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SECTOR EN AUGE

Los trasteros se apoderan de los bajos de Barcelona

El número de módulos de auto-almacenamiento crece en el núcleo urbano con usos muy dispares

Luis Benavides

Una fachada entera para el trastero, en la calle de Castillejos. / ÁNGEL GARCÍA

Una fachada entera para el trastero, en la calle de Castillejos.
Uno de los encargados del Bluespace de Sant Adrià de Besòs muestra el interior de uno de los módulos

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“Cuanto más vives, más espacio necesitas”, reza el eslogan de una de las empresas más importantes del sector de los trasteros. Los que no quieren desprenderse de ninguna de las maneras de estos objetos –por ejemplo, a través de ‘apps’ de compraventa entre particulares- pueden dejarlos a buen recaudo en alguno de los más de 470 centros de auto-almacenamiento repartidos por toda la geografía española.

Los primeros trasteros surgieron en las afueras, en grandes edificios situados en polígonos industriales, pero ahora están ocupando los bajos de edificios en núcleos urbanos. Donde antes había tiendas de barrio o sucursales bancarias, por ejemplo. Barcelona y Madrid concentran prácticamente la mitad de todos los trasteros. Estos módulos de almacenamiento, con cerradura propia y seguro, tienen diferentes utilidades. Cada vez más empresas y autónomos encuentran en estos céntricos trasteros un lugar donde guardar con total seguridad estoc, herramientas o archivos. En caso de mudanza o reformas en el hogar también son muy útiles.

Los llamados trasteros de proximidad, en su mayoría situados en los bajos de edificios, aunque también los hay que ocupan edificios enteros –como el OhMyBox de la calle de Marina- han aumentado en los últimos cinco años. En este periodo han abierto algunos como el Central Trasteros de la calle de Doctor Rizal, en el distrito barcelonés de la Vila de Gràcia. Allí la actividad diaria es intensa. Las entradas y salidas se suceden. La mitad de los clientes de este centro de auto-almacenamiento son empresas o autónomos, como explica su encargada, Raquel Bernal: “Imagina un fontanero autónomo. Prefiere dejar todas sus herramientas aquí y coger solo las que necesita para cada trabajo. Así no va cargado con cosas innecesarias y tampoco se expone a que le roben todo el material si le abren la furgoneta”.

A muy pocos metros de este trastero situado en la calle de Doctor Rizal se encuentra el Gula Bar, cliente del trastero prácticamente desde su apertura hace unos cuatro años. En uno de los módulos guardan principalmente barriles de cerveza y bebidas. Para un establecimiento pequeño como el suyo, sin almacén, sale más rentable alquilar un trastero que un local entero. El encargado de este establecimiento, y también del restaurante Santa Gula, en la plaza de Narcís Oller, es Adrià Santo Domingo. “Hay mucho movimiento, no solo de empresas, también de particulares. Para mucha gente es una solución a la falta de espacio en los pisos pero tristemente me temo que también es un refugio para personas sinhogar”, asegura Santo Domingo, quien dice quedó muy impactado al ver como un usuario conectaba en estos pequeños módulos un ordenador y ordenaba su ropa. “Imagino que será alguien que perdió su piso y no tiene otra opción para conservar sus cosas”, añade.

Solo en la ciudad de Barcelona hay cientos de espacios susceptibles de convertirse en trasteros. Según el último inventario del ayuntamiento, de los 78.033 locales en planta baja, un 6,1% no tienen actividad y del 16,7% no se tiene información exacta.

Mensajería ecológica de última milla

Algunas empresas de transporte utilizan estos trasteros como microcentros de distribución. Es el caso de Geever, una compañía de mensajería ecológica de última milla. Unas furgonetas dejan la mercancía de sus diferentes clientes en estos trasteros de madrugada y el equipo de Geever se encarga del último tramo. Carlos Palenzuela, jefe de tráfico de esta empresa, coordina las entregas. “Tenemos uno o dos trasteros como éste en cada distrito. De esta manera cubrimos toda Barcelona y nuestros repartidores pueden entregar el paquete caminando, con carretilla o con monopatín eléctrico”, explica Palenzuela, quien subraya la sostenibilidad de esta iniciativa y la alta eficacia de su innovador sistema. “Si no encontramos al cliente en un primer momento, que sería lo ideal –continúa-, podemos intentarlo el mismo día porque la entrega siempre coge relativamente cerca”.

Actividad logística en la entrada del trastero de la calle del Doctor Rizal, esta semana / joan cortadellas

Los trasteros se han convertido en extensiones  de los pisos, que se han quedado pequeños.  Merece la pena recordar que la palabra trastero, como apunta la Real Academia de la Lengua, proviene de trastos, cosas inútiles o de poca utilidad. “Antes quizá no era necesario. Ahora tenemos más aficiones y acumulamos muchas cosas. Desde esquís, material de escalada… Son cosas que no usarás a diario y ocupan mucho en los pisos”, afirma Bernal.

