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Una enigmática 'lady anatomista' recala en Barcelona

Media docena de mujeres alumbraron el Siglo de las Luces diseccionando cadáveres y tal vez una de ellas aparece ahora en la ciudad

Carles Cols

Víctor Gómez, junto a su lady anatomista.

Víctor Gómez, junto a su lady anatomista. / JUAN CAMILO MORENO

Una lady anatomista ha recalado en Barcelona. Bienvenida sea. Puede que sea por primera vez en la historia de esta ciudad que esto sucede, porque las ladies anatomistas son una singularidad prácticamente exclusiva de Italia y Francia, que las tuvieron por ejemplo en las figuras Anna Morandi (1716-1774), primera mujer en Europa que accedió al título de profesora de anatomía; Marguerite Biheron, que hizo sus pinitos como ladrona de cadáveres y terminó como proveedora oficial de modelos anatómicos para la zarina Catalina II, y Marie-Geneviève-Charlotte Thiroux d’Arconville (1720-1805), que como las dos anteriores trabajó directamente con cuerpos para profundizar en sus conocimientos científicos, pero que, además, dejó para la posteridad un estudio sobre la putrefacción que quita el hipo y, por supuesto, el hambre. La lady anatomista de Barcelona es un cuadro sorprendente e inesperado. Lo adquirió el anticuario Víctor Gómez hace un par de meses en una reñida subasta de la sala La Suite y, desde hace un par de semanas, esta pintura sobre madera de 40 por 32 centímetros está siendo restaurada en un taller especializado de la calle de Avinyó. Quién es esta anciana que con una gubia explora el cerebro de un bigotudo decapitado es aún un misterio, pero el cuadro, de la mano de Víctor, su dueño, de Alfons Zarzoso, historiador de la medicina, y de Mati Blanch, encargada de la restauración, invita a un viaje tan alucinante como el de Asimov. Vámonos.

La 'lady' fue subastada hace un par de meses y anda ahora metido en un 'lifting' en un taller de restauración

Del cuadro no se conoce aún la autoría. Lo que parece una firma, abajo, a la derecha, es de momento ininteligible. Sí, en cambio, la más que probable procedencia. Italia. Detrás, directamente sobre la madera y en una caligrafía poco elegante, parece que puede leerse algo en la lengua de Danterighelli, es decir, los gobernantes, aunque después confunde el hecho de aparezca el nombre de Verone, con e final, tal y como se escribe en francés el nombre de la ciudad del Véneto. Pero la lady anatomista, si es que fuera italiana, hace tiempo que emigró. Llegó a la sala de subastas procedente del vaciado de una finca señorial cercana a Barcelona. Allí compartía paredes con una larga colección de pinturas religiosas. Era una imagen disonante, sin duda. Entre vírgenes y mártires, una anciana con un cráneo descorchado entre las manos. Fue tal vez allí donde el cuadro fue objeto de una anterior restauración a la brava, barnizado de arriba abajo, probablemente para detener el paso del tiempo. ¿Cuánto? Tres siglos, tal vez. El instrumental y el contexto sugieren que es una obra del XVIII, aunque solo un análisis químico podría descartar que no sea posterior. Lo que es indudable es que no es una falsificación.

Víctor Gómez, Alfons Zarzoso y Mati Blanch, frente a la pintura / DANNY CAMINAL

No es Morandi ni Bieron ni ninguna de las otras pocas ladies anatomistas conocidas hasta ahora, concluye Zarzoso. Es una misteriosa nueva anatomista del Siglo de las Luces (en caso de que esa sea su época), un siglo en que la razón se impuso sobre la superstición, pero de ahí a aceptar que las mujeres diseccionaran cuerpos había todavía un trecho. Eso es lo raro de la escena.

