona. Esa ruta aérea es la que eligió una organización criminal, que sigue a la sombra, para reclutar a jóvenes adictos a la heroína y traerlos a robar pisos de Barcelona. 

En el colegio hallaron un lugar ideal para sus propósitos. Los datos que manejan los Mossos son "bestiales", en palabras del subinspector Lisard Hidalgo. Desde su llegada, por el centro han pasado más de cien hombres que han cometido más de 400 delitos en unos cuatro meses. Los más graves, 75 robos en domicilios de la ciudad. Aunque también hay golpes contra negocios y hurtos. En suma, acumulan 87 detenciones y antecedentes con varias policías europeas. La inmensa mayoría de ellos han terminado en el Centro de Internamiento de Extranjería (CIE) o expulsados de España.

Coordinadores para dormir 

La envergadura de la comunidad que había anidado en el viejo colegio requería de figuras de organizadores que se ocupaban de distribuirlos por las antiguas aulas. Algunas eran para dormir y otras para esconder el botín o talleres para preparar las ganzúas con las que reventaban cerraduras. Solo consta la presencia de dos mujeres integradas en la red. Una de ellas se hacía cargo de la contabilidad de los objetos robados. La otra, de contactar con quienes iban a comprarlo. Una parte del dinero amasado se enviaba a Georgia a través de puestos de envío de efectivo. Otra pista que remite a la existencia de una mafia con el sello georgiano: jefes con puño de hierro en lo más alto y subordinados que roban para ellos a cambio de quedarse solo con una parte del botín.

La disección de un fenómeno sin precedentes en la ciudad ha abierto nuevas líneas de trabajo para los policías. La Divisió d’Investigació Criminal ha puesto su lupa para sobre el entramado para buscar a sus jefes. En colaboración con el Cuerpo Nacional de Policía, se busca asimismo desentrañar el funcionamiento de una posible red de explotación laboral. Durante los primeros meses del 2019, no pocos ciudadanos georgianos solicitaron asilo político en Barcelona. Generó sospechas porque en su país de origen no constaban amenazas que pudieran justificar la ola de peticiones. "Ahora sabemos que varias de estas pertenecían a personas instaladas en el colegio", aclara Hidalgo.

Dos operaciones para vaciarlo

El 4 de abril los Mossos y la Policía Nacional activaron la primera operación policial que entró en la escuela. Arrestaron a una decena de hombres, implicados en un centenar de robos, e identificaron a una treintena. El 29 de mayo, por orden de un juzgado social, entraron para desalojarlo del todo. Durante ese espacio de tiempo, varias de las 'plazas' que quedaron libres fueron reocupadas por más ciudadanos georgianos y por algunas familias sin recursos. También por un grupo de artistas que acabó levantando un muro para no tener que convivir con los georgianos. La destrucción de esta colmena ha sido decisiva para que se haya registrado un descenso de los robos en domicilios durante los primeros meses del 2019. 

Como ladrones eran buenos, les reconoce Hidalgo. Salían en grupos –baterías– de 4 o 5 hombres y se tomaban tiempo para elegir los objetivos: siempre pisos vacíos. Para asegurarse de ello utilizaban la técnica de los marcadores, pequeños trozos de papel o plástico que se colocan en la rendija de la puerta y que, cuando el dueño abre la puerta, caen al suelo. Si los marcadores siguen en su sitio por la noche, significa que la casa está vacía.

Dentro de cada grupo contaban con expertos en cerraduras que podían forzarlas sin esfuerzo. Usaban guantes y gorros para no dejar huellas dactilares ni pelos que pudieran convertirse en pruebas de ADN. Y si las cosas salían mal, y se topaban con un inquilino en el interior que les sorprendía, se iban sin tocarle, demostrando un conocimiento nada despreciable del Código Penal, que castiga con penas altas de prisión, e ingreso preventivo antes el juicio, la violencia contra las personas. Pero es mucho más permisivo con los robos con fuerza en domicilios.

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