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ORDENANZA DE CIRCULACIÓN

Barcelona cierra al fin una década de conflicto entre ciclista y peatón

Las bicicletas ya no podrán usar la mayoría de las aceras a partir del 1 de enero y deberán bajar a la calzada

El pedaleo indebido por el espacio para viandantes se sancionará con multas de entre 100 y 500 euros

Carlos Márquez Daniel

Un ciclista, en una de las aceras del Eixample que ya no podrá usar a partir del 1 de enero. 

Un ciclista, en una de las aceras del Eixample que ya no podrá usar a partir del 1 de enero.  / FERRAN NADEU

La bici ha sido un dardo envenenado, un debate sin grises, un arma política. Pero ha sido, también, una oportunidad, un toque de atención a la dictadura del automóvil, una herramienta para reflexionar sobre el urbanismo más allá de la movilidad, sobre cómo volver a compartir la calle. La llegada del nuevo año da una vuelta de tuerca a la relación entre los ciclistas y el resto de usuarios de la vía pública, siempre en tela de juicio porque nadie supo calcular, o se hizo tarde, su crecimiento y, por ende, sus peculiaridades y necesidades a la hora de circular. A partir del 1 de enero ya no se puede pedalear por la inmensa mayoría de las aceras, refugio de muchos usuarios de la bici que no se atrevían a bajar a la calzada. La red de carriles bici ha crecido y ya supera los 200 kilómetros de longitud y el consistorio cifra en 1.000 los kilómetros “pacificados” (si eso  realmente significa algo en la práctica) en toda la capital catalana. Por eso el gobierno de Ada Colau cree que ha llegado el momento de devolverle al viandante lo que es del viandante tras más de diez años de conflicto entre unos y otros. Y a cinco meses de las elecciones, porque así lo manda la segunda moratoria de la ordenanza. Pero también porque los que van a pie generan casi la mitad de los desplazamientos diarios mientras que la bici, que ha subido un 40% en cuatro años, no alcanza el 3%. Aquí no se dan puntadas sin hilo.

Viene bien recordar lo que escribía en noviembre del 2008 Javier Belmonte, eterno jefe de la sección de Gran Barcelona de este diario: “No tengo nada contra los ciclistas ni contra los conductores de los otros vehículos, pero sí contra la gente incapaz de convivir con los demás en la vía pública. Cautivos y desarmados los peatones, vehículos a motor y bicicletas han alcanzado sus últimos objetivos: el tráfico en Barcelona se ha madrileñizado totalmente. Es la selva. La ciudad ha convertido a los viandantes en rehenes de todo tipo de vehículos. Numerosas motocicletas circulan a gran velocidad por las aceras, muchos coches apuran la frenada en los semáforos, se detienen en medio del paso cebra y arrancan antes de que el disco se ponga verde. Y algunos ciclistas consideran que las aceras son un gran carril bici a falta de más carriles bici”. Una década después, las palabras del añorado periodista siguen vigentes, con el añadido de que ahora se han sumado los denominados vehículos de movilidad personal, liderados por el patinete eléctrico. El camarote de los hermano Marx es el cajón de las tiaras de Isabel II al lado de esto.

Avisos y sanciones

La Guardia Urbana lleva semanas avisando a los ciclistas de que con el nuevo año les puede caer una sanción económica de entre 100 y 500 euros si les pillan pedaleando entre personas andantes. La medida aplica para toda la ciudad, pero se ha hecho pensando esencialmente en el Eixample, donde se concentra el grueso de la circulación de bicis y donde las aceras, de 490 centímetros, entraban, por una suerte de anexo no escrito a la ordenanza, dentro del límite de cinco metros que marca la normativa para que los ciclistas puedan transitarlas. Ahora ya no habrá excepciones, y solo se podrán usar entre las 22 y las 7 horas o en el caso de ir con un niño ciclista menor de 12 años. También si hay carril pintado o si miden más de cinco metros y en la calzada no hay carril bici.  Según el ayuntamiento, ya no hay excusa, puesto que, según sus cálculos, el 90% de la población dispone de un carril bici a menos de 300 metros de su casa. Eso son 18 puntos porcentuales más que en el 2014.

Cicista y patinador, compartiendo carril bici / FERRAN NADEU

Desde el minuto cero, cuando el Bicing empezó a poner de moda, o más bien dicho, a recuperar el uso de la bicicleta en Barcelona (ya mandaba antes de que el coche se comiera la malla del plan Cerdà), quedó claro que el crecimiento del medio dependería de la infraestructura. Aquello de la bici pública sucedió a mediados del 2007 y no tardaron en brotar los problemas entre viandantes y ciclistas. De manera muy resumida, podría decirse que Jordi Hereu puso los impredecibles cimientos, que Xavier Trias levantó las paredes (algo estrechas) y que Ada Colau ha rematado el techo con un pelín de prisa electoral (prometió 308 kilómetros y le quedan por pintar más de 100 para antes de terminar el mandato). A los que vengan les tocará el jardín, el porche, el garaje y los columpios, porque a nadie se le escapa que falta mucho por hacer para que la comparación con grandes urbes del norte de Europa no sea un innecesario hartón de reír. Falta, de hecho, consolidar lo más importante: que muchos no la consideren un incordio y que los carriles en barrios de montaña sean más una invitación que un desafío político. Triste, pero ahora parece que se está consiguiendo a base de rechazar al nuevo: el patinete eléctrico.

Misma melodía

Lo de ver qué hacen la otras ciudades es un clásico en materia de movilidad. Pero sirve más bien poco si se tiene en cuenta que son las peculiaridades de cara urbe las que marcarán las oportunidades, los límites y las propuestas. Pero más allá de concreciones, sí se intuye una misma sintonía en cuanto al rediseño de la calle. Hay cierta coincidencia en ir retirando privilegios al vehículo privado. Lo vemos en Madrid, Nueva York, Berlín, Londres. Lisboa o Ciudad de México. Una suerte de Robin Hood vial que roba superficie al coche para dársela al peatón y al ciclista. También Barcelona está en ello. En cada carril bici que pinta, en cada peatonalización de calle. O con las supermanzanas, que por ahora no han pasado de anécdota pero que son, para muchos, la llave de paso hacia otra manera de compartir la ciudad.

Todo ello deberá tomar forma en el nuevo plan de movilidad, que abarca el periodo 2019-2024. Del anterior se han quedado muchas cosas en el tintero, sobre todo lo que hace referencia a la reducción del uso del vehículo privado. Las cifras indican que ha subido, aunque también lo hace, y a mayor ritmo, el número de personas que recurren al bus o al metro. En la parte baja de la gráfica, pero con crecimiento exponencial, pide paso la bici. A golpe de pedal. Y ya solo por el asfalto.

Las excepciones

Se podrá pedalear por las aceras más anchas de la ciudad

Se podrá subir a la acera cuando mida más de cinco metros y tenga tres metros de espacio libre. Y cuando no haya carril bici en la calle.

Por las aceras del Eixample, solo por la noche

Dado que hay menos bicis y menos peatones de noche, se podrá subir a las aceras de más de 4,75 metros (Eixample) de las 22 a las 7 horas.

Si acompañamos a un niño ciclista

Se podrá recurrir a la acera de una anchura inferior a cinco metros si vamos acompañando a un niño ciclista menor de 12 años.

Si hay carril bici reservado

Se podrá subir a la acera, sin distinción de anchura, si dispone de un carril bici pintado. Pero sin rebasar los límites del pasillo.