26 oct 2020

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BARCELONEANDO

Larga vida a los juegos de mesa

Un tablero y unos dados bastan para orillar todo lo malo que puede llegar a pasar fuera de nuestra casa

El Catan es el rey del salón y exige diálogo para ganar, el que se echa de menos entre los que quieren ser alcalde

Carlos Márquez Daniel

Jóvenes jugando al juego de mesa Catan en Barcelona

Jóvenes jugando al juego de mesa Catan en Barcelona / ELISENDA PONS

Barcelona, la ciudad de los Juegos. Los olímpicos del 92, claro, esos que nos pusieron en el mapa, que le dieron un vuelco a los barrios, que descubrieron el mar y cavaron rondas; que pincelaron plazas duras, que dibujaron un enorme ‘hola’ en Montjuïc que empezó a traer volquetes de turistas. Muy bien todo. Según se mire. Pero esta es también ciudad de juego, en singular aunque también en plural, porque se disfruta en familia, en confianza, sin dorsal, ni podio, ni liturgia alguna que emane de la Grecia antigua. El estadio, una simple mesa. Pero también la calle, donde basta una una esquina en la que dé el sol, como la que se llena de dominó muchos días frente a la Sagrada Família, en el parque de la plaza de Gaudí. Los participantes de todo ello: padres, hijos, abuelos, compañeros de piso, de residencia, de hospital, de universidad, de casal. Gente que se aprecia y que se perdona a medias las humillaciones. Lo que pasa en el tablero, se queda en el tablero. Aprovechando que este fin de semana se ha celebrado el Festival Dau, el Mobile World Congress de los juegos de mesa, hoy rendimos homenaje a las fichas y los dados que nos han visto y nos ven crecer.

En Sant Andreu, en la Fabra i Coats, la antigua fábrica fabril, gigantesco contenedor cultural desde septiembre del 2012, estaban citados expertos y recién bautizados en la materia. Para participar en partidas y disfrutar de exhibiciones. Y para tomar nota de cara a redactar la siempre difícil carta a Papá Noel y a los Reyes Magos. El juego, como rezan los organizadores del evento, que ha celebrado su séptima edición, "es la única actividad de creación en la que el receptor final siempre es el protagonista absoluto". Bien visto, y es de valorar en una Barcelona que intenta potenciar la participación mientras la ciudadanía suficiente tiene ya con que su casero no le sangre con el alquiler. Por eso el juego de mesa es tan pertinente. Porque como dicen los ateos sobre Dios, aliena de la rutina, de la realidad, y nos adentra en un confort temporal que viene muy bien en estos tiempos tan aciagos. Nos convierte en banqueros, en conquistadores, en una fichita redonda y asesina, en saltadores de ocas, en sesudos estrategas militares, en patosos cirujanos. Dados creadores de ilusión, pero también de vocaciones. Y sobre todo, estrechadores de vínculos.

Dados sobre un tablero de Catan, en el Dau / ELISENDA PONS

Bastaba una vuelta rápida por el Dau para darse cuenta del bien que estos trozos de cartón y plástico hacen a la gente. A los niños les inunda de ilusión, aunque a ellos todo les suele ir bien, como tiene que ser. Pero también los mayores, los que sí tienen preocupaciones -las que se esfuerzan en esconder a sus hijos- recuperan la inocencia ante un tablero, la competitividad bien llevada, la mirada pilla del que sabe que está a punto de asestar un hachazo a su rival. Entre todos los juegos de mesa destaca uno, el Catan, diseñado por el alemán Klaus Teuber. En la Fabra i Coats se ha batido el récord español de la partida con más participantes. Dice el compañero Antonio Madridejos, que de esto sabe casi tanto como de medio ambiente, que a día de hoy es lo mejor que hay.

Los organizadores del festival aseguran que este juego permite disputar "partidas siempre distintas, con finales inciertos hasta el último momento, competitivo pero con negociación indispensable". Cualquiera diría que estamos hablando de política, de las elecciones municipales de Barcelona de mayo del 2019. Bien les vendría a los Valls, Colau, Collboni, Maragall y los que están por venir batirse primero al Catan para darse cuenta de que la victoria no riñe con el diálogo. Les bastaría con pasearse por esta feria, donde no hay lugar para las malas artes que en los últimos tiempos han tenido a mal aposentarse en el pleno municipal. Derberían darse cuenta de que la vida es un juego. Y no hay mejor tablero que Barcelona