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BARCELONEANDO

La gente elegante

Esta semana Eduardo Mendoza ha publicado el primer volumen de su trilogía, titulado 'El rey recibe'

Javier Pérez Andújar

El escritor Eduardo Mendoza, durante la presentación de su último libro, El rey recibe.

El escritor Eduardo Mendoza, durante la presentación de su último libro, El rey recibe. / RICARD FADRIQUE

¿Se imaginan una película de Harold Lloyd contada por Cary Grant? Pues eso es una novela de Eduardo Mendoza. En el disparate de Lloyd, en el hombre que se agarra al tiempo como sea, está el sueño del caballero que sin despeinarse persigue a un leopardo por el jardín. Todo es desafío en Eduardo Mendoza. Se viste de frac para celebrar a Pío Baroja. Ha nacido para director de orquesta en la sinfónica de Viena y toca el acordeón crepuscular en el muelle de los pescadores. Solo un caballero puede hacer esto honradamente, y Mendoza es eso ante todo, un caballero de Ávalon con residencia en Barcelona. En su tabla redonda se guarda la mesa redonda, la mesa camilla de Baroja. Esta semana ha publicado el primer volumen de su trilogía, o lo que surja, titulado 'El rey recibe'. ¿Cómo reciben los reyes a sus caballeros? Nos lo enseñaron los pintores prerrafaelitas, puede verse en las obras de Burne-Jones, artista maldito y divino a la vez, como toda su hermandad. Su cuadro 'El sueño del rey Arturo en Ávalon' lo tuvo obsesionado, pintando y despintándolo, durante los últimos 17 años de su vida. Murió con 64. Hay algo que une en lo profundo a los miembros de la caballería, aunque solo se advierta superficialmente. Pero nunca son casualidades. Aquí es lo salvaje. Burne-Jones fue tío de Kipling, el autor de 'El libro de la selva'. El nuevo libro de Mendoza empieza con una frase de 'Tarzán de los monos', la serie de novelas de Edgar Rice Burroughs.

Antes de que las calles se llenaran de chándales y riñoneras, antes de que empezaran a verse por todas partes huchas sin ahorro, Barcelona fue una ciudad donde todo el que podía se esforzaba en ir bien vestido. Una camisa blanca cuidadosamente arremangada, un traje negro y una corbata negra para salir el domingo. La elegancia no era sinónimo de ostentación sino una manera de estar. Pero poco elegante se puede ser cuando la gente ya no está en ninguna parte porque se la ha expulsado de su mundo, de su clase a cada cual (y muchas veces la clase es lo único que tenemos), cuando se la ha echado del juego. Hubo un tiempo en que eran elegantes hasta los tebeos. Las portadas del primer 'Tío Vivo' resultaban el colmo de lo estiloso. Y no digamos los dibujantes del gremio. Por ejemplo, Nadal. Pero en Nadal la elegancia se queda en la forma, y esto es lo que diferencia a un elegante de un dandi. El dandi va hasta el final, ser elegante le cuesta la vida. En la serie de Nadal 'Mari Pili y Gustavito, todavía sin pisito', la pareja viste sin una arruga, es impecable en su peinarse, en la manera de sentarse; sin embargo tanta elegancia no les salva de sucumbir ante la vida cotidiana. Son solo elegantes, y viven atrapados por lo que les ocurre a diario. Esto es propio de todos los personajes de Nadal. Lo mismo le sucede a su Casildo Calasparra; a pesar de su pajarita, a pesar de su canotier a lo Manet, la vida familiar barrena con berrinches y disgustos su lucha por la elegancia. Pero es que la elegancia es el último refugio.

Para encontrar a verdaderos dandis en nuestros tebeos hay que ir a las historietas de Josep Escobar

Para encontrar a verdaderos dandis en nuestros tebeos hay que ir a las historietas de Josep Escobar. El creador del muerto de hambre de Carpanta, de la criada Petra y de los desaforados Zipi y Zape, fue capaz de llenar de dandismo a personajes como Don Óptimo y como Don Anito, el amo del perro Toby. Ambos se parecen en el bigote atildado, el traje pulcramente abotonado sobre la barriga deliciosamente esférica, en la armonía del sombrero; pero lo que les hace ir más allá de la propia elegancia es la sonrisa, a la que no van a renunciar ni siquiera cuando les amarran los ladrones de antifaz. A Don Óptimo, que jamás espera nada malo de la vida, Escobar pronto tendrá que buscarle la contrapartida de Don Pésimo, un tío cenizo. La felicidad por sí sola es poco elegante. Que se lo pregunten a Nash o a Wilde. Aún es más profundo el dandismo en Don Anito. Al igual que los viejos lores ingleses, Don Anito solo habla con su criada y con su perro. El mundo no importa. Cuando en 'La Gralla', la revista de Granollers, vemos sus primeras caricaturas, los autorretratos que se hacía Escobar antes de la guerra, antes de crear su universo definitivo, se descubre hasta qué extremo llevaba enraizado el amor a su propia elegancia juvenil, es decir, hasta qué punto Escobar era un dandi bajo el reinado de Alfonso XIII. En el libro 'El mundo de Escobar', de Antoni Guiral y Joan Manuel Soldevilla, se reproduce un recorte de 'La Gralla', que dice: "Sospitem que l'Escobar es un presumit, perquè aquest encert que ha tingut a retratar-se ell mateix, revela un perfecte coneixement de la seva fesomia i aquest només s'adquireix de cara al mirall". Cuentan que cuando Brummell, príncipe de los dandis, dio con sus huesos en la cárcel, lo primero que pidió fue un espejo. Por esto, es la literatura, es la novela, lo que hace elegante a una sociedad. Está en Stendhal, que cultivó el dandismo a través de la impertinencia. Dijo que la novela es un espejo que ponemos a lo largo del camino. Y por eso necesitamos tanto a Eduardo Mendoza.