Ejemplo del gótico catalán

Santa Maria del Mar, ni catedral ni de los pobres

Los historiadores del arte Joan Domenge y Jacobo Vidal reúnen todas las investigaciones realizadas sobre el templo en un solo volumen

Vindican la figura de Ramon Despuig y la singularidad de la edificación que empezó a levantarse por el perímetro con el dinero de sus ricos feligreses

Grabado de la entrada del paseo del Born de Santa Maria del Mar con la primera drogueria de la familia Uriach. 

Grabado de la entrada del paseo del Born de Santa Maria del Mar con la primera drogueria de la familia Uriach. 

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Natàlia Farré
Natàlia Farré

Periodista

Especialista en arte, patrimonio, arquitectura, urbanismo y Barcelona en toda su complejidad

Escribe desde Barcelona

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Es un edificio magnífico. Es el ejemplo máximo de la arquitectura del gótico meridional. Es el paradigma en alcanzar espacios grandes y diáfanos con pocos medios. Vamos, es la construcción que define por antonomasia, junto con las catedrales de Girona y Palma de Mallorca, el gótico catalán, meridional o mediterráneo. Los tres adjetivos son válidos. Úsense al gusto del consumidor. Pero no es, ni de lejos, la catedral de los pobres. Pues ni es sede de obispado ni la levantaron gentes con pocos recursos. Todo lo contrario, dinero había, y mucho, por eso se construyó en tiempo récord: solo 55 años. Características todas, montante, tiempo y estilo que definen la singularidad de, cómo no, Santa Maria del Mar.

La publicación celebra el 180 aniversario de la sede original de la empresa Uriach, una drogueria junto al Born

De la parroquia, que no seo, se ha hablado en cantidad y poco queda por decir, pero sí mucho por juntar. La última monografía dedicada al templo, hasta la fecha, data de la década de 1920 y lleva la firma de Bonaventura Bassegoda. Así que la Fundació Uriach ha decidido celebrar su 180 aniversario encargando un nuevo volumen a los historiadores del arte Joan Domenge y Jacobo Vidal. El porqué de que una farmacéutica dedique dinero y esfuerzos a la arquitectura es fácil de entender, frente al portal del Born, nació el ahora gigante de los laboratorios en 1838. No lo hizo a lo grande, facturando los 174 millones de euros que registró en el 2017, sino como una pequeña droguería. En lo que ahora es una tienda ('atelier' en el argot del Born) de diseño, zapatos, moda o helados, cerca del Fossar de les Moreres y del desaparecido puente que unía la iglesia con el Pla de Palau, no lejos de los vitrales que representan a los protagonistas de la guerra de secesión, Felipe V y el archiduque Carlos, se ubicaba el establecimiento de Rafael Vilaclara. Tienda en la cual, en 1838, entró como aprendiz Joan Uriach.

Aspecto actual del rincón donde se ubicaba la primera dorguería de la familia Uriach. / JORDI COTRINA

Ungüentos serializados

Un negocio próspero en la Barcelona del XIX, que lo mismo vendía plantas medicinales, que pintura y azúcar. El salto de droguero a empresario no tardó mucho y de ello tuvo la culpa la revolución industrial y el principio de los fármacos serializados. Hasta entonces los ungüentos se hacían a mano y con fórmulas magistrales, así que la mecanización sanitaria no gustó a los farmacéuticos que vieron su  futuro amenazado. Y no quisieron venderlos. Más avispados fueron los drogueros que no hicieron ascos a comercializar las medicinas fabricadas en el extranjero. De manera que a los pocos años, Joan Uriach se decidió a abrir el que fue el primer laboratorio químico-farmacéutico en España. Debutó en la Barceloneta, en la calle del Baluard, antes de trasladarse a lo que por entonces eran las afuera de la ciudad, el Clot.