Espera en radiología

La cuestión es que Víctor Gómez salió de la sala de subastas con una pieza insólita bajo el brazo y con ella que se fue a un instituto radiológico. Aguardó su turno entre gente escayolada. Le miraban raro. Su paciente era el cuadro. Cuando fue su turno colocó a la lady en la camilla. Los rayos X revelaron que no se escondía nada tras la pintura a la vista, ni siquiera un arrepentimiento del autor. La mujer parecía más anciana en la radiografía, como si hubiera sido objeto de un leve rejuvenecimiento después. Nada más.

El cuadro, antes de la restauración.

Blanch, la restauradora que ha pasado horas ante la lady, destaca del cuadro que la mano que sujetaba el pincel mostró su mejor oficio en la cara. La sala de subastas situó el cuadro bajo el paraguas de la escuela holandesa. Quién sabe. Zarzoso destaca la intención, el gesto de la anatomista, zurda, que con los dedos sujeta la gubia con la posición de la pinza. “Está ahí la metáfora clásica de la capacidad del ser humano de descubrir y acceder a la obra perfecta de Dios”. Pero este historiador de la medicina (es lo que tiene su oficio) aporta luz sobre los detalles menos trabajados del cuadro.

El cuadro tiene dos claras referencias a la obra magna de Vesalio, autor de la Capilla Sixtina de la anatomía en el siglo XVI

Primero, los otros dos instrumentos quirúrgicos que aparecen sobre la mesa. Uno es un escalpelo o una pequeña sierra. El otro podría ser un gancho separador, aunque está más cerca, por su aspecto, de ser un extractor de balas. Más interesantes son los otros elementos, el esqueleto situado a la derecha y, sobre todo, la testa decapitada. Zarzoso, con la ayuda de una colega estadounidense, revela que es una copia fidedigna de una de las láminas de lo que podría considerarse las cuevas de Altamira o la Capilla Sixtina de la anatomía moderna, De Humani Corporis Fabrica, la obra cumbre de Andrés Vesalio, el hombre que logró que la ciencia y el arte se dieran la mano. Hasta tiene el mismo bigote. Y lo mismo sucede con el grotesco esqueleto situado a la derecha, que sonríe y saluda con la mano izquierda, inspirado en los esbozos que Jan van Calcar hizo de los cadáveres que el propio Vesalio diseccionaba en Padua, unos trabajos que en el siglo XVI debieron causar tanto o más estupor que las labores de plastinación que lleva a cabo Gunther von Hagens con cadáveres reales y que exhibe bajo el título Human bodies, actualmente, por cierto, en Barcelona.

El cráneo diseccionado por Vesalio en el XVI, reproducido en el cuadro de la 'lady' anatomista.

Como la lady anatomista recién aparecida en Barcelona tiene tanto de Vesalio, este merece una breve aproximación, como propone Zarzoso. Nacido en Bruselas en 1514, este anatomista e investigador insaciable, que se merecería ya mismo una serie en Netflix, con solo 23 años y un día después de su graduación realizó una disección completa de un cadáver, detalló los órganos uno a uno y explicó paso a paso las técnicas que había empleado. Saltó a la fama, no solo por su osadía, sino porque de repente sacó de decenas de errores a los anatomistas de la época, que basaban sus conocimientos en los estudios de Galeno, hasta entonces indiscutido referente de la Roma clásica, que había viviseccionado monos y puercos y había supuesto que los órganos humanos eran idénticos.

Costó un mundo que la ciencia rompiera con la herencia errónea de Galeno, que diseccionó monos y puercos y dio por hecho que los humanos eran iguales anatómicamente

Nunca sufrió escasez de materia prima para el estudio. Cuando no era un juez el que le proporcionaba cuerpos de asesinos ajusticiados por sus delitos, acompañaba a las tropas de Carlos V y Felipe II al campo de batalla. Ya lo había dicho Hipócrates, “la guerra es la mejor escuela del cirujano”, y del anatomista, se podría añadir. El caso es que fue una celebridad, un adelantado a su época, tanto que, ¡ay! cuando el hijo de Felipe II, el príncipe Carlos, uno de los austrias más chiflados de la historia, otro que se merece una serie, se hirió gravemente en la cabeza cuando perseguía a una criada, Vesalio le practicó una trepanación. La historia cuenta que el príncipe salió de aquella intervención peor de lo que ya estaba, mucho más cruel aún, si eso era posible. A la medicina aún le quedaba mucho por descubrir, y es aquí donde emergen, dos siglos más tarde, las ladies anatomistas, porque su labor no fue simplemente, por ejemplo,realizar moldes en cera de los órganos para su posterior exhibición o uso académico, tarea en la que Morandi brilló con luz propia, sino que fruto de su pericia llegaron a descubrir detalles que a Vesalio se le habían pasado por alto, como el músculo oblicuo del ojo, por citar un caso atribuible también a Morandi.

