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el problema de la vivienda

Durmiendo en el primer piso colmena clandestino de Barcelona

Los pisos compartidos con habitáculos prefabricados para dormir despegan pese a la ofensiva en contra

Sus residentes relatan las dificultades de vivir en Barcelona con pocos recursos y los abusos en habitaciones de alquiler

Patricia Castán

La controvertida fórmula despega en Barcelona pese a la oposición que genera. / ALVARO MONGE

Clandestinos, pero activos. Los pisos colmena ya son una realidad en Barcelona pese a la ofensiva frontal desplegada en los últimos meses por los ayuntamientos de Barcelona y L’Hospitalet y por diversos colectivos activistas de la vivienda para frenar su despegue. Más clandestinos que un bar durante la ley seca, que un club gay en el franquismo o que un afterhours en la última década. Porque solo quienes residen conocen la ubicación de estas viviendas -en marcha en Gràcia y Les Corts-, para evitar que sean desmantelados como ha sucedido con los anteriores intentos. EL PERIÓDICO se ha alojado en uno de ellos para retratar esta realidad tan polémica que supone la enésima vuelta de tuerca al grave problema de la vivienda en una ciudad encarecida como Barcelona. En otros territorios menos ‘hostiles’ al invento se ultiman varias inauguraciones: un espacio para más de 40 personas en Gavà, dos en Madrid y tres en Mallorca. Pero sobre la mesa hay 17 ubicaciones previstas para la capital catalana.

En el local habilitado donde se alojó este diario –condicionado a no revelar la ubicación exacta- hay espacios simples (de una altura de 1,2 metros x 1,2 de ancho y 2,4 de largo), dobles (2,4 x 1,2 x 2,2) y para parejas (2,4 x 2 x 2,4). La cama elegida fue la primera, para conocer la versión más cruda y económica, que supone agacharse para acceder al colchón, a ras de suelo.

Uno de los residentes, viendo la tele  por la noche.  /ÁLVARO MONGE

Es difícil relatar desde la asepsia la vivencia entre las paredes de una colmena. Escenografía tan austera (por la simplicidad) como ‘futurista’ (por la reformulación de la fórmula de convivencia que supone), y muchas sensaciones encontradas entre lo que es y lo que debería ser la forma de llegar a fin de mes para muchas personas en la ciudad. Posiblemente, sin esa nomenclatura inicial de “colmenas”, sus promotores no se hubiesen tropezado con tantas trabas. Invita a pensar en celdas, en cierto hacinamiento, por encima del concepto comunitario que venden. Con el eslogan de ‘hogares compartidos’, ‘pisos de transición’ o ‘alojamiento low cost’ tal vez no habría resultado tan impopular para un sector de la sociedad, barruntan sus actuales moradores. Con un enfoque cooperativista incluso podría haber estado en sintonía con el consistorio...

Necesidad o negocio

Detrás de la controvertida idea hay tres socios emprendedores y varios inversores (como en tantos alquileres tradicionales ya), que han desatado las suspicacias de quienes lo consideran un negocio especulativo, y de las autoridades que los ven ilegales por su naturaleza. Normativa en mano, la definición de una habitación desautoriza los habitáculos que integran las colmenas. Aunque esos espacios no son en sí la unidad residencial, mantienen en Haibu 4.0, sino un parapeto para preservar la intimidad de las camas y no dejarlas vistas como en un albergue. La residencia, insisten, son los amplios espacios comunes. ¿Pero cuál es la barrera moral entre compartir techo de forma funcional y vivir digna o indignamente? ¿Y qué pasa si las administraciones no tienen una fórmula alternativa? “Si me echan de aquí volveré a dormir en el coche o a hacer cola para una plaza en un albergue municipal, mucho peor, con decenas de personas y en unas condiciones muy deprimentes. Será volver a dar un paso atrás”, dice José María, a sus 44 años. Es una argumentación repetida por las personas que de momento residen en el piso aún a medio montar en Les Corts.

Un usuario afirma: "Si me echan volveré a dormir en el coche o en un albergue municipal, mucho peor"

El jueves eran seis hombres, a los que este viernes se unieron dos más y el lunes debía sumarse una pareja. Historias dispares pero que tienen en común la falta de alternativas y horizontes. “Esto no es una situación ideal, solo una solución temporal más digna que lo que he podido permitirme hasta ahora”, remacha Héctor, de 36 años.

¿Y qué es esto?  Casi 300 metros para una capacidad máxima de 22 personas, de momento habilitado con camas para albergar a una docena. Gran terraza, sencilla zona de cocina (solo para calentar, no cocinar), varios lavabos y duchas, zona de estar para ver la tele, mesas y sillas de trabajo… Parecido al prototipo presentado hace tres meses (al estilo Ikea), pero ahora en versión más modesta, incluso con en el reciclado de algunos muebles de segunda mano. Marc Olivé, uno de sus impulsores, relata que no han tenido tiempo de decorarlo aún y, ante las dudas sobre su clausura y provisionalidad, han optado por un montaje fácil de transportar a otro de los espacios que preparan. No se rinden en su defensa del modelo con el prototipo original. De hecho, en este piso los precios van de los 200 a los 300 (para parejas) euros mensuales. En las colmenas grandes, como en Gavà, la cuota mensual para un módulo simple será de 55 euros.

