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barceloneando

Las últimas cicatrices del Borsí

'Darrera mirada', de Isabel Àlvarez, reúne las fotografías tomadas en el edificio cuando cerró en el 2009, tras el derrumbe del techo

La autora, profesora de ilustración en la Llotja, no ha querido retratar el patrimonio monumental del espacio sino el sentimental

Natàlia Farré

Una de las clases de dibujo de El Borsí, fotografiada por Isabel Àlvarez para el libro ’Darrera mirada’.

Una de las clases de dibujo de El Borsí, fotografiada por Isabel Àlvarez para el libro ’Darrera mirada’. / ISABEL ÀLVAREZ

En el 2009, uno de los techos de lo que nació como Casino Mercantil (o Borsí) y transmutó, en 1945, en Escola d'Arts Aplicades i Oficis Artístics, o sea, la heredera de lo que en su día fue La Llotja, ahí donde Pablo Picasso o Marià Fortuny, por poner dos ejemplos de renombre, afilaron años ha los pinceles, cedió. Pero el derrumbe mudó en hecatombe, para algunos, cuando las autoridades decretaron que el edificio estaba hecho unos zorros e invitaron a los artistas a mudarse de sede. Uno de esos algunos era Isabel Àlvarez, profesora de dibujo e ilustración durante 20 años en esa construcción ecléctica de inspiración neoclásica que Tiberi Sabater levantó a finales del XIX. Durante dos décadas Àlvarez utilizó cada una de las cicatrices del Borsí, las ruinosas y las artísticas, para enseñar a sus alumnos. 

Ventanas pintadas por los alumnos de La Llotja.

Una de sus técnicas preferidas era el 'frottage': ¿que el suelo era de mosaico romano? Pues ahí iban Àlvarez y sus pupilos a pasar el lápiz y el papel. ¿Que la pared tenía una grieta? Pues lo mismo. Y la acción la realizó incontables ocasiones sobre relieves de columnas, arrimaderos, muebles o lo que se terciara. Así que en invierno del 2009, mientras hacía cajas para trasladar todos los enseres, de caballetes a esqueletos, de utensilios para bodegones a acuarelas, tuvo una idea: retratar el alma del edificio. "Le tenía mucho cariño, habían sido unos años muy felices y me di cuenta que no volvería más, así que me dije, ahora o nunca". Y ese ahora fue la última semana antes del traslado. Por la tarde encajaba y por la mañana, en secreto, hacía 'frottages' y plantaba el trípode en las salas para captar su intimidad. "No me interesaba el patrimonio monumental, sino el patrimonio de vivencias que atesoraba".

El hilo conductor de la obra, autoeditada, es una  nostalgia infinita, sin etiquetas

Realizó 200 'frottage' y 500 fotografías que guardó en un cajón. "No se lo dije a nadie, lo hice para mí. A veces abría el cajón y me las miraba". Un ataque de nostalgia que en el 2016 decidió compartir. "Compartir el alma del edificio", afirma. Primero fue el christmas escolar y luego una pequeña exposición. Tuvo tanto éxito que se armó de valor y decidió publicar un libro. Pero Àlvarez es una amante de la edición bien hecha, de la que vale dinero. Y como no encontró ningún editor que apostara por dejar muchos blancos en las páginas  y el golpe seco, optó por financiárselo ella misma. Autoedición. Vendió lo que pudo, acudió a los mejores y publicó 'Darrera mirada', un libro que cuesta menos de lo que vale. Y que le ha supuesto un gran esfuerzo. Pero está feliz, tanto, que no piensa en recuperar el dinero, sino en que el ejemplar esté al alcance de todo el mundo. Insiste: "mi intención es compartir el alma del edificio". De ahí, de la renuncia a recuperar lo invertido, que done un 25% de lo recaudado al Pediatric Cancer Center de Sant Joan de Déu. Y de ahí, de su obsesión por compartir, que luche para que bibliotecas y museos se entusiasmen tanto por su obra como ella. 

Isabel Àlvarez, con un ejemplar de su libro 'Darrera mirada'. / DANNY CAMINAL

Las postales de Lucien Roisin

'Darrera mirada' reúne 10 'frottage' y 38 fotografías. Del resto de imágenes, descartadas no porque no le gustaran sino para mantener un ritmo y un equilibrio, no descarta hacer postales. Las colecciona desde pequeña y tiene un autor fetiche, Lucien Roisin (1884-1943). Su mirada moderna le fascinaba y le fascina. Tanto que en un ataque de pasión localizó a la familia ("hay pocos  Roisin en el listín", asegura) y tanto que a los 20 años se prometió homenajearlo: "Recuerdo que un día, tendría unos 20 años, me propuse que cuando tuviera dinero, editaría un libro con las postales menos conocidas de él, las que realizó de paisajes de Catalunya". El sueño de adolescencia tendrá que esperar pero el de madurez, su libro, se vende en las librerías Laie y en Casa Anita. "El hilo conductor es una nostalgia infinita, sin etiquetas. Era mi última semana en ese edificio, y sabía que no volvería más". Una delicia. Y las últimas fotografías del Borsí transmutado en La Llotja.