Explicado el porqué lo suyo es explicar el qué: el libro. "Lo que hemos hecho es básicamente dar una visión unitaria del edificio, de la manera de construir y decorar. Damos una visión de conjunto y contextualizamos la iglesia dentro del campo arquitectónico del gótico meridional, además de poner en solfa todos los avances de las investigaciones hechas", explica Vidal. Así, el volumen reúne cosas que ya se sabían pero que se habían publicado por separado, como el hecho de que Santa Maria del Mar ni se construyó como era habitual: de la cabeza a los pies del templo ni se levantó sobre una edificación previa; y como el hecho de que Berenguer de Montagut fue el maestro de obras, sí, pero no el único (aunque salga en todas las novelas), ahí estaba también Ramon Despuig, que "si no tuvo más importancia que el primero como mínimo tuvo la misma", afirma Vidal.

Alta reta per cápita

En el gótico solía empezarse la construcción por el ábside y se iba edificando a medida que se derruía el templo anterior. Pero Santa Maria del Mar no se levantó sobre Santa Maria de les Arenes, que no era románica sino tardo-antigua, y lo que primero se hizo fue edificar el perímetro, capillas incluidas, no el ábside. El proceso constructivo ya lo estableció Cristina Borau a principios de la década del 2000, como Duran i Sanpere descubrió en 1960 la existencia de Ramon Despuig, pero Vidal y Domenge lo reúnen todo en un solo libro. Lo de las capillas, el número (tres por tramo cuando lo habitual es una o dos), y que fueran el inicio de la iglesia no es baladí pues refleja el mucho dinero que sufragó su construcción: los que pagaban querían un espacio para asegurarse la memoria y la eternidad. Las aportaciones llegaron de la gente del barrio, por entonces un vecindario mercantil con gente vinculada al comercio, los gremios, la corona y la iglesia. Y un vecindario que crecía económica y socialmente. O lo que es lo mismo, un vecindario con una alta renta per cápita: "Por eso pudo construirse tan rápido, solo se tardó 55 años, ahora puede parecer mucho pero en la edad media, los grandes edificios tardaban siglos en levantarse", apostilla Vidal. Ahí está la catedral de Barcelona, que se inició en el XIII y se acabó en el XX.

La fachada principal de Santa Maria del Mar. / FERRAN SENDRA

La rapidez en ser edificada le da una de sus características: la unidad de estilo. Gótico catalán. Eso significa una arquitectura que dilata el espacio en lugar de compartimentarlo. "Una arquitectura racional y limpia que da una gran sensación de amplitud. Se consigue dando casi la misma altura a todas las naves y construyendo con unos pilares delgados y octagonales que no dejan espacio para los nervios de las bóvedas de crucería", explica Vidal. No solo eso, en Santa María del Mar hay solo cuatro parejas de pilares, lo que es casi nada. Por eso el historiador Pierre Lavedan hablaba en el siglo pasado de la "victoria más bella del espíritu sobre la materia", una forma poética de explicar que con pocas piedras se consiguió crear un espacio inmenso.

El terremoto de 1428

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El libro también repasa lo desaparecido, que no por conocido es poco doloroso. Durante los primeros días de la guerra civil ardió, como lo hicieron la mayoría de templos de Barcelona, y con las llamas desaparecieron tallas, retablos, pinturas, tapices y bordados. Por eso tenemos esa falsa imagen de espacio desnudo. "Historiográficamente se ha resaltado su belleza racional y abstracta, su armonía de volúmenes, su arquitectura desnuda y su poca decoración. Es cierto en cuanto a estructura, pero no a la hora de vestir la arquitectura. Fue llenada de obras como todas las iglesias para que los servicios litúrgicos tuvieran la solemnidad y la pompa necesarias". No en vano, en Santa Maria del Mar trabajaron los mejores artistas de Catalunya del gótico hasta el siglo pasado. Así, Bernat Martorell pintó el retablo gótico del altar (en gran parte desaparecido), Francesc Via realizó los objetos de plata y los hermanos Masriera hicieron algunos vitrales. Con todo, merece un capítulo aparte Antoni de Llonyi.

El maestro vidriero realizó el actual rosetón en el siglo XV, años después de que el terremoto de 1428 tirará el original que se llevó por delante a un buen número de feligreses el día de la Candelera. Salieron por piernas con los primeros temblores, de haberse quedado dentro, no les habría pasado nada. La parroquia, que no catedral, resistió y resiste.