Confort, o no

En términos de confort, todo depende del prisma con que se mire. Si uno vive en un piso de 90 metros cuadrados le resultará denigrante compartir servicios e intimidad como en un hostal juvenil. Si uno ha sufrido pisos patera, dormido en coches o albergues municipales, le parecerá Hollywood, vistas las opiniones de los actuales residentes. Esta periodista apenas pegó ojo en toda la noche, aunque más debido a la inquietud y prejuicios por dormir en un local con seis hombres desconocidos y sin más puerta que unos paneles sin pestillos, que por el habitáculo en sí. Un varón habría dormido a pierna suelta, como delataba la banda sonora de ronquidos.

David, en su habitáculo, de altura doble. / álvaro monge

Colchón nuevo, sábanas, nórdico y zapatillas como kit de bienvenida. Tamaño suficiente para dormir o leer, e incómodo (en esa versión) para cambiarse de ropa en la intimidad. La seguridad se postula filtrando con entrevistas a los seleccionados (hay cientos de solicitantes), buscando gente realmente necesitada y motivada, explica Olivé. Pero excepto un pequeño cajón con candado, las pertenencias dependen del respeto por lo ajeno del resto de cohabitantes. Por la mañana, casi todos habían madrugado para trabajar y solo alguien dormía. Paz absoluta.

En esa trinchera de los que aún quieren soñar con una vida más fácil, ya hace unos días que se cruzan vidas como la de José María, transportista divorciado que cuando pasa la pensión a su familia apenas puede sobrevivir. A sabiendas de la fragilidad e ilegalidad del asunto, son muy críticos con quienes quieren destruir el pequeño enjambre. “No hay habitaciones decentes de menos de 450 euros en Barcelona y 300 en L’Hospitalet, pero somos muchos los que no tenemos ni ese dinero”, explicaba de madrugada. Y ahí es donde llegan los abusos. Pagó 300 por un piso donde convivían seis personas en 50 metros cuadrados, durmió en el coche y ha tenido que recurrir al albergue municipal “con todas tus cosas bajo la almohada para que no desaparezcan”. “Esto es una bendición”, insiste convencido.

"Lo importante es que la convivencia sea sana, y si alguien no cumple se le eche", dice un joven alojado

David, un colombiano de 31 años que trabajó de utillero en la federación de fútbol de su país y vino en busca de un futuro en euros, se gana la vida haciendo mudanzas y montando muebles. Un tipo educadísimo y amable, que ha llegado a toparse con una presunta habitación a 280 euros donde en la práctica tenía que convivir con tres hombres en una habitación u otros dos viviendo en el salón de un piso cuyo propietario dormía con su madre en otra estancia y le acosó sexualmente. Ahora se impone “una distancia emocional y una armadura”. “Lo importante aquí es que la convivencia sea sana y si alguien no cumple se le eche”, tercia.

Sin opciones

Héctor, que pasa 660 euros mensuales a su exmujer e hijas y ahora solo trabaja a media jornada en el mantenimiento de trenes apenas cuenta con 200 euros para vivir. Ha dormido en vehículos, en casa de algún familiar cuando ha podido y en una habitación minúscula y sin armario en un piso ocupado por la que le exigían 280 euros y 50 más cuando la luz dejó de estar pinchada. El colmo de la perversión inmobiliaria. Se mudaba en cuanto encontraba algo aún más barato para no agotar sus exiguos ahorros, cuenta entre lágrimas. “Aquí al menos todo está limpio y tienes tu espacio”, enfatiza. “Y esto te evita caer más abajo, sabes que tienes algo”, agrega José María, retando a los detractores a probar todas las opciones a las que se ha visto abocado y decidir “qué es o no indigno”. “Al final parece que la alcaldesa quiere que nos hagamos okupas”, sentencia.

¿Síndrome de Estocolmo? Tal vez. Las colmenas difícilmente encontrarán encaje legal ni facilidades en esta ciudad. Por no hablar de las complicaciones que puedan surgir cuando los grupos en convivencia sean amplios y surjan roces o problemas. Lo que sus usuarios tienen claro ya es que el quid de la cuestión no es su precinto, sino el abismo que haya detrás. Mientras las políticas de vivienda sean tan insuficientes y las habitaciones de alquiler un lucrativo cajón de sastre sin ningún control, los enjambres humanos parecen solo la punta del iceberg. 

Manifestación en contra el próximo día 24

Los colectivos que rechazan de plano los pisos colmena ("no somos abejas", claman) han convocado una manifestación el próximo día 24 en la plaza de Sants. Bajo el lema 'Per un habitatge digne', colectivos como la Assemblea de Barris de Sants, la Llibertària UPF, el Sindicat del Barri de Poble Sec, el Casal Indepe de Sants, Joventuts d'Esquerra Republicana de Sants-Montjuïc, COSOA Ka la Kastanya, Observatori Clot, CSA Can Vies, CNT Barcelona, Sindicat de l'Habitatge de Sant Andreu y varios grupos territoriales de CDR, entre otros, participarán en la movilización y están difundiendo la convocatoria desde las redes sociales. Algunos grupos contrarios también han mostrado su oposición a las colmenas, que consideran un negocio especulativo e indigno, realizando pintadas y agresiones en su sede de exposición y en locales que se preparaban como pisos, sin licencias. Sus promotores han replicado con algunas denuncias. Por parte municipal, Barcelona ha precintado locales, mientras que L'Hospitalet ha multado con un total de 14.000 euros por distintas razones (accesibilidad, falta hojas de reclamación...) su expoción muestra.