04 jul 2020

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BARCELONEANDO

Gabo y Varguitas, el regreso

Xavi Ayén reedita 'Aquellos años del boom' con jugosos testimonios y novedades

El casero del piso donde vivió el Nobel peruano en Sarrià aún conserva los contratos de arrendamiento

Olga Merino

El periodista Xavi Ayén, en la terraza del piso en la calle Osio, de Sarrià, donde vivió Mario Vargas Llosa con su familia en los primeros años 70.

El periodista Xavi Ayén, en la terraza del piso en la calle Osio, de Sarrià, donde vivió Mario Vargas Llosa con su familia en los primeros años 70. / DANNY CAMINAL

Nada habría sido lo mismo en esta historia sin la conjura de las bes: Barcelona, los barbudos de la revolución castrista, Balcells y el editor Barral. Nada habría sido igual en la mezcla de octanaje explosivo que dio lugar al boom latinoamericano —también empieza por be—, un fenómeno literario sobre el que el periodista Xavi Ayén (Barcelona, 1969) escribió un libro hace cinco años, un ensayo canónico reeditado ahora por Debate con suculentos testimonios añadidos sobre, por ejemplo, la estancia de los Donoso en Calaceite, la muerte de Cortázar, la senilidad de García Márquez o el puñetazo que Vargas Llosa le arreó por celos (y otras hierbas) en 1976. Aquellos años del boom, bis y con redoble de tambor.

Acordamos para el encuentro un rincón barcelonés que conserve alguna pátina de aquel tiempo burbujeante. ¿Los Caracoles? ¿El restaurante Amaya? ¿O acaso el despacho de la superagente Carmen Balcells, en la Diagonal? Al final, gana la partida el cruce entre Caponata y Osio, dos calles perpendiculares de Sarrià donde, entre 1970 y 1974, convivieron a tiro de piedra Gabo y Varguitas, los dos principales protagonistas de un movimiento que deslumbró al mundo lector. Como pistoletazo de salida del 'boom', suele marcarse el año 1962, cuando el peruano ganó, con 'La ciudad y los perros', el premio Biblioteca Breve (otras dos bes).

'El otoño del patriarca'

El ensayista, tímido, tenaz y generoso, llega puntual a la cita a pesar del 'jet lag' por un viaje exprés a Colombia para el bautizo de su libro. Y enseguida, como si nada, como si más de una década de estudio no le hubiera convertido en uno de los máximos conocedores del 'boom' latinoamericano, comienza a encadenar anécdotas sobre aquellos jóvenes cachorros seducidos por el microclima intelectual en la Barcelona del tardofranquismo. "Mira, ahí escribió García Márquez 'El otoño del patriarca'", dice Ayén señalando el número 6 de la calle Caponata, una ventana enrejada en el primer piso que aboca a un parterre con una palmera y un seto, una vegetación más bien modesta que, sin embargo, ayudaba al escritor a ensoñarse con su Colombia natal.

Manuscrito de Mario Vargas Llosa que daba por acabado un contrato de arrendamiento. / DANNY CAMINAL

Gabo solía bromear con quienes acudían a visitarle. ¿Quieres ver a Vargas Llosa?, decía golpeando con los nudillos en el tabique de su despacho. Y al rato, aparecía el peruano en la puerta como si ambos viviesen en pisos contiguos, cuando en realidad los dos guasones habían pactado de antemano una hora exacta para la broma. Al contrario de lo que sucede en París o Londres, no hay placa alguna aquí que recuerde su tránsito por la ciudad.

Fueron años felices. Vargas Llosa vivía a unos 30 metros, en el tercero segunda, de la calle Osio, número 50, por el que pagaba entonces 16.500 pesetas al mes. Una llamada al interfono y, ¡bingo!, se encuentra en casa el propietario, Xavier Canals, hijo del casero que alquiló el piso al escritor y quien amablemente abre la puerta a pesar del asalto intempestivo. ¡Ah, las paredes que cobijaron a todo un Nobel! El novelista escribió aquí ' Pantaleón y las visitadoras'  y adaptó la tesis doctoral 'Historia de un deicidio' a las hechuras de un libro comercial. Bueno, no exactamente en el tercero, sino en la buhardilla del inmueble que arrendó al mismo dueño porque el tráfago de los niños (ÁlvaroGonzalo y Morgana) le disipaba la concentración.

El hijo del antiguo casero conserva un par de contratos de arrendamiento donde aparece confundido el lugar de nacimiento del inquilino, Arequipa, por el surrealista topónimo de Arquetipa, que Vargas corrige. Y en la misma carpeta, un papel de su puño y letra que cancela el documento y un aval de Carmen Balcells, ya que el escritor carecía de nómina. ¡Ah, la Mamá Grande, la papisa blanca! Ella era quien liberaba de las servidumbres domésticas a los potros de su cuadra: médicos, fontaneros, escuelas, folios y dinero en metálico en un tiempo sin cajeros automáticos.

El ensayo revela ahora que fue la muerte repentina de Balcells lo que frustró la venta de la agencia  

Una de las novedades más jugosas del libro tiene que ver precisamente con Balcells, con la mujer que logró imponer límites a los contratos de los autores con las editoriales. Ayén desvela, por boca del hijo de la agente y sucesor al frente de la nave, Luis Miguel Palomares, que fue la repentina muerte de Balcells lo que frustró la venta de la agencia al británico Andrew Nürnberg. Un traslado hipotético el de la agencia que habría supuesto sin duda una catástrofe para la ciudad.