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"En la calle nadie te va a vender marihuana por menos de 20 euros"

Los captadores de consumidores por el centro de Barcelona evitan ahora conducir hasta los pisos de la droga y la entregan en plena calle

La estrategia comercial consiste en susurrar la lista de productos a los turistas que van solos por el Gòtic

Óscar Hernández

Una bolsa de maría adquirida esta semana por 25 euros en esta calle, Santa Mònica, en el Raval, junto a la Rambla.

Una bolsa de maría adquirida esta semana por 25 euros en esta calle, Santa Mònica, en el Raval, junto a la Rambla. / Albert Bertran

Las paredes de las calles que rodean la plaza Reial de Barcelona (Tres Llits, Lleona, Escudellers Blancs y Escudellers) llaman la atención a plena luz del día por la pose de varios hombres –siempre son varones–, que apoyados en las fachadas y a una cierta distancia unos de otros observan a los numerosas turistas que deambulan por el centro. Muchos son captadores. "Hachís, marihuana, cocaína...", susurran. Como quien no quiere la cosa. De hecho, no abordan al visitante de frente, sino que se limitan a pronunciar a su lado, con discreción, el catálogo de productos.

"¿Tienes maría?", pregunta el cliente potencial al escuchar el reclamo. "Claro. Y muy buena. ¿Cuánta quieres?", dice el camello, de unos 50 años, que dice ser de Marruecos, "donde hay el mejor hachís del mundo". "Yo solo quiero 10 euros de marihuana". "Para eso, te vas a un 'coffee shop'. Aquí en la calle por menos de 20 euros nadie te va a vender", responde con seguridad. "Pues venga. De acuerdo", acepta el consumidor. "Vamos a un piso. Sígueme".

Consecuencia de las redadas

Son las cuatro de la tarde. Las calles del Gòtic están repletas de turistas. Casi todos van en grupo. Como mínimo en pareja. Los vendedores solo abordan a los que van solos. Media hora antes otro captador ha rehusado acompañar a este cliente a un piso. "Te esperas aquí y yo te voy a buscar la maría", espeta, aun a riesgo de perder la venta, como finalmente ocurre. Pero no parece importarle. Habrá más.

Lo de subir a un piso se ha complicado de un tiempo a esta parte. Una consecuencia de las recientes redadas de Mossos y Guardia Urbana en los llamados pisos de la droga, donde que, a diferencia de los narcopisos, no se puede consumir la sustancia, sino solo adquirirla con la discreción que dan cuatro paredes.

El segundo vendedor sí que prefiere cerrar el trato en una vivienda del barrio. "La verdad es que para comprar maría es mejor ir a un 'coffee shop', a un club, porque pagas una cuota y puedes comprarla allí", dice para tantear las intenciones de su nuevo y novato comprador. "Ya, pero es que no sé cómo funciona y no quiero hacerme socio. Me han invitado a una fiesta este fin de semana y quería hacer unos porritos", contesta el consumidor novato.

Del Gòtic al Raval

El camello grita el nombre de un socio mientras camina a paso rápido por las callecitas del barrio. "Este quiere maría", le dice señalando al cliente. Y el recién llegado encabeza la comitiva, veloz pese a su evidente cojera. Toman las calles Obradors, Rull, Sant Francesc y Josep Pijuan hasta la plaza de Joaquim Xirau, que desemboca en la Rambla. Los tres implicados en la transacción ilícita cruzan la Rambla y avanzan con paso decidido por la calle de Santa Mònica, ya en el Raval. El Gòtic ha quedado a sus espaldas. El guía, también de unos 50 años, coge el móvil, un modelo muy antiguo, y llama. Habla muy bajo. Cuelga y le dice que no puede ser, que no pueden ir al piso.

"Yo prefiero siempre subir porque sé que el cliente está allí más tranquilo. Pero este dice que el del piso no vendrá antes de media hora y no podemos esperar tanto". El guía se enfada y se va. Y se quedan en mitad de la calle Santa Mònica, el camello y su cliente. "Espera. Voy a preguntar". El vendedor, ávido de cerrar el negocio y obtener su comisión, avanza solo hasta la Rambla y se dirige a un tercer hombre sentado, que se levanta y se va a paso rápido. "Espera un momento. Ahora nos la va a traer". En unos cinco minutos regresa y le pasa una pequeña bolsita de plástico con autocierre, mientras le da la mano.

Cinco euros de más

El vendedor de maría se la ofrece al comprador, ya de nuevo en medio de la calle de Santa Mònica, absolutamente desierta. El adquiriente la coge, la abre, la huele y comprueba su característico olor dulzón. "Pero me tienes que dar 25 euros. Le tengo que dar cinco al chico que la ha traído", se excusa. En plena calle y con poca experiencia es difícil saber si la operación es razonable.  Cobra y dice: "Si quieres te doy mi móvil y así la próxima vez que quieras algo, me lo dices". Le dice el número. Quiere ganarse su confianza y posibles nuevas ventas.

En este caso no ha aparecido ningun policía. A veces, a la salida de un piso de la droga suelen surgir agentes de paisano que identifican a los compradores cuando se alejan del piso donde han aquirido la droga. El objetivo, incluirlos como testigos en las diligencias que presentarán ante el juzgado para acreditar que en aquel piso se trafica. Solo así el juez pemitirá la entrada y registro y las consecuentes detenciones. Por suerte en esta ocasión no había vigilancia policial en la calle. Y el camello debía saberlo. Estaba tranquilo. Como la veintena de los demás captadores que se apoyan en las paredes de las esquinas del Gòtic a la espera de un turista, que no puede o no sabe entrar en un club de canabis, o del consumidor esporádico e incauto.