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HISTORIAS DE VIDA INVISIBLES

"Por la mañana recogía chatarra por la calle y por la tarde me sacaba la ESO"

Tres migrantes de Senegal y Ghana comparten sus difíciles experiencias vitales en la Barcelona del siglo XXI

Además de los permisos de residencia y trabajo, el principal obstáculo es el imposible acceso a la vivienda

Helena López

Michael Yaw Kyere trabaja en las obras de plaza de las Glòries.

Michael Yaw Kyere trabaja en las obras de plaza de las Glòries. / SÍLVIA CORTADA BALLÚS

El punto de encuentro, una sala de reuniones oscura presidida por una fría mesa de cristal, no se antoja el más propicio para entablar de la nada una conversación cómoda. Para abrirse a compartir una vida difícil, aunque sobrada de dignidad. Pero Abdoulaye Soumare se muestra tranquilo. A este senegalés de 38 años, en Catalunya desde el 2010, este espacio, en la planta baja de la sede de Barcelona Activa, a lado de una casi irreconocible plaza de las Glòries, le resulta extrañamente familiar. Fuera prejuicios.

Durante tres años, los primeros de Abdoulaye en el país, frecuentaba esta zona a diario, aunque no precisamente el interior de estas modernas dependencias municipales. "Vivía en Granollers, con un paisano, y cada día cogía el tren a Barcelona para buscarme la vida recogiendo chatarra; no había otra opción", explica. Hoy por hoy trabaja con un contrato temporal como técnico social en la Creu Roja. "Después volvía a coger el tren, regresaba a Granollers, me duchaba rápido e iba a la escuela de adultos a sacarme la ESO", prosigue. Los días que estudiaba por la mañana hacía la chatarra por la tarde, y los que estudiaba por la tarde, al revés. En seis meses aprendió catalán y castellano y en tres años se sacó la secundaria.

Abdoulaye Soumare en la sede de Barcelona Activa. / SÍLVIA CORTADA BALLÚS

Como le gusta hablar y lo suyo es estar en contacto con la gente, en los incontables kilómetros que hizo por la ciudad arrastrando un carro de supermercado por la acera sorteando turistas, conoció a muchos porteros. Algunos le conseguían algún trabajo, como llevarse los escombros de los pisos que estaban en obras. De uno de ellos llegó a hacerse amigo y profesor de francés. "Reunió a un grupo de conocidos y les hice clases particulares", recuerda. Antes de abandonar Senegal trabajó durante ocho años para una oenegé francesa haciendo tareas de sensibilización en una zona rural al sur del país.

"Tenía ganas de aprender más"

Fue invitado por esta oenegé como logró viajar a París, y una vez en el continente decidió quedarse. Tenía un amigo en Granollers quien le dijo que aquí sería más fácil. "Quería quedarme en Europa. Tenía ganas de aprender más", narra con una sonrisa. Desde el 2013 vive en Barcelona, después de lograr una plaza en un piso de acogida vía servicios sociales. "Tuve mucha suerte", subraya. Fue entonces cuando empezó a hacer cursos "de todo" en Barcelona Activa, que seguía compaginando con la chatarra y las clases de francés que le fueron saliendo por el boca a oreja. Su primera oportunidad laboral "de lo suyo" -"ayudar a la gente"-, le salió en el propio Servicio Municipal de Atención a Inmigrantes, Emigrantes y Refugiados (Saier). Su capacidad para empatizar con sus usuarios resulta obvia. Tras seis meses allí en un plan de ocupación municipal, empezó en la Creu Roja, empleo que encontró gracias a un curso de orientación laboral en Barcelona Activa. Mientras, sigue estudiando. Ahora un un curso de integración social a distancia.

"Recogiendo chatarra conocí a muchos porteros, y fue así como empecé con las clases particulares de francés"

Abdoulaye Soumare

Técnico social en la Creu Roja

Mamadou Talibe nació también en Senegal hace "casi 41 años". En un primer encuentro y en la misma poco cálida salida se muestra bastante más tímido que su compatriota. Mientras el primero sueña con un trabajo estable "en el ámbito de lo social", a Mamadou le gustaría trabajar al aire libre. De jardinero. Incluso barriendo las calles, "como esos que van vestidos de verde". Llegó a Barcelona en el 2007 y, como Abdoulaye, se instaló en casa de un conocido, en su caso en el barrio del BesòsEmpezó también por la chatarra, "porque no necesitas nada; coger el carro y andar, y andar, y andar...a veces llegaba hasta el Camp Nou". "Cuando salí de mi país nunca imaginé que iba a venir aquí a hacer eso. De lo que me contaron en Senegal a lo que me encontré aquí había un mundo", se sincera Mamadou. A su llegada no hablaba castellano más allá de los siempre útiles "sí, sí; vale, vale".

