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80 años de historia

El viaje de ida y vuelta del Esculapi d'Empúries durante la guerra civil

El Museu d'Arqueologia se reivindica con una exposición que narra sus orígenes y los avatares de la colección durante la contienda

Natàlia Farré

El Esculapi dEmpúries, a la entrada de la exposición sobre el exilio de piezas durante la guerra civil, en el Museu dArqueologia de Catalunya.

El Esculapi dEmpúries, a la entrada de la exposición sobre el exilio de piezas durante la guerra civil, en el Museu dArqueologia de Catalunya. / JOAN CORTADELLAS

"Fueron 4 o 5 días vitales, en los que estuvo a punto de desaparecer la memoria arqueológica del país". Los días en cuestión fueron del 4 al 9 de febrero del 39. Y la memoria en peligro no solo fue la arqueológica sino también la artística. Hace 80 años todo el patrimonio catalán (y español) cruzó la frontera camino al exilio, a Ginebra. Los nacionales iban ganando terreno y el Gobierno republicano temía por la integridad de las piezas. Así que un convoy de 71 camiones, cargado con obras de todas partes, desde 'Las Meninas' hasta el Esculapi d'Empúries, y comandado por el alférez Alexandre Blasi, entró en terreno francés. Lo hizo junto a los miles de refugiados que también huían, bajo un tiempo inclemente y sorteando una fuerte lluvia de bombas y adversidades varias. Ahí está el camión que no pudo coronar el Coll de Lli –entre La Vajol (Alt Empordà) y Morellàs (Francia)– y que obligó a transportar su contenido a través de la frontera a peso. Fue una hazaña heroica, de aquí la contundente frase de Jusèp Boya, director del Museu d’Arqueologia de Catalunya. 

La historia ha sido contada en varias ocasiones. Una exposición del Prado, en el 2003, ya ponía el foco en el tema; y en el 2014, lo hizo el monasterio de Pedralbes. Ahora, el centro de Montjuïc reivindica su parte del relato, con puntos comunes, como la evacuación de las piezas arqueológicas en depósitos cerca de la frontera y su posterior marcha a Ginebra; y aspectos divergentes, como la oposición por parte de la Generalitat a exiliar el patrimonio. El ‘conseller’ de Cultura del momento, Carles Pi i Sunyer, llegó a escribir una carta a los mandos franquistas indicando la situación exacta de los depósitos de las piezas catalanas sacadas de Barcelona (donde durante la contienda habían llegado provenientes de toda Catalunya para su preservación), así como pidiendo su conservación y buen trato. 

Pero el Gobierno de Negrín, que había suscrito el Acuerdo de Figueres, se impuso. El 3 de febrero del 39 directores de museos europeos y estadounidenses se reunieron en el castillo ampurdanés para proponer a la República poner bajo custodia de la Naciones Unidas el tesoro artístico español (y catalán). Y así se hizo. Parte del relato propio es también la excavación de un túnel en el interior del Museu Arqueologia y la fortificacion e instalacion de baterias antiaéreas en las ruinas de Empurias.  

El Esculapi d'Empúries protegido con sacos de arena, a finales de 1937. 

Un túnel dentro del museo

Se necesitaba arena para llenar los sacos que, en los primeros momentos de la guerra, protegieron las obras in situ, de ahí el túnel, que no sirvió para esconder las piezas, demasiada humedad, pero sí para resguardar a los empleados durante los bombardeos a los que la aviación italiana sometió a Barcelona. Las grandes obras, en tamaño y calidad –como el Esculapi o los mosaicos del Circ y de las Tres Gràcies– no se movieron de sitio pero se sepultaron bajo sacos de arena; el resto de piezas fueron sacadas de sus vitrinas y se situaron en refugios improvisados dentro del propio museo (el columbario, la cripta y el sepulcro romanos), que, a su vez, también, se cubrieron con sacos. 

Fue así hasta que la cosa se hizo insostenible y el cercano Palau de l'Agricultura se convirtió en polvorín. De manera que la mayoría de piezas acabaron partiendo hacia depósitos ubicados cerca de la frontera. En el caso de las piezas arqueológicas, el destino fue el Mas Perxés de Agullana. En lo que fue Palau d’Arts Gràfiques durante la Exposición Internacional de 1929 y desde 1935 era Museu d’Arqueologia, quedó la biblioteca; y en Agullana, al final de la contienda, el cuerpo del ejército franquista que se ocupaba del patrimonio encontró algunas piezas que no se exiliaron, posiblemente por falta de espacio y tiempo para cargar los camiones. Entre ellas, las 400 cajas que acogían el Repertorio Iconográfico de España, un inventario único y completísimo del patrimonio del país. 

Un falangista de pro como director 

Las obras almacenadas en Suiza acabaron regresando, entre mayo y junio del 39, y el museo cambió de director y de nombre. Un alférez y falangista de pro, Martín Almagro, fue nombrado responsable en sustitución de Pere Bosch Gimpera, factótum de la creación del museo y padre de la arqueología catalana. Almagro borró toda huella del rol nacional catalán que la Generalitat republicana había otorgado al centro y rebautizó la institución como Museo Arqueológico de Barcelona. Mantuvo al personal pero antes los sometió a un vergonzoso proceso de depuración.  

Este es el triste final de la historia del centro durante la guerra y de la exposición 'Arqueologia a l’exili', que empieza con la creación del museo y con un claro objetivo: "La sociedad y la Administración han perdido la consciencia de la importancia de este museo, su significación histórica y el valor de sus colecciones. Así que para volvernos a situar, es importante explicar de dónde venimos y quiénes eramos", explica Boya. 

Sala de la sección romana del Museu d'Arquelogia de Catalunya, en 1935, poco después de su inauguración. 

A la riña con Folch i Torres

Las fechas le van que ni pintadas, pues el museo se inauguró pocos años antes de la contienda, en noviembre de 1935. Y lo hizo con el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, encarcelado por proclamar el Estat Català.

Aunque la idea de la creación del museo es anterior, cuando en los años 20 se ve la necesidad de separar las dos colecciones del Museu d’Art i Arqueologia de la Ciutadella. La división se hizo en 1932 y no se hizo sin ciertos roces entre las dos cabezas visibles de cada colección. Joaquim Folch i Torres y Bosch i Gimpera. El primero quería el arte romano para el futuro Museu Nacional d’Art y el segundo no concebía la arqueología sin el arte romano. 

Ganó Bosch i Gimpera y el nuevo museo se constituyó con la parte de las colecciones de la Ciutadella, los objetos de las excavaciones lideradas por el propio Bosch i Gimpera y los fondos del Museu Provincial de la Capella de Santa Àgata que a su vez era heredero de la Reial Acadèmia de Bones Lletres y la Acadèmia dels Desconfiats. Pero esta es otra historia.