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piezas clave de la ciudad

Mercados de los siglos XX y XXI: las despensas de Barcelona

Los 33 recintos construidos desde 1900 muestran cómo se alimentó la ciudad y su evolución social en un libro

Solo 5 instalaciones han desaparecido y muchas se construyeron a demanda popular o por decisión del alcalde de turno

Patricia Castán

La familia Vera Martínez, en su parada del mercado de Sant Andreu, en 1956.

La familia Vera Martínez, en su parada del mercado de Sant Andreu, en 1956. / FAMILIA VERA MARTÍNEZ

La reforma integral del mercado de Sant Antoniestrenado el pasado mayo, es el vivo ejemplo de la reinvención para encajar en los hábitos de consumo del siglo XXI: compras también por internet, comidas preparadas, párking subterráneo, puestos de venta enormes… en un edificio con la más moderna logística. En las antípodas, la historia de los mercados en Barcelona parte de pañuelos desplegados con la mercancía desparramada encima, de ‘cortadores’ de carne cuando aún no se hablaba de carniceros, de puestos minúsculos con el escaso producto que se pudiera vender al día en tiempos sin posibilidad de conservación de los alimentos más frescos, de minicestas de la compra solo para el consumo inmediato y de periodos históricos donde la comida escaseaba y los mercados fueron la despensa –a veces exigua- de la ciudad que se expandía. Todo ello cobra vida, ilustrando fascinantemente el desarrollo social y del consumo de Barcelona en el libro 'Mercats de Barcelona (segles XX y XXI)' (editorial Àlbum de Albertí-Institut de Mercats de Barcelona), que saldrá a la venta el próximo martes.

El volumen, plagado de escenas únicas en blanco y negro rescatadas de los archivos y de sagas tenderos en activo, da continuidad a un primer libro que se centró en los 12 mercados construidos en el siglo XIX (Encants, Boqueria, Santa Caterina, Born, Sant Antoni, Barceloneta, Hostafrancs, Llibertat, Concepció, Clot, Poblenou y Abaceria) como auténticas joyas arquitectónicas a base de hierro y con un valor patrimonial que garantizó su rehabilitación posterior y supervivencia. Pero la nueva entrega, que recoge la euforia constructiva del último siglo al ritmo que imprimía el crecimiento de los barrios, la demanda vecinal o la decisión de los alcaldes de turno –no siempre bien ponderada-  tiene el plus de ilustrar la evolución alimentaria de la ciudad en el último  siglo y cómo cada uno de sus 33 nuevos recintos ejerció un papel protagonista en los barrios y su cohesión.

El mercado del Ninot, durante su fiesta de inauguración, el 26 de enero de 1935. / AMCB

Ambiciones patrimoniales, influencias modernistas

Al igual que en los espectaculares mercados más antiguos de la ciudad, desde 1900 los equipamientos comerciales por excelencia de Barcelona surgieron en las primeras décadas con más ambiciones patrimoniales, y también con influencias modernistas, como el de Sarrià (construido cuando aún era un municipio independiente) o el de Sants, mientras que en la segunda mitad del siglo muchas de las construcciones fueron apresuradas y funcionales para dar salida a la pura necesidad de abastecimiento de los vecindarios. "Más de una veintena se hicieron entre los años 50 y 70 pero fueron muy importantes y reivindicados por los barrios, sobre todo en el Guinardó y Nou Barris", relata Genís Arnàs, coautor junto con Matilde Alsina.

La actividad económica de la ciudad fue dictando la irrupción de mejores vías de distribución de alimentos. Sants es el vivo ejemplo, donde la instalación de grandes fábricas a mitad del siglo detonaron un mercado a la fresca que creció tanto que se trasladó a la plaza de Osca (entonces plaza del Mercat), y que en 1864 llego a tener una estructura de cubierta y más de 500 paradas. Tras la anexión de Sants a Barcelona, en 1897, se retomó la idea de un gran mercado que finalmente se estrenó en la calle de Sant Jordi en 1913, aunque no todos los operadores podían pagar las tres pesetas anuales de canon y el consistorio tuvo que hacer un proyecto en 1915 “para dar vida y animación al nuevo Mercado” mejorando el urbanismo de la zona. Casi un siglo después, en el 2014, estrenó una reforma integral que lo ha convertido en el flamante mercado que es hoy, donde continúan sagas como los charcuteros Galinsoga, que pasaron de vender embutidos sobre un pañuelo en 1911 a la gran cansaladería que es hoy.

