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BARCELONEANDO

Una ráfaga de tramontana daliniana en la Gran Via de Barcelona

El Hotel Palace anticipa su centenario con un homenaje al genial pintor de Figueres

Olga Merino

De izquierda a derecha, Marc Mallasen, chef de El Palace, Jaume Subirós, chef de El Motel, Jean Marie Le Gall, director del Hotel Palace, y Quim Vila. 

De izquierda a derecha, Marc Mallasen, chef de El Palace, Jaume Subirós, chef de El Motel, Jean Marie Le Gall, director del Hotel Palace, y Quim Vila.  / FERRAN NADEU

Una servidora, que pertenece a la tribu de los homínidos nostálgicos, no termina de acostumbrarse a llamar Palace a lo que fue el Ritz, tal vez el hotel más emblemático de Barcelona, con sus lámparas de lágrima, sus molduras doradas y su nutrida colección de fantasmas ocultos tras los cortinajes. Por citar a unos pocos de entre sus huéspedes, allí se alojaron Heinrich Himmler, el jerarca nazi de las SS; Joséphine Baker, la Venus de bronce; Walt Disney, Ava Gardner, Xavier Cugat y, por supuesto, Salvador Dalí, el personaje escogido para conmemorar el año que viene el centenario del establecimiento, situado en el número 668 de la Gran Via, en el espléndido chaflán de Llúria.

Pues bien, como preludio a los festejos por un siglo de vida, el director del hotel, Jean-Marie Le Gall, ofreció en la noche del miércoles una cena homenaje a Dalí con un menú diseñado y elaborado por Jaume Subirós, del Motel Empordà, según los gustos culinarios de su genial paisano, el que mantenía enhiestos los bigotes con jugo de dátil. Así, a lo largo del año 2019, el Palace ofrecerá a sus huéspedes y al público local una actividad denominada 'Dalí Experience', que incluirá una visita guiada por el edificio y sus salones explicando anécdotas del pintor de Figueres.

El gran provocador del siglo

Durante la velada del miércoles, Josep Playà, autor del libro 'Dalí esencial, el gran provocador del siglo', compartió con la veintena de comensales algunos de los lances protagonizados por el creador de los relojes blandos -se inspiró, por cierto, en un queso camembert derretido sobre la mesa- mientras se hospedó en la habitación 108 del hotel, la suite que hoy lleva su nombre. Anécdotas o 'performances' como la que montó una tórrida mañana de julio de 1971, cuando cinco arrieros tuvieron que subir a pulso por las escalinatas del recinto, entre gritos y empujones, el caballo blanco disecado con que el pintor quiso obsequiar a Gala por su cumpleaños. O el día en que metió a dos modelos en una bañera, las cubrió de joyas y les echó por encima una saca de caracoles y babosas. Por no hablar de la romería de efebos, hippies, millonarios y otros especímenes extravagantes que desfilaban por la 108 a la hora del té.

Subirós, chef y propietario del Motel Empordà, recordó que durante una temporada, cuando Dalí atravesaba su declive, tras la muerte de Gala y el incendio de 1984 en el castillo de Púbol, le preparó diariamente la comida en los fogones del restaurante. Se lo pidió Descharnes, el secretario y biógrafo: "Subirós, m’heu d’ajudar". Por entonces, el estómago del pintor ya solo toleraba colaciones ligeras —pescados blancos, alguna tortilla, sorbete de menta—, alimentos muy diferentes a los degustados por los asistentes al homenaje, que consistió en una apoteosis de sensaciones gustativas, con perdón por la cursilería. Parfait de langostinos, lubina al horno con butifarra o liebre 'à la royale', un asunto de arte mayor que Néstor Lujan consideraba “la pieza gastronómica de pelo más exquisita de la cocina”.

Fue el cocinero Josep Mercader, suegro de Subirós, quien abrió el Motel Empordà en el verano de 1961, al pie de la carretera nacional, puerta de entrada obligada para el turismo que entonces comenzaba a aflorar hacia las costas. Un tipo genial que, adelantándose a la cocina creativa, inventó un aperitivo tan insólito como delicioso: las raspas de anchoa fritas. Josep Pla, asiduo del restaurante, donde ocupaba la mesa número 26, le dedicó una estupenda semblanza en Escrits empordanesos.

Dalí, con el caballo disecado que le regaló Gala, en su habitación 108 del Ritz. / 

Se da la circunstancia de que Pla y Dalí, dos 'homenots' irrepetibles, llegaron a entablar cierta amistad a pesar de ser tan distintos. El prosista atrincherado en la sorna inteligente, frente al pintor de la 'rauxa' y la sed de dinero; André Breton lo llamó despectivamente Avida Dollars. Al parecer, la primera ocasión en que se vieron, Pla repitió varias veces durante la charla la frase “aquests bigotis acabaran fent forat!”. Desde luego, el de la boina escéptica no se equivocó en el pronóstico.