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el futuro del parque animalista

La castidad sobrevuela el Zoo de Barcelona

Los planes reduccionistas de Colau para el recinto desatan un pulso en grupos animalistas afines y científicos

Carles Cols

Guntur monta a Asmara, en abril del 2012, una cópula jamás vista en Barcelona.

Guntur monta a Asmara, en abril del 2012, una cópula jamás vista en Barcelona. / RICARD CUGAT

La vida sexual de los animales del Zoo de Barcelona se discutió el pasado 23 de enero en el Saló de Cròniques del Ayuntamiento de Barcelona. Fue a puerta cerrada y en un clima de latente tensión. La cita estaba convocada para aprobar un documento de título anodino, ‘Plan Estratégico, Volumen 2’, un texto que cobijaba bajo un mismo paraguas las posiciones de los grupos animalistas más antizoo, a los que el equipo de Ada Colau ha dado voz y voto en este mandato, y simultáneamente los criterios del frente científico, que al principio fue invitado con una mínima representación en los debates. Cuatro años había costado encontrar el mínimo común denominador entre esos dos frentes en colisión intelectual. El conflicto estalló en vísperas de ese 23 de enero, cuando el comisionado de Ecología, Frederic Ximeno, envió el texto a todos los miembros del Patronat de la Fundació Zoo de Barcelona y les comunicó que se habían introducido “unas pequeñas mejoras”. No eran pequeñas. Dicho a la brava, se imponía la castidad a la mayoría de los animales del Zoo o, en el mejor de los casos, unas muy estrictas normas de planificación familiar. El rifirrafe, aunque educado, fue notable. La teniente de alcalde Janet Sanz, dicen que superada por las circunstancias, pospuso la votación al próximo 6 de febrero. Ese día se volverá a discutir sobre sexo en el Saló de Cròniques.

El primer intento de imponer la vida monacal en el zoo fracasó el 23 de enero en una movida reunión en el Saló de Cròniques

Fue bajo los epígrafes de directrices, criterios y procedimientos que se introdujeron las modificaciones al texto inicial. Había que buscarlas con lupa. Los trabajadores del zoo lo hicieron. Se quedaron a cuadros con lo que intuyeron entre líneas. Tanto que, conocedores de que la reunión se había convocado a mediodía, se presentaron allí sin invitación. Eran unos 70, entre ellos, especialistas con reputación internacional. El secretario de la reunión dijo que estatutariamente no podían estar presentes. No hubo bemoles para echarlos.

El texto era nebuloso, pero quienes lo leyeron interpretaron lo siguiente. A partir de ahora, la reproducción en cautividad solo estará permitida en caso de que las crías puedan ser reintroducidas sin mayores contratiempos en su hábitat natural. Es decir, aquellas especies que, por si algún día se dan las condiciones de reintroducción en sus países de origen, habitan en los zoos de Europa, pasarían en Barcelona a una situación de celibato forzoso. Pobres.

Comité ético y científico

El documento no especifica, claro, qué especies son esas. ¿Pueden o no pueden criarse orangutanes a la vista de que en Borneo aún están amenazados? La decisión sobre qué hembras y de qué especies podrían ser madres en Barcelona pasaría a depender de un comité ético-científico de nueva creación. Ya existe, dentro del zoo, un comité ético y otro científico. Su existencia se desdeña. Su labor queda de repente en entredicho. El nuevo órgano estaría estructuralmente fuera del Zoo y, como sospechan quienes más han recelado del texto sobrevenido en el último minuto, es una plataforma a través de la cual el equipo de Colau pretende institucionalizar la presencia de los grupos animalistas en las decisiones estratégicas de la ciudad en este ámbito.

El texto que se puso a debate abría la puerta a que un comité de los animalistas decidiera qué especies procrean

El Zoo de Barcelona no es, que quede claro antes de proseguir, un tálamo de viva la vida donde la llamada de la selva se satisface sin cortapisas. Tiene su propio centro de planificación familiar desde hace años. La dieta de algunos ejemplares contiene anticonceptivos. Los animales que crían lo hacen con conocimiento de los responsables del parque y de las organizaciones europeas de conservación de las que es socia Barcelona. Es algo cotidiano que no siempre aparece en los medios de comunicación, salvo cuando estalla la burbuja de lo excepcional. ‘El apareamiento del siglo’. Así tituló este diario, no hace tanto, en el 2012, la coyunda nunca vista en la ciudad entre dos dragones de Komodo.

Anak nada en compañía de su cría, en el 2012 / DANNY CAMINAL

Aquel año fueron 250 los alumbramientos registrados en la Ciutadella, que se dice pronto. El problema es que, a veces, la contracepción, como ocurre entre los humanos, falla. Ese mismo 2012 en que Guntur y Asmara, nuestros amantes komodos, se apareaban literalmente de forma prehistórica, en el delfinario ocurrió algo imprevisto y de consecuencias cataclísmicas para el futuro del zoo. Blau, un mozalbete, maduró antes de lo previsto y se apareó con Anak, una talludita delfina. Fue un parto no calculado. Creció la familia del acuario y, sin que entonces se intuyera con suficiente claridad, se cebó la bomba que años después terminó por estallar. Las campañas antizoo han utilizado como palanca el caso de los delfines, cuya vida en cautividad no tiene apenas interés desde la perspectiva de la conservación. Son más bien un recuerdo de su trasnochada exhibición circense. Visto con perspectiva (admite un miembro de la fundación escorado al babor científico), fue como si el Zoo de Barcelona no hubiera aprendido nada de las lecciones que dejó el caso de la orca Ulises. Se la despidió en 1994 con destino a San Diego en mitad de un clima festivo que eclipsó la realidad, que aquel mamífero marino excepcional pasó 11 años en Barcelona como José Luis López Vázquez en la cabina.