Pescaderías en el mercado de Sant Andreu, en la década de 1980.  / IMMUIMMB

No es la única: los Masclans de Sant Antoni, los Perelló del Ninot, o los Batllori de la Barceloneta, entre otros muchos, dan fe de la fuerza intergeneracional del amor a la sacrificada vida de mercado.

El Ninot, cuya construcción fue todo un parto y vivió tres inauguraciones por partes (la última en 1936), despega en tiempos de evolución de la gastronomía, durante la República, tras años de menús marcados por algunas verduras, legumbres, patatas y poca carne, sobre todo de cerdo. Pero las alegrías que recogía la nueva prensa especializada durarían poco ante las penurias de suministros durante la guerra civil, casi en ausencia de trigo, de patatas o de aceite. Un artículo de la época hablaba de cómo hacer una tortilla de patatas sin huevos ni patatas.  Los mercados eran el cordón nutricional de la ciudadanía, en paralelo al mercado negro que tuvo varios epicentros junto al Ninot. En este recinto debutarían rápidamente los puestos de ropa y utensilios de cocina que el ayuntamiento autorizó desde 1946. Hoy día, tras la reforma estrenada en el 2015, esa oferta se mantiene.

Buena parte de esa red de mercados, cuya supervivencia y volumen es una rareza en Europa, fue una evolución natural de los mercadillos callejeros que en muchos casos irrumpieron durante la República. Y si ahora es el top manta el que se ha enquistado en varias zonas de la ciudad, en aquel entonces y acabada la guerra civil, el gobierno municipal franquista quiso erradicar la venta ambulante y dignificar la actividad comercial. Lo ilustran casos como el del mercadillo de Atarazanas que pasó a llamarse del Carmen y aglutinar la actividad callejera en un mismo solar (Marqués del Duero). La prensa de la época testimoniaba que se había sacado de la calle un mercadillo “de visualidad de zoco marroquí”, pero poco después de su inauguración en 1950 la Comisión Municipal de Abastos descubrió con estupor como nuevos vendedores ambulantes tomaban los alrededores al calor de este. No sería hasta 1972 cuando se construyó el mercado municipal con 310 puestos. Tuvo una vida efímera, no obstante, porque la pérdida de clientes paulatina acabó con su cierre en el 2006. Es de los pocos, junto a Vallvidrera, la Sagrera, Núria y Port, que no lograron sobrevivir.

Dependientas y clientas en el mercado de Sarrià, en la década de los años 30. / AMDSG

La etapa de Porcioles

También hay un puñado de ejemplos planificados y nunca ejecutados. Solo entre 1962 y 1975 los autores han contabilizado 13, correspondientes a áreas urbanas en expansión: Can Ros, Infanta Carlota, Pedralbes, Can Caralleu, Ciutat Universitària, Escorxador, Santa Gemma i Turó de la Peira, Poble Sec i el Maresme, la Vinyeta, Can Baró y Pont del Dragó. Y eso que en la etapa del alcalde Porcioles brotaban casi como champiñones, nada más y nada menos que 18 entre 1957 y 1973.

La nómina siguió creciendo hasta el 2004, con Fort Pienc y la Marina como últimos ejemplos de los llamados mercados modernos. “La segunda parte del siglo XX estuvo marcada por las peticiones populares o la voluntad de los alcaldes”, pero siempre generaron “cohesión social” donde cuajaron, recuerda Alsina. En los años 80 y 90 irrumpieron los súpers, mientras que los ayuntamientos democráticos ya asumían su apuesta por la preservación de los recintos históricos. La primera rehabilitación llegó en el 93 (Sagrada Família) y le seguirían otras muchas, hasta la actualidad, con apenas una decena pendientes. Y decisiones tan polémicas como implantar supermercados en el interior de los mercados para atraer también al público joven y acaso tentarlo como relevo generacional que busca una compra integral.

Arnàs recuerda cómo el mercado de Canyelles (1987) marca “un punto de inflexión” porque ya no solo responde a una reivindicación vecinal sino también a un estudio previo de las necesidades de la zona y un plan de márketing. El autor afirma haber intentado “reflejar la ilusión en la forma de comprar, cocinar y consumir” de un siglo. De los dictados de la guerra a la posguerra o la actualidad. De los tiempos del bacalao para todos los bolsillos por su fácil conservación, al ‘boom’ del pollo tras la segunda guerra mundial y de la versión a l’ast en los años 60. De los nuevos sistemas de frío que permitieron llenar la nevera a la compra por ordenador.  De los micropuestos monotemáticos a las grandes paradas del siglo XXI, enfatiza ella, tras “evolucionar y sofisticarse la alimentación”.

Temas: Mercados