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PROBLEMA DE CONVIVENCIA

Los vecinos de la Vila Olímpica siguen en pie de guerra contra el ocio incívico

Denuncian que la masificación de la zona de discotecas del Front Marítim hace invivible el lugar

Relatan botellones diarios bajo sus ventanas, escenas que inmortalizan en cientos de videos de denuncia

Helena López

Euforia en el metro. 

Euforia en el metro.  / AGRUPACIÓN DE VECINOS DE MOSCÚ-RAMON TRIAS FARGAS

Relatan escenas para no dormir, y es que si en algo les afecta la situación, con la que conviven desde hace años, es precisamente en el sueño. Los vecinos de la manzana de casas entre las calles de Moscú  y Ramon Trias Fargas, la entrada principal a la zona del ocio del Front Marítim, aseguran haber llegado a una situación insostenible. "Hay gente que está vendiendo los pisos porque se quiere ir, pero yo me niego porque eso es acoso inmobiliario. Ahora en precampaña están viniendo los políticos a ver lo que soportamos aquí cada día y todo el mundo alucina. Yo no sé cuánto hace que no duermo siete horas seguidas. Ahora, con esas promociones y esas webs, esto está vivo todo el año. No es normal que el edificio del CSIC tenga tiros en las paredes", se desahoga del tirón una portavoz de la agrupación de vecinos Moscú-Ramon Trias Fargas.  

El colectivo forma parte de la asociación de vecinos de la Vila Olímpica, la que les apoya en sus denuncias, pero se organizaron también de forma independiente hace menos de un año para tratar una problemática muy específica: vivir en el corredor entre la salida del metro y la zona de macrodiscotecas. Un camino en el que los clientes de esos negocios -que Ada Colau acaba de anunciar que quiere cerrar- dejan todo tipo de huellas, desde las bolsas y las botellas y vasos vacíos -en el peor de los casos rotos- hasta micciones y vómitos en los numerosos recovecos que ofrece el caprichoso urbanismo del enclave. "Aquí se han sumado dos cosas: la masificación la ausencia de policía", resume la portavoz vecinal, quien prefiere guardar el anonimato. "Se trata de una cuestión de salud pública. Esto tiene un coste emocional muy elevado. Es difícil entender el estrés y la ansiedad que esta situación nos genera", subraya la mujer, quien destaca también que no se trata de un problema solo vinculado al turismo ("el perfil es variado, 50% turistas, 50% nacionales", calcula).

Fenómeno largamente denunciado

Los vecinos tienen perfectamente radiografiado el fenómeno, fijo (y desatado) de jueves a domingo, y en menor intensidad, pero siempre presente, entre semana. Los gritos de euforia a la llegada, al salir del metro, el botellón, la fiesta y la decadencia del después, casi el peor momento, con los gritos de socorro alcoholizados, cuando no drogados, o ambos, y los hurtos aprovechando la falta de reflejos, cuando no los comas etílicos. Los chavales desnudos tirados en medio de la calle... "Lo tenemos todo documentado. Un archivo de 1.500 fotos y vídeos. No estamos en contra del ocio, estamos en contra del descontrol, esto es Sodoma y Gomorra", resume la portavoz vecinal, quien reconoce la valentía de la concejala Gala Pin al anunciar su intención de cerrar estas discotecas.

Botellones diarios. / AGRUPACIÓN VECINAL MOSCÚ-RAMON TRIAS FARGAS

"En el parque infantil te encuentras de todo... Mis amigas me preguntan cómo puedo vivir en la Barcelona de los meados. La imagen que proyectamos al mundo es para llorar. Sexo, droga y suciedad. Condones, salvaeslips, defecaciones...", prosigue la misma voz. "En los alrededores de los locales la concentración de droga es brutal. Yo tengo hijos. Me da mucha pena ver a los chavales así", continúa esta vecina, quien habla por boca de muchos y reivindica, al fin y al cabo, su "derecho a vivir en la ciudad".

"Cada dos por tres estamos llamando a la urbana y los tenemos aquí. Si no tuviéramos este problema la policía se podría dedicar a otra cosa", concluye.

Dificultades urbanísticas

Jordi Giró, presidente de la asociación de vecinos de la Vila Olímpica, insiste en que la situación, "por desgracia no es nueva y está en alza, ahora que empieza el buen tiempo". El histórico líder vecinal apunta otro de los principales problemas, muy vinculado al urbanismo de la zona: el parque elevado, un espacio que queda aislado del resto de la trama urbana y donde por las noches -y las mañanas, tras la fiesta- "sucede de todo".  

Escenas cotidianas / agrupación vecinal moscú-ramon trias fargas

Desde la asociación de vecinos del barrio a principios el año pasado organizaron un primer encuentro con los residentes de la zona más afectada e hicieron un proceso participativo sobre cómo mejorar el parque. De él salió la petición del cierre -actuación aprobada y prevista para este mismo mes de junio-, pero también la mejora de la iluminación, los arbustos, el mobiliario… "Es un parque, la parte superior, no solo muy poco amable, sino incontrolable, ya que desde la calle no se ve", apuntilla Giró, quien recuerda que la primera victoria de los vecinos organizados fue la prohibición de aparcar bajo sus viviendas, lo que evitó, al menos, los botellones en los maleteros. "El problema no es lo que pasa dentro de la discoteca, es todo lo que pasa fuera. El antes y después", insiste.

Otra salida del metro

Otra de las demandas vecinales es estudiar una segunda salida del metro, que lleve a los viajeros directamente a la playa y evitar el camino de bajada y de subida, que es en que se producen los problemas. "También hacen falta urinarios públicos. La situación actual no solo deteriora el espacio público, deteriora la convivencia", señala Giró, quien indica también que ese ambiente afecta negativamente a todo el barrio, generando un cambio en el tejido comercial. "En la Vila Olímpica tenemos 13 supermercados de 24 horas y cuatro clubes canábicos, tres de ellos en 400 metros. No puede ser que haya una zona de la ciudad secuestrada por una actividad concreta, que priva del espacio público al resto. Hay que luchar contra ese monocultivo", concluye. 

El primer verano del marcoalbergue de la discordia

Además del futuro de las discotecas del Front Marítim, cuya concesión acaba en cuestión de semanas, otro de los retos concretos que la Vila Olímpica afrontará el verano que empieza a asomar es cómo gestiona el día del macroalbergue contra el que tanto lucharon los vecinos y que finalmente abrió a principios de año. "La gente está muy susceptible con el tema. Veremos cómo va", reflexiona el presidente de los vecinos del barrio, Jordi Giró.  

El macroalbergue de la avenida de Icària, de 440 camas, abrió después de una larga movilización vecinal en su contra, y de que que los servicios jurídicos del Ayuntamiento de Barcelona constataran que no había forma legal de detener el proyecto. El informe jurídico indicaba que ni siquiera adquirirlo sería sencillo, al margen de que se calcularon que costaría 15,68 millones.

Giró fue siempre muy crítico con la construcción: "lo del albergue tiene solución si el gobierno cumple con lo que dice su programa, que está con los barrios de Barcelona. Si no quiere ver cómo desaparece uno, y cómo son expulsados los vecinos, tiene que recapacitar", señaló en su momento.