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las consecuencias del sobreturismo

La gentrificación llega a la gran pantalla en plena campaña

Laura Álvarez compite con 'City for sale' en el festival DocsBarcelona, el retrato de una emergencia sin resolver

Carles Cols

Montse y Joan, en el salón de su piso de la calle del Pi, donde residen desde 1957.

Montse y Joan, en el salón de su piso de la calle del Pi, donde residen desde 1957. / JOAN CORTADELLAS

El azar ha querido que el calendario de la campaña electoral del 26-M y el del festival DocsBarcelona se hayan solapado. Una feliz coincidencia. Los próximos 18 y 19 de mayo se proyectará en el auditorio del CCCB ‘City for sale’, un retrato sobre la gentrificación galopante que sufren algunos barrios de esta ciudad, siempre tan innovadora en su lado oscuro, porque lo que allí se mostrará es el relato en primera persona y sin narrador de varias víctimas de esta suerte de realismo mágico inmobiliario en el que Barcelona puede que no tenga rival internacional. Dicho muy en serio, los candidatos deberían comprar ya una entrada para tener claro qué se espera del próximo alcalde. Lo que en ‘City for sale’ se enseña, si de ficción se tratara, podría tomarse como un exceso de licencias narrativas por parte del guionista, pero son casos reales. Pornografía gentrificadora podría decirse para encasillar el género.

'City for sale' es el documental que a una semana del 26-M ningún candidato debería perderse. Serán los deberes del próximo alcalde

De este documental ya se habló en una anterior ocasión, justo cuando salía de la sala de montaje. Entonces era por otro motivo. La directora, Laura Álvarez, era consciente de que tenía entre manos un mármol de Carrara por pulir, así que abrió una pequeña campaña de micromecenazgo para poder financiar un adecuado tratamiento de color y sonido para la película. Para su sorpresa, recaudó el doble de lo que necesitaba, prueba del nueve de que el tema, la gentrificación, preocupa. La gente se volcó. El estreno en el DocsBarcelona en la sección competitiva es, según se mire, un éxito colectivo.

Lo tremendo es que ‘City for sale’ no es solo una ‘polaroid’ de un instante, como si todo lo que allí se cuenta sean unos sucesos acontecidos tiempos atrás, sino que, desde que salió de la sala de montaje la vida cotidiana de los protagonistas sigue igual o, incluso, peor, como es el caso de Montse y Joan, vecinos de la calle del Pi, que acumulan a estas alturas un saber casi enciclopédico sobre lo que es ser víctima del acoso del dueño para que dejen el piso en el que residen desde 1957.

CITY FOR SALE - Trailer [ENG SUB] from cityforsalefilm on Vimeo.

De todos los protagonistas de ‘City for sale’, es imposible no empatizar, de entrada, con Jordi Papell, un caso sin igual, pues un promotor compró todos los apartamentos de su finca, en la Via Laietana, y echó a los vecinos, salvo a él, que con contrato indefinido resistió lo indecible. El caso es que el inmueble terminó convertido en un hotel. En el documental, Jordi entra por el ‘hall’, sube con turistas en el ascensor y abre la puerta de lo que parece una habitación más del hotel, pero no, es su piso. Pero su historia, desde que se acomodó a esta disparatada manera de vivir no ha cambiado. No pueden decir lo mismo Montse y Joan, de ahí que una visita a su hogar a pocos días del estreno del documental merezca la pena. Son la Numancia del Gòtic.

La directora tenía previsto entrevistar a otra pareja de la calle del Pi, pero la gentrificación fue más rápida que ella y ya no estaban en casa

En su escalera solo quedan ellos. La directora del documental, de hecho, no contactó con esta pareja en primera instancia, sino con dos de sus vecinos, Pilar y Alfredo, a los que la propiedad sí logró echar. Pero fue conocerlos y entender que eran una pieza perfecta para el puzle que cinematográficamente estaba montando sobre la gentrificación, sustitutos estupendos de lo que inicialmente tenían que explicar Pilar y Alfredo.

