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HISTORIAS DE LA CIUDAD GENTRIFICADA

Unidas contra la especulación inmobiliaria

Teresa tiene 86 años y una renta antigua intocable, pero está dispuesta a todo por ayudar a sus jóvenes vecinas

El señorial edificio del Gòtic en el que viven de alquiler ha sido prevendido y no están renovando los contratos

Helena López

Sandra y Marcel en el comedor de su casa, la semana pasada.

Sandra y Marcel en el comedor de su casa, la semana pasada. / ALBERT BERTRAN

Dos madres de la escuela Àngel Baixeras se cruzan andando, sosteniendo sus bicicletas con las manos. La calle es estrecha y semipeatonal. Esto es el Gòtic, una mañana cualquiera, tras dejar a sus hijos en el colegio. Llevan prisa, como todas las madres trabajadoras a estas horas, pero se paran a saludarse. Son vecinas y en el barrio las vecinas aún se saludan.

- Buenos días, ¿qué tal?

- Nos echan de casa.

- ¡No! ¿A vosotros también? 

Lizete, también madre del Baixeras, una tercera, explica que en el colegio cada curso pierden a cuatro niños por la gentrificación. Teme que su hija mayor, Malena, de seis años, sea la próxima. El pasado 27 de diciembre recibió una llamada informándola de que no le renovaban el contrato de alquiler. Que debía abandonar el piso, en el que literalmente nació su hijo menor, el próximo 28 de febrero. "Me dijeron que la finca se iba a vender y que no nos podían renovar. Con un niño de dos años y otra de seis, después de 14 viviendo aquí", recuerda. A los cuatro días, el 2 de enero -sí, todo en plena Navidad- recibió el burofax que oficializaba la noticia. Durante los últimos ocho años la renovación del contrato se hacía año a año. "Lo peor es el vértigo de no saber dónde vas a ir. De romper toda la trama que tenemos urdida en el barrio", señala Lizete. Temor que comparte Sandra, vecina de esta misma finca desde hace casi 20 años, a quien se le termina el contrato en noviembre. 

Cuestión de tiempo

Sandra -una de las mujeres de la bici que abren este texto- es la madre de Marcel. A sus 10 años, cursa quinto de primaria, el pequeño tiene muy claro lo que está pasando: "no nos quieren porque quieren a inquilinos con más dinero". Marcel y Sandra tocan el chelo, juntos, en la Riborquestra, precioso proyecto comunitario del barrio, un barrio en el que están profundamente arraigados y al que no quieren renunciar. Madre e hijo saben que el propietario único del número 10 del pasaje de la Pau, donde el niño ha crecido, ha firmado un preacuerdo para vender el edificio y que en pocos meses les pasará lo mismo que a sus vecinas y amigas Lizete Malena.  

"Los tiempos de los especuladores no son los tiempos de una familia. Yo tengo que sostener los miedos de mi hija cuando me pregunta si tendrá que dejar la escuela", cuenta Lizete, quien, junto a otros vecinos del majestuoso edificio -como Sandra o la señora Teresa, de 86 años y en el edificio desde los 9- han acordado no abrirle la puerta al arquitecto cuando venga a tomar medidas de las viviendas. Todos los vecinos de la finca han recibido una carta en la que se les informa de la visita. "Nos parece una falta de respeto. Mi hija ya está suficientemente sensible con el asunto para dejar entrar a estos señores en casa -explica-, sería como abrirle la puerta al lobo". 

Teresa, en la puerta del piso en el que vive desde los nueve años / ALBERT BERTRAN

"La señora Teresa es la que nos anima a todos y debería de ser al contrario, que la cuidáramos nosotros a ella", prosigue Lizete

Teresa es una mujer menuda y sonriente, provista de la lógica aplastante que le dan los años. El más pequeño, Marcel, y la más mayor, Teresa, los que lo ven todo más claro. "No os podéis ir. ¿Cómo os van a echar, con los niños? Los contratos se renuevan y ya está. Si un abogado no lo logra, buscamos otro u otro, pero de aquí no se va nadie", insiste convencida la octogenaria quien, pese a que vive sola "desde que sus padres fallecieron y sus hermanos se casaron", asegura no sentirse sola. "Después de tantos años, las paredes son mis amigas", bromea. Las vecinas, también lo son. Todas están pendientes de ella. Si pasan varios días sin cruzársela por la escalera llaman a su puerta, a preguntarle si necesita algo. Tiene un contrato de renta antigua, así que es la única de las tres a la que no pueden echar, pero está dispuesta a llegar hasta "donde haga falta" por defender a sus vecinas. 

Volver a empezar

Además de con su hijo, Sandra, separada, comparte piso con su hermana para hacer frente a los gastos (pagan casi 900 euros de alquiler). Como para Lizete, para Sandra irse de aquí supondría volver a empezar. "Aquí conozco a todo el mundo. Conozco al butanero [pese a lo señorial del edificio, la viviendas aún funcionan con butano], al del horno, al del bar, a las madres del colegio...", reflexiona.

El caso del 10 del pasaje de la Pau es uno de tantos, y de manual. Propiedad vertical que recibe una propuesta golosa por parte de una sociedad inversora que adquiere el edificio entero "para reformarlo". En diciembre se firmó el preacuerdo de venta y en mayo se ultimará la operación. Ningún vecino sabe quién es el futuro propietario. Ni el propio dueño actual, según asegura. "Es una sociedad, no sé más. Yo soy mayor y ya no podía hacerme cargo del edificio; no me salía rentable. Cobraba unos alquileres que no estaban actualizados. Ya firmamos el acuerdo con el comprador y ahora yo ya no puedo hacer nada por los vecinos. Ya no soy el propietario. Lo soy, pero ya no lo soy", afirma el hombre, quien reside en el efidicio y también se irá cuando se ejecute la venta. Los vecinos cuentan que hacen unos días vieron al excapitán del Barça, Carles Puyol, visitando el edificio junto a unos señores.    

Testigos del barrio que un día fue

Mientras Sandra y la señora Teresa charlan en el piso de la primera, por la ventana del balcón dos hombres extranjeros sin camiseta en pleno mes de febrero hablan a voces cerveza en mano. Ambas les miran, se miran, no dicen nada. La escena habla por sí sola. En Resistim al Gòtic, plataforma vecinal que lucha contra la expulsión de vecinos del barrio, conocen y trabajan con varios casos como el del 10 del pasaje de la Pau. 

Sandra y Lizete tienen claro que tendrán que marcharse. Han llamado a todas las puertas -oficina de la vivienda del ayuntamiento, Resistim al GòticSindicat de llogaters...- y todos les han dicho que no tienen nada que hacer, sus contratos se termina, pero no quieren callarse. Quieren que cuando se escriba la historia de la ciudad quede constancia de que en el pasaje de la Pau, 10, en el 2019 todavía había vecinos. Que quede al menos documentados, cuando este señorial edificio, catalogado patrimonialmente, se convierta en un bloque de pisos de lujo, como tiene claro que sucederá el pequeño Marcel.