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Barceloneando

Todos a la cárcel

Dos personas que hacen voluntariado con presos fuera o dentro de prisión explican su experiencia

Pedro Cánovas dirige grupos de teatro y Marta López acompaña a reclusos en su salida de los centros

Toni Sust

López y Cánovas, el pasado viernes ante la antigua prisión para jóvenes de la Trinitat.

López y Cánovas, el pasado viernes ante la antigua prisión para jóvenes de la Trinitat. / FERRAN NADEU

Dos frases que Pedro Cánovas y Marta López suscriben. Una: en la cárcel hay gente que no tendría que estar en la cárcel. Dos: la gente que está en la cárcel atesora en un porcentaje mayoritario un origen humilde, muchos son pobres, hijos de barrios humildes, padres enganchados a la droga, de madres prostitutas, de familias sin futuro con un presente descorazonador. Gente a la que preferimos no ver, porque no nos gusta esa cara fea de la vida. También hay mala gente, claro está, que debe ir a la cárcel. De vez en cuando ingresa algún político corrupto. En los últimos tiempos también políticos del ‘procés’ independentista. Pero el patrón suele ser el de la miseria. Ricos en la cárcel, pocos o con estancias muy cortas, como subraya Cánovas mordiéndose el labio de la rabia.

Cánovas y López no quisieron rechazar esa imagen, no temen ver a los que están en la cárcel, a los que están cerca de dejarla, a los que empiezan a salir. Cánovas, de 77 años, y López, de 24, han tratado con presos. Ambos son voluntarios, con itinerarios distintos, que ayudan a los que viven en esa otra galaxia escondida o más bien apartada.

El caso de Pedro Cánovas es la prueba de que todos tenemos la opción de cambiar varias veces de vida en una sola. Ejecutivo de una empresa farmacéutica, responsable de un amplio equipo de profesionales, a los 55 años recibió de su hija el regalo inesperado de un curso de teatro. Y entró en esa dimensión a hurtadillas: sólo su secretaria sabía que aquellas tardes en las que se ausentaba iba a una escuela de teatro que le abrió otra vida. Pese a su edad, profundizó en su formación y de él se puede decir ahora que es un actor. Después, el ejecutivo farmacéutico y actor encontró un tercer mundo. No le faltaba contacto ni interés por los desfavorecidos, por la vida de barrio, por interés propio y por el de su esposa, farmacéutica en Nou Barris, una de las profesionales que se preocupó por los heroinómanos de los 80, a los que la metadona les dio otra oportunidad y que no eran bien recibidos en todos los establecimientos.

La ternura de los tipos duros

Cánovas acabó dirigiendo un grupo de teatro en la cárcel de la Trinitat, durante dos años, y luego, desde el 2007 y hasta ahora, ha hecho lo propio en la cárcel de Quatre Camins. Cuando lo explica, desprende satisfacción por lo vivido. Ha trabajado con presos convencionales, con drogadictos que se desenganchaban y desde hace unos años también con discapacitados intelectuales: marginales entre marginales, "lo que antes era el tonto, que suele ser víctima de los otros presos". El teatro les ha dado acceso a una mundo que desconocían y Cánovas ha visto cómo tipos duros, durísimos, “que se hacían el macho contándote cómo habían rematado a alguien en un atraco”, acababan mostrando un lado tierno que parecía inexistente a cuenta del nacimiento de un hijo. En general y por norma, coinciden Marta y Pedro, no se pregunta a nadie porque está en la cárcel.

Cánovas cuenta cómo de extraordinaria puede salir para este colectivo hacer salidas al teatro, o una cena en una pizzeria: "Nunca me ha pasado que alguno intentara escapar". También subraya la satisfacción que impregna a los presos y a sus familias cuando se representan las obras en las que han estado trabajando. Cómo lo que parecía imposible se hace realidad.

Hacerse los papeles

El de Cánovas es un periplo más largo, por lógica de edad, que el de Marta López, que, con sólo 24 años, es voluntaria de Justícia i Pau, aunque antes ya lo era de un programa idéntico y antecedente del de la entidad, denominado ‘De la prisión a la comunidad’, que dependía de la UAB, la UB y otras organizaciones. Su labor consiste en "acompañar a alguien que está a justo de salir de prisión y no tenga familia, o no tenga vivienda, que tenga complicado reinsertarse. Es gente que pasa del segundo grado a fuera directamente. Pasan de estar encerrados a la calle, sin pasar por el tercer grado (pernocta en prisión, de día libre)". López, que ha estudiado Criminología, completa ahora un posgrado sobre ejecución de medidas penales alternativas –alternativas al ingreso en la cárcel- ha acompañado ya a varios presos. Ahora trabaja por la mañana, con una beca, identificando proyectos sociales, por lo que lleva un mes largo alejada de su voluntariado.

“Se necesitan más voluntarios en prisiones y en centros de justicia juvenil”, dice Núria Fabra, coordinadora de la Taula de Participació Social

"Muchos tienen dudas sobre papeleo, si son inmigrantes ni siquiera saben dónde tienen que pedir el NIE”. Un matiz relevante y que resulta decisivo, dice, es que tengan o no allegados, y que estos quieran volver a verles.

Núria Fabra, coordinadora de la Taula de Participació Social, señala la necesidad de que haya más voluntarios, para el interior de las cárceles y para los que salen de ella, así como para centros educativos de justicia juvenil: "Se está poniendo en marcha un nuevo modelo de funcionamiento que permite más participación del interno y de sus familias".

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