Cuando un piso se queda pequeño, advierte el máximo responsable de marketing de Bluespace, Eduard Bosch, sale más económico alquilar un trastero -la media son 20 euros por metro cuadrado al mes- que cambiar de piso.  “Hace 20 años los trasteros estaban en las afueras. Ahora están más cerca de los clientes, sobre todo para dar cobertura a las personas que viven en grandes ciudades donde los pisos son pequeños”, añade Bosch.

Consumismo y emociones

El fenómeno de los trasteros llegó de Estados Unidos, donde son prácticamente indispensables desde los años 60, para quedarse. El sector no deja de crecer. En el 2016 se contabilizaban unos 300 trasteros en toda España, y en tres años la cifra ha aumentado más de un 50%. El filósofo y sociólogo Francesc Núñez, profesor de la Universitat Oberta de Catalunya, encuadra este aumento de trasteros en el consumismo imperante en la sociedad actual. “El problema de la acumulación de cosas tiene una dimensión estructural. Cada vez tenemos más cosas, y nos vemos empujados a comprar más cosas casi por obligación vital”, explica el experto en sociología de las emociones. “Con las cosas no solo tenemos una relación instrumental. Las cargamos de afectividad, de libido, como decía Sigmund Freud”, añade Núñez.

Cada persona puede acumular actualmente 2.000 y 5.000 objetos, de los cuales seguramente el 80% son totalmente prescindibles, explica el profesor de la UOC, basándose en estudios y reflexiones de expertos y sobre todo defensores del minimalismo. “Hace unos años se podían hacer mudanzas con una sola furgoneta, y ahora es impensable. El consumismo neoliberal nos genera muchas necesidades y problemas como la falta de espacio que al final tiene que resolver el propio individuo. O se deshace de estas cosas que le sobran o las guarda en trasteros, que debe pagar de su bolsillo”, añade Núñez.

De uno a 200 metros cuadrados

La compañía Bluespace, por ejemplo, crece a un ritmo de entre siete y 10 centros nuevos año.  Uno de los últimos en abrir sus puertas fue el situado en Sant Adrià del Besòs.  “Tenemos trasteros a partir de un metro cuadrado, en el que caben unas 20 cajas en vertical, y hasta 200 metros cuadrados. En un módulo de cinco metros cuadrados, por ejemplo, cabe todo el piso de una pareja: sofá, cama, armarios, tele, nevera, lavadora, mesas, sillas y cajas ”, explica el encargado, Ferran Sales, quien también asesora a los clientes sobre la mejor manera para guardar el material y tenerlo accesible en todo momento.

Las seis plantas de este moderno centro, inaugurado en julio del 2018, suman unos 4.000 metros cuadrados, de los cuales ya están ocupados por clientes en un 25%. Para entrar es necesario pulsar un código secreto y cada trastero tiene un candado. Las cámaras recogen todos los movimientos, desde la entrada hasta los pasillos de los módulos. El interior de cada trastero, eso sí, es totalmente secreto. “No podemos saber lo que el cliente almacena, pero se les hace firmar un papel conforme no almacenará nada que no esté permitido”, puntualiza el encargado. En esta larga lista de artículos que no se pueden almacenar figuran materiales peligrosos, tóxicos e ilegales; tampoco es posible almacenar plantas o animales. “Los trasteros son de chapa para evitar humedades –continúa Sales- y la temperatura se mantiene baja para que nada se estropeé”.

En este gran centro de Sant Adrià, por su emplazamiento junto a la ronda Litoral, la mayoría de los clientes son empresas. Unas plazas de aparcamiento les permiten cargar y descargar con total tranquilidad.  “Los sábados vienen bastantes particulares a coger la bicicleta, por ejemplo. Como estamos al lado del río Besòs es ideal para pedalear hasta Montcada o la playa”, comenta el empleado de Bluespace. Esta compañía, nacida en Barcelona y controlada por fondos inversores estadounidenses con presencia en la capital catalana, Valencia y Madrid, forma parte de la Asociación Española de Self Storage (AESS), que representa al 20% de las empresas del sector, las cuales gestionan un 30% de los centros del mercado.

Líderes en Europa

Actualmente hay más de 3.700 centros de ‘self storage’ repartidos por toda Europa, según la federación europea de asociaciones de trasteros (FEDESSA, por sus siglas en inglés). Solo Francia y Reino Unido superan a España en número de trasteros. El líder indiscutible es Inglaterra, con unos 1.500 centros de auto-almacenaje. Una cifra muy por encima de los más de 500 centros franceses y los 470 españoles.