"Llevaba muy mal que me persiguieran"

Cuando reunió algo de dinero de la chatarra empezó a vender "un poco". Guarda muy mal recuerdo de su paso por la manta. "Lo pasé muy mal. Llevaba fatal que me persiguieran, esconderme, la ansiedad de que en cualquier momento apareciera la policía", cuenta el senegalés. Entró en Europa por Tenerife, desde donde le trasladaron a Málaga, y de allí a Barcelona. 

Mamadou Talibe en la cocina del Set Portes, donde trabaja. / ELISENDA PONS

Tras un año haciendo la chatarra y dos la manta su cuerpo dijo basta. Enfermó, no podía ni andar. Pasó dos semanas ingresado en el Hospital del mar.

En paralelo, hizo cursos de castellano y de catalán, de ayudante de camarero y de jardinería. Allí empezó a conocer gente.

"Sin un contrato de alquiler no puedo traer a mi mujer y a mis tres hijos, a los que dejé muy pequeños"

Mamadou Talibe 

Lavaplatos en el Set Portes

Sigue viviendo con su paisano en el Besòs, y sigue buscando un piso de alquiler, misión que le está resultando casi imposible. Imposible del todo a día de hoy. Tiene tres hijos en Senegal a los que apenas conoce, ya que dejó el país cuando era muy pequeño. "Si consigo una casa los podré traer, a ellos y mi mujer. Ese sería mi sueño. Sin un contrato de alquiler no puedo", concluye. Por el momento tiene un contrato de un año en el restaurante Set Portes limpiando platos, también vía Barcelona Activa. No esconde que no es el trabajo de su vida, pero se siente afortunado. "Lo que quiero es trabajar. Trabajar. Trabajar", no se cansa de repetir. 

Mismo escenario, distinta mirada

Michael Yaw Kyere, nacido en Ghana hace 30 años, entra en la sala con el uniforme del trabajo, vestido de la obra. Trabaja a pocos metros, como peón con un contrato de obra y servicio en una de las empresas que está llevando a cabo la transformación de Glòries, mediante una oferta vinculada a las nuevas cláusulas sociales introducidas por el ayuntamiento en las adjudicaciones. 

"Mi historia es muy grande, pero no quiero mirar atrás. Hay que mirar hacia adelante. Siempre adelante"

Michael Yaw Kyere

Peón en las obras de Glòries

"Mi historia es muy grande, pero no quiero mirar hacia atrás. Hay que mirar hacia adelante. Siempre adelante", se presenta el joven. Pese a que no quiere entretenerse ahora en los detalles de su vida -"¿para qué?", se pregunta-, sí explica con los ojos rojos que llegó en el año 2011. "Primero a Granada, después a Barcelona, a la Policía Nacional Zona Franca. No me preguntaron, en Granada me mandaron allí directamente". Dejó atrás su tierra y a los suyos buscando una vida mejor y todo fue "muy complicado", pero "hay que luchar, pelear, si no se intenta seguro que no se consigue".

Cuando llegó a Barcelona se instaló en una casa okupada en el Besòs. No es excepción. Empezó buscando chatarra. "Para comer". No tenía pasaporte. Su recorrido en la ciudad es similar al de Mamadou y Abdoulaye y al de tantos otros que aún no han podido aparcar el carro de supermercado. Tras mucha voluntad y apuntarse a todos los cursos imaginables en los que le aceptaban, él, como Mamadou y Abdoulaye, sí acabó encontrando un trabajo temporal. "Tuve suerte". Su sueño es, aquí tampoco falla, que le renueven el contrato y poder traer a su familia. Para eso necesita un contrato de alquiler, algo que se antoja casi más difícil que tener uno de trabajo.

Algunas iniciativas en curso  

Pese a que se trata de un trabajo lento y bastante invisible -son mucho más fáciles de ver los mercadillos irregulares "incontrolados", como se encargan de denunciar siempre que tienen ocasión los comerciantes, o la persecución policial contra estos mismos vendedores- existen en la ciudad varios planes para intentar ofrecer salidas sociales estas personas. Planes que desde el Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes consideran insuficientes, ya que son muchos más los que están fuera que los que están dentro, pero que existen y que, para personas como Mamadou han supuesto un antes y un después.

Desfile de la primera línea de ropa de la cooperativa Diomcoop. / ferran nadeu

Además de la cooperativa de moda Diomcoop, formada por 15 personas, en el 2016 el consistorio inició un programa específico para personas que se dedicaban a la venta ambulante irregular en el que 45 personas derivadas de la Oficina del Pla d'Assentaments Irregulars (OPAI) iniciaron la tramitación del expediente de regularización. De estas, 39 obtuvieron una resolución favorable durante el 2017 y lograron contratos laborales por un año en varios proyectos. Una vez terminaron esos primeros contratos, en el 2018, un 72% han logrado la inserción laboral según datos facilitados por el Ayuntamiento de Barcelona. 

Durante este 2019, en el marco de los planes de ocupación municipales, el consistorio tiene previsto desplegar varios proyectos de empleo para personas en situación irregular, "hasta 45 plazas". El mes pasado, de estas ya se habían hecho efectivas 40 contrataciones, 25 de personas procedentes de la venta ambulante.