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El hombre que creyó en la ciencia ficción

Javier Pérez Andújar

Un lector con un ejemplar de Nueva Dimensión en la librería Gigamesh.

Un lector con un ejemplar de Nueva Dimensión en la librería Gigamesh. / RICARD CUGAT

Le debemos parte de lo que somos. Por supuesto, no era ese su propósito, y acaso ni siquiera fuese responsable. Pero la cultura tiene esos efectos. Es inútil citarle por su nombre, pues Domingo Santos no se había lanzado al universo con su nombre verdadero. Se llamaba de otra manera, pero esto qué más da. Lo cierto es que nació en Barcelona y en esta ciudad murió el pasado 2 de noviembre. Su salud hacía tiempo que era delicada. Dentro de un mes, el 15 de diciembre, hubiera cumplido 77 años. Domingo Santos fue, como autor, editor, antólogo y traductor, el gran promotor en España de la literatura de la ciencia ficción que entonces se escribía en todo el mundo (y también de toda la que la precedió). Cuidó y alentó a los autores locales, y sobre todo introdujo entre nosotros, y desde nuestra ciudad, a los maestros anglosajones. Es decir, a los número uno. De Robert A. Heinlein ya no se habla tanto; quizá su nombre vuelva a nuestras cabezas si se cita la película de Paul Verhoeven Starship Troopers o si se evoca aquel libro suyo, Forastero en tierra extraña, que se convirtió en una especie de Biblia hippie en el sentido en que también el Kama Sutra fue el equivalente ilustrado de las 1.080 recetas de cocina en los años de la liberación sexual (ahora nos hemos pasado a la liberación animal).

'Nueva Dimensión' fue la revista de ciencia ficción más bonita del mundo

El profesor de la UPC Miquel Barceló, otro destacado impulsor de la literatura de ciencia ficción, dijo que la escritura de Santos era “reflexiva y humanista”, que nos avisaba en el camino y que su estilo no estaba lejos de Heinlein. ¿En qué consiste alentar todo un universo en medio del vacío, quedarse flotando como el Coyote una vez pasado el precipicio? ¿Cómo puede cambiar a la gente una persona que lleva unos fotolitos a la imprenta? Cuando Domingo Santos se dirigía a los talleres de nuestra ciudad (¿se acuerdan de la palabra offset?) para divulgar la literatura de Philip K. Dick, el terremoto cinematográfico de Blade Runner ni siquiera existía en forma de guión, Dick era un autor poco considerado incluso dentro de la ciencia ficción que, como toda secta, es carne de ortodoxia, y únicamente un puñado de corazones románticos y solitarios (y que se negaban a echarle la llave a las puertas de la percepción), adoraba a quien hoy habita el santoral de la literatura hipster, a quien celebran hasta los más puritanos de las letras, a quien ahora se cita por delante de Asimov siempre que sale a relucir la materia. Acaso Asimov y Dick ya sean el equivalente de Chaplin y Buster Keaton cuando se habla de los clásicos del cine.

En una entrevista que le hizo su amigo Luis Vigil (otro de esa generación, a la cual se debe que aquí exista una contraliteratura en toda su naturaleza), Domingo Santos contaba que trabajaba por las mañanas en una entidad bancaria y que escribía por las tardes “porque uno, además de escribir, quiere comer... El día que los editores paguen lo suficiente a los autores por sus obras, tal vez me decida solamente a escribir. Mientras tanto, no puedo, quiero, ni me atrevo... Nunca me ha gustado tener que escribir por encargo cosas que no me gustan, solamente para subsistir”. Era el año 1970, y en ese momento Vigil y Santos se habían conjurado, junto con Sebastián Martínez, en la mayor aventura de la ciencia ficción que se ha conocido en este país. Hacía poco más de dos años que publicaban una revista mítica de tapas negras y formato cuadrado llamada Nueva Dimensión. (Nadie había hecho una revista cuadrada, excepto los asombrosos Pauwels y Bergier cuando crearon Planète en París, con la redacción en los Campos Elíseos. Planète fue la revista más fascinante de la historia dedicada al saber disidente, del mismo modo que Nueva Dimensión fue la revista de ciencia ficción más bonita del mundo).

Veníamos de la nada, de una ruptura cultural que pagaron muy cara nuestros pioneros

En los números de Nueva Dimensión los lectores rindieron culto a sus autores, aclamaron los dibujos de Beà, Frazetta, Maroto, Moebius, Sió, Steranko, Usero, ahí Jan sacó una de las primeras aventuras de Superlópez. En las páginas azules, Alejo Cuervo (hoy editor y dueño de la librería Gigamesh, templo de la ciencia ficción de Barcelona), vio publicadas sus cartas de fan. La revista salió durante 14 años, al final estaba solo Santos llevando el timón. Luego siguió lanzando proyectos desde diferentes editoriales. Y después escribió sobre los poderes mágicos de las piedras para los coleccionables de los kioscos; era recién entrado el siglo XXI y por fin las palabras ciencia ficción aparecían rotuladas en librerías hasta entonces inhóspitas. Este es el país del Cid campeador aunque lo vistamos de replicante. Hace años que hay un premio literario que lleva el nombre de Domingo Santos y otro con el título de una de sus novelas más célebres, Gabriel.

(El pasado lunes, día 12, murió Stan Lee a los 95 años. Ya saben, lo que venía después de Disney. Éramos nosotros quienes veníamos de la nada, de una ruptura cultural que pagaron muy cara nuestros pioneros. Junto con Domingo Santos, nos enseñó a modelar esa fantasía que nos hacía sentirnos nuevos.)

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