Barcelona paga aún el enfoque inadecuado del adiós de Ulises y un calentón de Blau, uno de los delfines

La cuestión es que el paso de Ada Colau por la alcaldía de Barcelona ha supuesto un cambio de rumbo en la trayectoria del Zoo, un recinto que, muy significativamente, solo ha pisado una vez de forma oficial durante su mandato, no así su hijo, al que inscribió a uno de los ‘casals’ veraniegos. Xavier Trias, su antecesor, planificó importantes inversiones para crear, por ejemplo, una suerte de sabana para las elefantas, las jirafas y el rinoceronte, y proyectó un nuevo delfinario, acorde con las exigencias internacionales. El relevo al frente de la alcaldía propició otro enfoque, que se anunció como destinado a priorizar las especies amenazadas autóctonas y a dar cabida a la reproducción de especies exóticas solo con criterios científicos claros. El proyecto del gran delfinario de Trias cayó de la agenda, pero en paralelo no ha sido posible todavía dar salida a todos los delfines hacia otros destinos, lo cual pesa como una losa sobre el zoo, porque si no se consigue Barcelona podría quedar pronto excluida de la hermandad de los zoológicos europeos, una pésima noticia desde el punto de vista científico.

La reunión del pasado, a su manera, fue el clímax explosivo de todo este proceso. Las quejas por las modificaciones que se habían introducido a última hora encendieron la mecha. Algunos de los presentes exigieron a Janet Sanz que se votara la versión previa del texto, la que había logrado un funambulista consenso. Se opuso.

Dos de los frutos de la prehistórica coyunda de Guntur y Armara / JOSEP GARCIA

El ‘coitus interruptus’ del Saló de Cròniques del Ayuntamiento de Barcelona se veía venir. Los síntomas de que algo inesperado se estaba gestando eran evidentes desde hacía meses. Un episodio en el que Jaume Collboni fue protagonista sin pretenderlo es estupendo para resumirlo. Ocurrió cuando el líder del grupo municipal socialista tenía aún un acuerdo de gobierno con Ada Colau. En el reparto de carteras le correspondió el zoo, así que cuando hace un año y medio aproximadamente una de las jirafas del parque se puso de parto, reservó un hueco en su agenda para presentarla en sociedad. Era esta una norma no escrita. Siempre se había hecho así. Su sorpresa fue que desde alcaldía se le dijo que no, que los partos habían pasado a ser una suerte de material confidencial. Que ahora se pretenda imponer una vida casi monacal a la mayor parte de la colección le parece a Collboni tan absurdo como coherente con aquel veto que se le impuso entonces.

La orangutana Locki, con su bebé recién nacido, en el 2013 / ELISENDA PONS

El parto de una jirafa (basta con recordar la arquitectura del animal) es uno de los más atrevidos del reino animal. Primero se asoman a la luz del día las patas de delante y la cabeza. La situación causa angustia al observador externo. Para que todo el cuello salga del vientre materno son necesarios varios minutos. Lógico. Lo excepcional, sin embargo, no es eso. Lo que resulta inaudito es que el bebé cae al suelo desde casi dos metros de altura al suelo. Las jirafas no están diseñadas para yacer. La cría no tarda en ponerse en pie. Lo más común es que cuando lo logra mida ya 1,8 metros de altura.

Monarquías animales

En el Zoo de Nueva York fueron conscientes en primavera del 2017 de la audiencia y buen nombre que un episodio así les podría reportar. Retransmitieron a través de youtube la maternidad de April, una de las jirafas de su colección. Más de un millón de personas asistieron en directo al alumbramiento. O se equivoca Nueva York o yerra el tiro Barcelona. Sus estrategias comunicativas son antagónicas.

Nueva York televisó el parto de una jirafa y obtuvo una audiencia millonaria. Barcelona decidió ocultar un acontecimiento idéntico

En realidad, hasta hace un par de años los partos del Zoo se comunicaban como si fueran los de una monarquía europea, como si con ellos se garantizara la supervivencia de la institución. Fue una tradición que arraigó gracias a Copito, porque entonces, en otro pecado de juventud, el zoo anhelaba la repetición de la anomalía cromosómica del albinismo en uno de sus descendientes. Los tiempos cambiaron y esa obsesión se enterró, pero se mantuvo el rigor de comunicar cualquier incorporación en el árbol genealógico de los animales del zoo, sobre todo de los primates, no como si esto fuera el Hola! de la naturaleza, sino porque en ocasiones se podían extraer luminosas lecciones. Uno de los ejemplos más llamativos ocurrió en el hogar de los orangutanes.

En libertad, los orangutanes viven en dos regiones inconexas de Indonesia y Malasia. Las observaciones de los biólogos en las selvas no permitieron jamás descubrir que eran dos especies distintas de orangutanes las que habitaban en aquella región de Asia. Eso se descubrió en los zoológicos, aunque, todo hay que decirlo, algo tarde, cuando ya se habían cruzado entre ellas en cautividad y habían dado pie a ejemplares inauditos. Desde que se supo, a esos ejemplares se les ha impedido reproducirse. A los otros, no. Salvo tal vez, a partir de muy pronto, a los de Barcelona. El miércoles, más.