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"Nadie elige ser mantero"

DiomCoop, un proyecto creado en 2017 por el ayuntamiento de Barcelona logra regularizar 15 personas y contratar a 30 más

Deye Fatou, la presidenta, cuenta el mal trago que supone la vida en la calle haciendo trenzas

Elisenda Colell

Deye Fatou, exmantera que trabaja en la cooperativa DiomCoop.

Deye Fatou, exmantera que trabaja en la cooperativa DiomCoop.

Deye Fatou es una joven senegalesa que hace 9 años llegó a Barcelona. “Me he arrepentido muchas veces, no sabes lo que he llegado a llorar”. El verano se los pasaba en la playa, haciendo trenzas para las turistas, y el invierno vendiendo en el Top Manta en la Barceloneta. En sus pesadillas ve la Guardia Urbana haciendo redadas. Hace dos años la contrataron en la cooperativa DiomCoop, la alternativa que creó el Ayuntamiento para que se ganen la vida de forma legal.

Era el 2010, ella tenía 24 años, y estaba a punto de terminar la carrera de márqueting y comunicación en el Senegal. Pero la idea de la vida de éxito en Europa la sedujo demasiado. “Creía que España era el paraíso, que tendría una vida buenísima”. Y con un visado de turista voló hasta Barcelona. Aquí se instaló con unos parientes, que, sin previo aviso, se encargaron de romper su sueño en mil añicos. “Me dijeron: no tienes papeles y nadie te va a dar trabajo. O te pones a hacer trenzas en la playa, o a vender en el Top Manta”. Ella solo supo llorar. “Era humillante. Yo, que había estudiado, me tenía que poner a hacer trenzas y sudar en la playa de Roses…”. Pero así fue. Durante siete años cada verano se pasaba dos meses, playa arriba playa abajo, con su cartel de precios, y llorando por dentro. “Lo recuerdo con mucha angustia, haciendo trenzas y a la vez mirando a todos lados por si venía a buscarnos la policía.”

En cuanto llegaba el invierno, cambiaba la arena y las trenzas por el asfalto del paseo Joan de Borbó, en la Barceloneta, y la manta. Dice que nunca ha vendido ropa falsificada. Su trabajo se ha basado en comprar imanes y bisurería, para luego revenderlos. “Hubo un tiempo que me daba un miedo horrible, con las peleas en el metro, las piedras... Recuerdo que las piernas me temblaban”. Y una vez le tocó a ella. Dice que al 2012 la policía portuaria la detuvo. “Estuve dos días en el calabozo. Tu sabes lo que era eso? Yo me veía en la cárcel de por vida”. Aún ahora los urbanos salen en sus pesadillas. “A veces sueño que la policía me está persiguiendo, no se lo deseo ni a mi peor enemigo”.

“Mil veces he pensado en volver al Senegal, pero mi orgullo me lo impedía”. Fatu dejó su familia, sus estudios y sus sueños allí. Volver también implicaba reconocer un fracaso ante todo el mundo. Aunque aquí no hubiera ninguna alternativa. Pero en 2016 su vida dio un giro. Un compañero dio su nombre y el proyecto de la cooperativa DiomCoop la llamó. Le propusieron un trabajo con contrato. El Ayuntamiento de Barcelona estaba montando una cooperativa para intentar dar alguna salida a esta gente. “Por primera vez vi una alternativa”.

Ahora ella es una de los 15 ex manteros socios de la cooperativa, que ya han podido regularizar su situación. Ella se encarga de contactar con clientes y difundir el proyecto en las redes. Con este trabajo de un año entero, a jornada completa, le han concedido el permiso de trabajo. “Cuando trabajaba en la calle la gente me miraba como diciendo: ¿qué haces aquí? Vete a tu país. Ahora no”.

Pero, dos años después, el balance de DiomCoop no solo se mide con las miradas que recibe Fatou. Han multiplicado por cinco sus ingresos. Si en 2017 lograron facturar por valor de 42.971 euros, en 2018 la cifra asciende a los 217.516. Aunque hay facturas que no las han terminado de cobrar. El coordinador del proyecto, Bae Thiak cree que, principalmente, las ventas han crecido gracias a la visibilidad lograda con la marca de ropa ‘Diambaar’, reconocida por parte de la Federació de Cooperatives de Catalunya. Camisas, sudaderas, vestidos o pañuelos hechos con telas africanas y que también se pueden conseguir en mercados ambulantes (como Palo Alto) y a través de Internet.

Pero también ha crecido sustancialmente la demanda de los servicios que ofrecen, especialmente el del montaje y desmontaje y el de vigilancia y control de accesos. Gracias a ello han podido emplear a 30 manteros más con trabajos de montaje realizados durante el Festival Jardins de Pedralbes i les Festes de Gràcia. Han sido contratos precarios, temporales, a media jornada que, por lo tanto, no permiten regularizar nada (la ley de extranjería exige un ano a tiempo completo). Sin embargo, sí han dado una alternativa a estas personas. “Les hemos sacado de la calle al menos durante un mes, hemos dignificado su trabajo, les hemos dado nuevas capacidades… ven una alternativa para la esperanza”, señala Bae.

Esta es, según él, la única forma de acabar con el Top Manta. “Con redadas, multas y confiscaciones el problema no va a desaparecer. Los inmigrantes han arriesgado su vida para llegar a Barcelona. Sin papeles, aquí solo tienen dos opciones: delincuencia, o la manta. Y lo segundo es lo que da menos problemas, aunque no gusta”.

Los buenos resultados dan aliento a la cooperativa, que para 2019 se fija más objetivos. En primer lugar, lograr beneficios. De momento todo lo ingresado se ha gastado en los sueldos y el material. Aunque el reto principal es conseguir feedback con la sociedad. “La mitad de lo que ingresamos proviene del ayuntamiento, queremos romper poco a poco esta dinámica y lograr que sea la sociedad que nos contrate”. De hecho, una de las finalidades del proyecto era esta, poder conectar los ex manteros con la comunidad catalana. “Hemos logrado mucho, pero aún nos falta recorrer más camino para lograr un cambio en la forma como nos mira la sociedad”.