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BARCELONEANDO

La ciudad de ayer

Ramón de España

El cabaret La Criolla, en los años 30.

El cabaret La Criolla, en los años 30. / GABRIEL CASAS, GALOBARDES / ANC

Tengo el pasaporte caducado desde hace tres años y nunca encuentro el momento (ni las ganas) de renovarlo. Me temo que he perdido aquella ilusión juvenil de subirme a cualquier avión en dirección a cualquier parte. Tal vez porque he llegado a la conclusión de que no hay manera de dejarse atrás a uno mismo, o porque los aeropuertos se han convertido en la antesala de Auschwitz: Vacíese los bolsillos, pase el móvil y el ordenador por el escáner, descálcese, quítese el cinturón…Solo falta que te pregunten por cuál de los guardias prefieres ser sodomizado. El caso es que, últimamente, mis vacaciones favoritas consisten en gorronear en las segundas residencias de los amigos con posibles, sobre todo si incluyen piscina y jardín más o menos frondoso.

Deambular por mi propia ciudad tampoco me procura el placer de antaño. Igual es que me la sé de memoria. O que me estoy convirtiendo en un recluso que cada día se encuentra más peligrosamente a gusto en su apartamento, que cada vez recuerda más al de la versión intelectual de un afectado por el síndrome de Diógenes. Y es que los viajes que de verdad me apetecen son imposibles de realizar. Me refiero a los viajes en el tiempo: nada me gustaría más que salir de casa y encontrarme en la Barcelona de los años 30 o de los 50, encajando las miradas levemente extrañadas de la gente, que no identifica los pantalones vaqueros, las bambas y las sudaderas con capucha que constituyen ese disfraz de joven que me resisto a archivar y sustituir por prendas más acordes con mi edad.

Los viajes que de verdad me apetecen son imposibles de realizar: me refiero a los viajes en el tiempo

Lamentablemente, 'The time machine', de H.G.Wells, sigue siendo una novela estupenda, pero de la que la comunidad científica no ha sabido qué sacar. Así pues, me veo obligado a viajar en el tiempo a través de los libros. Libros como 'Un país en crisis. Crónicas españolas de los años 30' (Edhasa), una antología de textos periodísticos a cargo de un obseso del pasado barcelonés, Sergi Doria, autor, entre otras obras de mérito, de una excelente biografía de Ignacio Agustí -un hombre cuya adhesión al régimen franquista no le ahorró las depresiones ni la adicción al alcohol- y dos novelas -'No digas que me conoces' y 'La verdad no termina nunca'- situadas en la Barcelona de décadas atrás.

Abundan en 'Un país en crisis' las crónicas barcelonesas ambientadas cuando la exposición de 1929 -iniciativa ruinosa que vació las arcas de la ciudad-, gracias a las cuales uno ha podido descubrir a personajes como Francisco Madrid -impresionante descripción del Barrio Chino: nada que ver con la afrancesada visión romántica a lo Merimée-, Irene Polo -que se llevó a Sitges a Buster Keaton, que andaba de tournée europea-, Rosa Maria Arquimbau -pasando revista a la población gitana de Barcelona y sus centros de reunión-, Braulio Solsona -a quien le tocó pechar con una decrépita Mistinguett que no tenía nada que envidiar a Las Gemelas del programa de Toni Rovira- o Gabriel Trillas por partida doble -los chinos del barrio chino y los tugurios para drogadictos: en esa época, por cierto, la cocaína corría que daba gusto por la ciudad, distribuida básicamente por los limpiabotas.

Me veo obligado a trasladarme al pasado a través de los libros, como con las crónicas de los años 30 recogidas en 'Un país en crisis'

Entre los autores sobradamente conocidos, cabe citar a Carlos Sentís -tronchante reportaje en primera persona sobre el Transmiseriano, servicio semi clandestino de autobuses que transportaba murcianos a Barcelona en solo 28 horas-, Gaziel -un mensaje a los catalanes del mañana- y Josep Pla, cuyo artículo 'Tiempos difíciles. Bakunin y la lluvia' arroja un cínico veredicto sobre la república que no creo que sea del agrado de Almudena Grandes y demás nostálgicos de épocas no vividas.

Me pondré con el resto de textos ipso facto, pero los de Barcelona tenían prioridad: son lo más parecido a un viaje en el tiempo que se puede llevar a cabo en un fin de semana y sin levantarse del sillón, como no sea para cambiar el disco. Y por el mismo precio, recordé el relato de mi abuela sobre su asistencia infantil al circo de Buffalo Bill: tengo que encontrar algún artículo al respecto, pues me interesa más que el Cirque du Soleil.

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