01 dic 2020

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Barcelona Distrito Federal

José María Martí Font acaba de publicar 'Barcelona-Madrid, decadencia y auge'

Ramón de España

Jose Maria Marti Font, que acaba de publicar ’Barcelona-Madrid, decadencia y auge’.

Jose Maria Marti Font, que acaba de publicar ’Barcelona-Madrid, decadencia y auge’. / Josep Garcia

José María Martí Font (Mataró, 1950) acaba de publicar un oportuno opúsculo sobre la decadencia de Barcelona y el auge de Madrid a lo largo de los últimos lustros. Se titula 'Barcelona-Madrid, decadencia y auge' (ED Libros) y explica en poco más de cien páginas, de forma tan didáctica como amena, lo que ha sido de las dos principales ciudades españolas, eternas rivales hasta que una se impuso a otra a la hora de fabricar una gran urbe contemporánea, hazaña lograda por Madrid gracias a la colaboración del gobierno central y a las mentes privilegiadas de los políticos catalanes del sector nacionalista.

Martí Font cree en las ciudades. Más que en los estados nación: "El problema de Barcelona es que los nacionalistas siempre le han tenido manía. Consideran que es demasiado grande para un país tan pequeño como Catalunya, y siempre se han dedicado a empequeñecerla, a quitarle competencias, a que no le haga sombra al país y, sobre todo, al medio rural, que es donde los nacionalistas encuentran la pureza que, según ellos, le falta a una urbe mestiza como Barcelona, llena de gente que habla español, de extranjeros, de tibios en la cuestión nacional. Acuérdate de cuando trabajábamos para la prensa 'underground', a finales de los años 70. Pensábamos que, si ya éramos los amos de España en el sector cultural, con la democracia cimentaríamos esa posición. Pero luego vimos que se trataba de renunciar al mercado hispanoparlante y convertirnos en la capital de una nación imaginaria".

Basta con dejarse caer por Madrid para comprobar que sus calles no están ocupadas por sujetos enfurruñados con lazo amarillo en la solapa que miran mal a los que no lo llevan, sino por gente que tiene cosas más importantes en las que pensar que en su identidad. No sé si Madrid es una gran ciudad europea o sudamericana, y a menudo se me antoja una mezcla imposible de Tánger y Nueva York, pero hace años que ese poblachón manchego del que hablaba Cela es una capital poderosa y exenta de esa melancolía suicida que impera entre nosotros, que, eso sí, no somos los únicos responsables de la situación:

Cuanto más lejos mejor

"Madrid como gran ciudad es un invento de la era Aznar. En el fondo, a Franco ya le parecía bien que se trabajara en la periferia y que Madrid fuese una ciudad trufada de funcionarios y militares. La idea de Madrid como ciudad absoluta en España es de José María Aznar, que se propone convertir la capital del reino en algo más que un paraíso de la burocracia al que acuden los periféricos a medrar. No pretendo hablar bien de Aznar, evidentemente, pero el tipo supo aprovechar muy bien la situación, concentrando en Madrid las inversiones extranjeras, dando facilidades a los emprendedores y propiciando una especie de Madrid Distrito Federal. Esto último, claro está, con la ayuda de nuestros nacionalistas, a los que les parece estupendo que cualquiera que no contribuya a la causa se vaya cuanto más lejos mejor. Deberíamos habernos dado cuenta de por donde iban los tiros en la transición, cuando veíamos cómo las discográficas cambiaban Barcelona por Madrid y la única respuesta del régimen era 'Que s'en vagin”.

Según Martí Font, una Barcelona fuerte necesita un alcalde fuerte y con la cabeza bien amueblada: "El último alcalde interesante que tuvimos fue Pasqual Maragall, del que ahora todos se declaran discípulos, sobre todo los que menos tienen que ver con él. El alcalde de Barcelona debe plantar cara a la Catalunya profunda y trabajar por el poderío económico y cultural de la ciudad. Debe creerse que, en realidad, Catalunya es el complemento de Barcelona, y no al revés. Así es cómo se entra en la liga de grandes ciudades del mundo, que suelen ser más interesantes que el país que las alberga. Yo me hice ciertas ilusiones con Ada Colau, pero no tardé mucho en perderlas. En vez de plantar cara a los nacionalistas y su deseo eterno de minimizar Barcelona por el bien de la patria, se ha rendido ante ellos sin conseguir que dejen de odiarla. ¡Para quitarse el sombrero!".