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balance de tres días de prohibición

Bicis en Barcelona, eterno 'Verano azul'

La campaña para devolver las aceras a los peatones tiene homeopáticos efectos sobre los infractores

Carles Cols

Un ciclista, el martes, en la acera de la Rambla de Catalunya.

Un ciclista, el martes, en la acera de la Rambla de Catalunya. / ALBERT BERTRAN

Antes de comenzar, como si esto fuera un medicamento, conviene advertir sobre la composición y los efectos secundarios de este primer balance a pie de calle sobre la prohibición de que bicicletas y patinetes (que nadie se olvide de los patinetes, por favor) circulen por las aceras de la ciudad. Este medicamento contiene inquina. Puede por ello causar irritación en parte del colectivo ciclista (son minoría los infractores) y del recién llegado ejército del patinete (aquí la proporción se invierte). Los peatones, para quienes está especialmente recomendada la prescripción de este primer balance, ya se habrán dado cuenta. Tras varias semanas de campaña, de avisos municipales de que la paciencia se ha acabado, de que con más de 200 kilómetros de carril bici ya no hay excusa, todo sigue prácticamente igual. Las bicicletas continúan en las aceras, como en una permanente reposición de los título de crédito de Verano azul.

El equipo de Colau evita la mano dura y trata a los infractores como Chanquete a la pandilla

Este 3 de enero, tercer día de la prohibición, el Ayuntamiento de Barcelona tenía cosas que contar sobre la bici. La importancia se puede medir a veces por el número de concejales que participan en un acto. Esta vez, eran dos, Janet Sanz y Mercedes Vidal, que no es poco. El motivo era la presentación del nuevo Bicing de Barcelona, que entrará gradualmente en funcionamiento a partir del 9 de enero. Más y mejor. Crece el número de unidades, 1.000 más, el horario, non stop, y se expande el mapa de estaciones hasta allí donde no las había hasta ahora. Más madera, vamos. Luego se detallarán con más calma las novedades. Lo que viene al caso es que, cómo no, salió a debate el tema de la prohibición. Sanz y Vidal, por seguir con el símil del primer párrafo, se mostraron más condescendientes que Chanquete con Javi, Pancho y los demás miembros de la pandilla. El propósito, dijeron, es convencer y solo en ultimísimo término sancionar. Por la ciudad andan, explicaron las concejalas, una veintena de agentes cívicos que informan a los infractores que otra manera de circular es posible. Los prusianos grababan en los cañones de sus buques la frase ultima ratio regis, el equivalente bélico de la multa, o sea, el uso de la autoridad. Aquí, no será el caso.

'Ultima ratio regis'

Para remachar que el equipo de gobierno no se ha planteado sacar los cañones, no está de más reproducir aquí una breve pero reveladora conversación posterior a la presentación del nuevo Bicing mantenida con una de las dos concejalas, Vidal, a cuento de si no resulta frustrante que tras semanas de campaña, a los ciclistas de las aceras (esa minoría que estropea lo que es una estupenda política medioambiental) se la traiga al pairo la prohibición.

--“¿Si un ciclista circula por la acera con una bicicleta del Bicing, ¿se plantea el ayuntamiento retirarle el carnet de este servicio?"

--"No".

Aún perpleja por la propuesta, la concejala añade que eso sería tan absurdo como requisarle la bicicleta a los que no son usuarios del Bicing. Vamos, quiso decir que bastante pena tendrán ya si algún día les ponen una multa (100 euros, en el mejor de los casos) y que, en cierto modo, el ayuntamiento no es nadie para requisar una bicicleta. Ser el más rodado del lugar tiene a veces ventajas. Aquí, el que firma, tiene la edad de Plinio el Viejo cuando murió, o sea, memoria suficiente para recordar que el Ayuntamiento de Barcelona, años ha, requisaba los instrumentos de los músicos de la calle si tocaban sin permiso. En las dependencias de la Guardia Urbana de la Rambla tenían una habitación que empleaban de almacén con la que se podría haber montado una orquesta. Tampoco hace falta, en realidad, ir a ejemplos tan poco recordados. Ahí está el caso de la grúa municipal, que se lleva un coche entero.

Dos ciclistas, apremiando a varios peatones. / ALBERT BERTRAN

En cualquier caso, esto no era una propuesta formal. No pasaba de la categoría de provocación. Pero ahí queda, por si acaso. Lo obvio es que el conflicto de convivencia en las calles continúa. Dos días de largo paseo dan para sacar algunas conclusiones.

Las horas de reparto de comida a domicilio requieren andar con ojo por las aceras

Primera y por orden de preocupación, que las horas del almuerzo y, sobre todo, de la cena, son especialmente problemáticas, por no decir temibles. El reparto de comida a domicilio aumenta las probabilidades de ser arrollado al doblar cualquier esquina. Los repartidores van en ocasiones a la carrera y con la mirada puesta en los número de las fincas. Que el plato llegue caliente a la mesa es proporcional al riesgo de que un peatón termine en el frío suelo. Este es, además, un problema de antipática solución. Los repartidores no son laboralmente trabajadores de ninguna empresa. No hay una oficina que inundar a multas. Trabajan por su cuenta. El capitalismo del siglo XXI es la repera. Sería interesante grabar una conversación entre un agente cívico y un repartidor. Si alguien la hace, que lo comparta en redes.

Atención tobillos

Segundo: el incumplimiento de la prohibición no se hace escondidas, como beber en Estados Unidos durante la ley seca, sino con pase de verónica incluido si hace falta. Es decir, allí donde el carril bici es más ancho y hermoso, donde es imposible no saber de su existencia (por ejemplo, en el paseo de Sant Joan o en la calle del Comte d’Urgell), por ahí van no pocas bicicletas y patinetes por encima de la acera. La escena a veces tiene su chiste. En este examen rápido de dos días de observación, una de las cosas que más llama la atención que es los nuevos usuarios de patinete suelen ir con casco. La seguridad siempre por delante, pero la suya, claro. Sin ánimo de alarmar, el impacto de un patinete en un tobillo puede multiplicar el número de huesos del pie humano, que no son pocos, 26.

Tercero y muy difícil de ponderar: la paciencia de los peatones ha resultado ser finita. Sin llegar a las manos, alguna que otro reproche, palabra soez e intercambio de palabras ha habido ya en estos tres primeros días. Es como si a la campaña de sensibilización de las últimas semanas le hubieran prestado más atención los peatones que los ciclistas, aunque, en honor a la verdad, estos tres días también ha sido posible encontrar a quien por la acera llevaba su bicicleta a pie, muy cívicamente. Se merecen un aplauso espontáneo por parte de los peatones. A lo mejor alguien se anima.