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BARCELONEANDO

La guerra de las burbujas

Vivimos en un lugar, un mundo, una sociedad, un sistema, donde se enredó a la gente haciéndole creer que podría tener una casa y al día siguiente la expulsaron a empujones de ella

Javier Pérez Andújar

Pesebre de la plaza de Sant Jaume.

Pesebre de la plaza de Sant Jaume. / JULIO CARBÓ

Estaba tan contento metiéndome en Twitter con las cosas de Torra cuando de repente vi la noticia de los desahucios. Catalunya es un país con 28 desahucios cada día, según las últimas estadísticas. Es la comunidad autónoma donde más hay, pues concentra el 22% del total. Durante el tercer trimestre de este año se ejecutaron 2.531. Buena parte, en Barcelona, y la mayoría por impago de alquiler. Vivimos en un lugar, un mundo, una sociedad..., en realidad, un sistema, donde se enredó a la gente haciéndole creer que podría tener una casa, y al día siguiente la expulsaron a empujones de ella, pues era mentira, y encima se quedaron con su casa y con su pasta, y ahora están echando a patadas de los sitios donde viven alquilados a quienes renunciaron o no pudieron pagarse un piso.

Le llaman burbuja como si fuera una copa de cava o de champán, como si hubiera que brindar por ello. Hubo una época en que el último anuncio del año que salía en televisión era una exaltación de las burbujas. Aparecían bailarinas vestidas de dorado representando el burbujeo, la felicidad. Si ahora alguien tuviera que disfrazarse de burbuja lo haría con harapos. El fin de año ya no es lo que era. Qué fin de año, ¡si aún no ha acabado el que empezó en 2007! Y va para largo.

Si ahora alguien tuviera que disfrazarse de burbuja lo haría con harapos

Las navidades también son otra cosa. Basta con ver el pesebre que ha montado esta vez el ayuntamiento. Y sin embargo, nunca hubo en la plaza de Sant Jaume un nacimiento tan pegado a la realidad, que explique tan claramente lo que está ocurriendo. Porque lo que se ve ahí es un desahucio, una casa de la que sus moradores han sido expulsados. Una mesa, unas sillas sin nadie, dispuestas para una comida, para una cena, que han dejado de pertenecer a la gente que las celebraba. Perderemos antes a nuestros vecinos que el catálogo de IKEA, de eso también nos advierte el Belén de este año.

¿De qué vale salvar los muebles si no queda nadie para servirse de ellos? Entra uno en Milanuncios.com, y está lleno de empresas dedicadas a vaciar pisos afectados por derribos, demoliciones y desahucios. ¿Cómo se ha convertido la palabra desahucio en sinónimo de las otras dos? Y si seguimos navegando en ese sitio, empiezan a aparecer casas especializadas en la compraventa de muebles de desahucios. ¿Conocen “Embargosalobestia: tienda online de gangas y chollos”? Existimos a lo bestia. Antes de ser recolectores cazadores fuimos carroñeros.

Lenguaje desahuciado

Lo mismo que a los muebles les sucede a las palabras. También nos han desahuciado del lenguaje, ya no lo habitamos, quiero decir, hemos dejado de conocerlo, y apenas conservamos a la intemperie un puñado de sustantivos y algunos infinitivos. Construimos el universo con cuatro palabras del mismo modo que el halcón peregrino, que ha buscado alojamiento en las tres chimeneas de la Fecsa, cota: 80 m de altura, hace su nido con cuatro palos y dos piedras. Pero lo que a esta ave le es suficiente para seguir volando, en nosotros muestra los restos de un naufragio.

¿Quién utiliza hoy, por ejemplo, la palabra derrelicto? Cuando más falta nos hace en las comparaciones, cuando más se parece a todo por lo que nuestros mayores lucharon. Diciendo derrelicto se nombra al barco semihundido y a la deriva, o a lo mejor varado, o embarrancado, con las velas desgarradas y escorado, el que sale en tantas ilustraciones y películas de naufragios. Pero vivimos en un buque abandonado, en un velero fantasma en medio de la niebla (nubes oscuras que nos impiden ver), hemos disfrazado el no saber de osadía, decimos orgullo cuando lo que hay solo es arrogancia, lo que en el fondo es cobardía lo hacemos pasar por audacia, y nos escondemos detrás del prestigio de los otros como si fuera el nuestro. Pues cómo, si no de esta manera, un diputado elegido democráticamente, representante del pueblo, poseedor de una diplomatura y de un máster universitarios, puede en el Congreso confundir onceavo con undécimo, y al ser corregido poner por excusa: es que soy de barrio.

Con los muebles sucede como con las palabras. También nos han desahuciado el lenguaje, ya no lo habitamos

Nadie como la gente de los barrios se dejó tanto la piel a tiras para que sus hijos tuvieran acceso al colegio y aprendieran a llamar a las cosas por su nombre. Quien posee el lenguaje posee la realidad. Qué otra manera de ser leal a tanta lucha, a tantos padres y madres unidos, encadenados por los brazos ante las excavadoras, en los descampados, destrozados a la larga por enfermedades y deformaciones de esa explotación a la que se llama trabajo, qué mejor manera se tiene de darle sentido a todo lo que hicieron, qué otro modo de no traicionarles (si no en su capacidad porque no se tiene, sí en el espíritu, en la idea que los movió), qué mejor muestra de nobleza y adhesión que hacer bien lo que nos encomendaron y confiaron, lo mejor que esperaban de nosotros.

Aprender. Cuánto debe doler a un padre, a una madre, decirle a su hijo, a su hija, estudia para que el día de mañana no seas como tu padre. Terrible ejemplo decir: no seas como yo. Ni Cristo tuvo valor de soltar eso. Ahora estudiar ha caído en el desprestigio. Preferimos las burbujas.

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