Hace 10 años comenzaron a sufrir goteras. Después, el suelo del salón se combó. Cuando hubo un escape de gas en la escalera, Joan se dio prisa en arreglarlo. Cómo no. El resultado fue un enfrentamiento con el administrador de la finca, parece que muy celoso de sus competencias. Dicho sea de paso, el papel de los administradores de fincas, en mucho de cuanto sucede en esta ciudad de un tiempo a esta parte, sería materia para un nuevo documental.

En otra ocasión, el agua del alcantarillado se desbordó a través de los lavabos por culpa de unas obras mal ejecutadas a pie de calle. También hubo otro agrio enfrentamiento a raíz de la reparación de la cerradura de la puerta principal de la finca. Era una urgencia, como se verá. Cuando el Ayuntamiento de Barcelona movió ficha para poner freno al ejercicio de la prostitución en los alrededores de la Boqueria, el ‘negocio’ carnal se trasladó a portales del Gòtic, entre ellos, este de la calle del Pi. Imaginen, subir a casa entre gemidos. Eso no es normal.

Peor fue el día, eso sí, en que llegaron a casa y se encontraron a una empresa especializada en fumigación a punto rociar el vestíbulo y la escalera. Nadie les había dicho que allí vivía gente. Le pusieron el tapón a los aspersores o lo que sea con lo que trabajan en el último minuto.

Cámaras ocultas

La desidia de la propiedad a la hora de conservar el edificio, en este caso nada menos que la baronía de Maldà, suele ser un indicador de que el inquilino ya no es bienvenido en la finca, que se desea su marcha. Suele ser una señal. Pero a Montse y Joan esto les quedó definitivamente claro cuando la propiedad (o el administrador, nunca se sabe) los llevó a juicio por tener una habitación con huéspedes, habitualmente estudiantes de Erasmus. Se tomaron muchas molestias para cantar bingo. Sin informarles de ello, colocaron cámaras de vigilancia en la escalera, discretas. Para que no intuyeran la que se les avecinaba, pusieron también extintores, como si esa fuera la única razón de la presencia de operarios en la finca.

Hubo juicio, sí, con gran sorpresa para Montse y Joan al poder ver allí como pruebas a sus nietos fotografiados sin pixelar, pero mayor fue la sorpresa de la acusación. El contrato de arrendamiento del piso dejaba claro en una de sus cláusulas que se permitía a la pareja tener huéspedes en casa. Los abogados de la acusación no se habían molestado en mirarlo.

El caso del Gòtic ha sido estudiado incluso desde los ámbitos académicos, pero siempre quedan sorpresas por descubrir

La vida cotidiana en la almendra de Ciutat Vella es casi siempre abracadabrante. Hace menos de un año, un doctor en Geografía Humana, Aguntín Cócola, radiografió con paciencia el caso del Gòtic, con el testimonio de ancianas qye se sientan en las sillas de las paradas del bus porque es el único lugar que deja libre el turismo (en la plaza del Pi, por ejemplo, hay 184 sillas de bares y restaurantes y ningún banco público) y de padres y madres para los que llevar y recoger a los críos del cole es una gincana turística. Qué no sucederá en el Gòtic... Montse y Joan, que podrían añadir un capítulo a aquella investigación académica, cuentan que a un vecino de la finca contigua le rescindieron el contrato con el argumento de que ya no residía ahí. Lo lograron porque apenas consumía luz. En realidad, apenas la encendía por no gastar.

Lo dicho al principio. La campaña electoral por la alcaldía debería no ignorar los dos pases programados de ‘City for sale’ en el festival DocsBarcelona, entre otras razones porque, según Álvarez, queda un misterio por resolver. El Ayuntamiento de Barcelona ha aceptado que la situación de Montse y Joan es un ‘mobbing’ de libro, así que se ha presentado como acusación popular en el que caso que enfrenta a ambas partes. Sin embargo, todas las medidas que este matrimonio de setentones ha emprendido a través de sus abogados para detener las obras sin licencia que ha llevado a cabo la propiedad han chocado contra un muro infranqueable en algún despacho de Ciutat Vella. Así lo creen Álvarez y la pareja.