De la lady anatomista recién empadronada en la colección particular de Víctor Gómez muy poco más se sabe. Tal vez la limpieza paciente de la inscripción posterior dará más pistas próximamente. A los pocos que hasta ahora han podido observar de cerca el cuadro les puede asaltar la duda lógica de que a lo mejor es un hombre con facciones muy femeninas. Algunas dolencias genéticas conducen a ello. Zarzoso, consultados otros expertos, no cree que este sea el caso. “No se puede afirmar con rotundidad que sea una mujer, pero es una hipótesis muy atractiva y, además, plausible”. O sea, que bienvenida a Barcelona.

Morandi y Bihéron, dos pioneras con vidas de película

Fue una tuberculosis lo que hizo de Anna Morandi (1716-1774) la primera profesora de anatomía del mundo. No la sufrió ella, sino su esposo, Giovanni Manzolini. Hasta entonces, ella era solo la más eficaz ayudante del taller en que Manzolini diseccionaba cadáveres. Morandi era la encargada de realizar unas muy realistas reproducciones en cera de los órganos internos, apreciadas por los profesores de anatomía para poder impartir clases y, también codiciadas por parte de la realeza europea. Tuvo la chispa de emplear ceras de colores. El realismo era notable. Pero tuvo que superar, por supuesto, el repelús de trabajar con cuerpos inertes. Fue una fortuna para la historia de la ciencia que lo lograra, pues cuando su marido cayó enfermo, la Universidad de Bolonia decidió concederle de inmediato un permiso especial para que, siendo mujer, pudiera impartir clases de anatomía. Tras la receta de pasta, el cineasta Pasolini, el cantante Lucio Dalla y el árbitro Pierluigi Collina, hay que aceptarla en la lista de boloñeses célebres. En el Palazzo Poggi de Bolonia atesoran en una urna de cristal un autorretrato en cera de Morandi.Ahí esta ella, vestida de época, con, cómo no, un cráneo abierto sobre la mesa, en idéntica posición que la lady anatomista de Barcelona. Hasta el gesto de pinza de la mano izquierda es el mismo, eso sí, sin instrumental, que desapareció en algún momento de la historia de esta pieza.

Autorretrato de Anna Morandi, en cera y en plena disección / PALAZZO POGGI DE BOLONIA

La literatura cientifica del siglos XVIII da fe de que las venus anatómicas que manufacturaba la francesa Marguerite Bihéron (1719-1795) eran obras maestras. No se conserva ninguna de aquellas esculturas que, como puzle, permitían a los estudiantes desmontar figuras femeninas de tamaño natural y familiarizarse con los órganos internos. Lo suyo era más que una vocación. Comenzó su inmersión científica robando cadáveres de las morgues militares, pero como le ocurrió a sus contemporáneas, le resultó frustrante el proceso de la putrefacción. Fue así como llegó también a la solución de las reproducciones, pero no en cera, como Morandi, sino con alguna mezcla de materiales que hoy en día se ignora que las hacía más resistentes e inalterables al calor. No le fue mal. Con sus esculturas como equipaje, realizó un ‘tour’ invitada por las casas reales de Dinamarca, Suecia y Rusia. Algunos estudiosos sostienen que incluso dio clases de anatomía a Diderot. La historia, ya se sabe, la suelen escribir los hombres. Del autor de L’Encyclopédie todos se acuerdan. De su maestra Bihéron, apenas nadie.