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BARCELONEANDO

La vida en las esquinas

Javier Pérez Andújar

Fachada del cine Aribau Club, en la Gran Vía, cerrando recientemente.

Fachada del cine Aribau Club, en la Gran Vía, cerrando recientemente. / JORDI COTRINA

Acabo de ver que, en vez del sitio donde vivo, Barcelona es un lugar donde voy a comprar libros. Antes también era donde iba al cine, una ciudad que se transformaba al salir de una peli; pero las salas siguen cayendo como chinches. Se chapan cada vez más cines (el último ha sido el Aribau Club) y cada día se abren más tiendas de ropa. Iba a poner de ropa económica, pero en esas cadenas una camisa de moda puede costar lo que una entrada de cine. O viceversa.

Vaya, estaba a punto de decir que si no fuera por las librerías esta ciudad parecería el primer capítulo de la Dimensión Desconocida, “¿Dónde están todos?”, ese donde aparece una ciudad vacía, donde ha desaparecido todo el mundo excepto un tipo desesperado. Pero creo que me va mejor aquel otro episodio, el del oficinista de banco miope y apasionado de la lectura (o sea, doblemente frágil), que se queda solo en el mundo tras una explosión nuclear, que se queda absolutamente solo y con todo el tiempo por fin para él y con todos los libros por fin al alcance de su mano, pero que entonces tiene un accidente y se le rompen las gafas. Ambos episodios nos revelan que vivimos abocados a la impotencia, y que Twilight Zone es nuestro libro de Malaquías, que rebosa igualmente mensajes escépticos ante las falsas esperanzas, como el texto del profeta.

Barcelona es una ciudad de chaflanes habitada por gente en las esquinas

Barcelona es una ciudad de chaflanes habitada por gente de esquinas. La diferencia entre un chaflán y una esquina es la que va de una caja de ahorros a un pobre. La vida pasa a la vuelta de la esquina, y negar las esquinas es clausurar lo imprevisto, oponerse a todo lo que ocurre libremente. Nadie como Hergé nos ha explicado lo importante de un encuentro al girar una esquina. Así empieza Stock de coque, la aventura de Tintín de título más raro, molesto, inadmisible para un niño que no sabe qué quieren decir ni stock ni coque. Se abre el álbum y Haddock y Tintín salen a la calle desde la oscuridad de un cine. Se ha hecho de noche afuera. Y a punto de pasar esa página, al doblar Tintín y Haddock la esquina en la viñeta de abajo se dan de bruces con el general Alcázar. ¡Madre de Dios! Llevo cuarenta y cinco años o más volviendo las esquinas con esa ilusión. Nada más popular, más callejero que las esquinas.

Entre nosotros, en la cultura popular de Barcelona, quien mejor pilló la magia, lo apasionante de cada esquina fue el dibujante Manuel Vázquez. Todo Anacleto transcurre en una esquina (o dentro de una tubería), en sus historietas la alternativa a la esquina es el desierto opresivo, la nada sofocante como en la vida real. Anacleto, agente secreto, flequillo, colilla y pajarita (el hombre moderno en tres diminutivos), se pega de espaldas contra la esquina cuando se ha librado de un peligro y se le sale el corazón por la camisa, y si persigue a alguien trepa por las esquinas porque Vázquez es demasiado vago, demasiado artista, como para detenerse a dibujar toda una fachada con sus cornisas y ventanas, y los malos esperan a Anacleto con las manos en los bolsillos de la gabardina proyectando su sombra sobre la acera de cada esquina.

En Mortadelo y Filemón también el miedo empieza cuando salen de su casa (no hay otra, se lo advertía a los polis el sargento de Canción Triste de Hill Street: “Tengan cuidado ahí fuera”; lo decía la sintonía de Monk: “Hay una jungla ahí fuera”). Pero Francisco Ibáñez va a ser siempre un periférico, busca otra estética. La ciudad no le interesa, acaso porque no le acepta, aquí habría que estudiar cuál ha sido su papel histórico en Bruguera. Demasiado urbanas, demasiado auténticas de cualquier ciudad, Ibáñez ha preferido los muros a las esquinas. Detrás de un muro siempre hay un solar, un descampado, la exclusión. Solamente en un sitio así es posible el individuo. Ibáñez siempre se dibuja apartado en su mesa, sin otra compañía que sus personajes. La alternativa a las esquinas, el desierto de Mortadelo y Filemón, son las terrazas de los edificios, lo más cercano al espacio exterior que tiene la gente común.

Cuando le preguntaron qué libro le cambió la vida, dijo: "sin libros no hay libertad"

Mientras sea Barcelona un sitio de tebeos y de libros, una ciudad de bibliotecas y librerías, será un lugar donde respirar. Me di cuenta de esto viendo en YouTube un programa de la tele francesa donde visitaban la librería de l'Avenue, en Saint-Ouen, un local de fachada roja y desconchada a las afueras de París, junto a lo que fue un legendario descampado de vagabundos y de encantes. El librero, Henry Veynier, un señor de barrio, mayor, jersey de cuello de pico y camisa a rayas, hablaba con la honesta determinación de las clases populares. La voz frágil, el gesto firme. Cuando le preguntaron qué libro le cambió la vida explicó que los libros defienden la libertad y dijo: “sin libros no hay libertad”. Y mostró su viejo ejemplar de Roux le Bandit, de André Chamson. Es la historia de un pacifista de la primera guerra mundial que rehúsa ir al frente, y al que la sociedad proscribe por desertor, y tras acabar la guerra y conocerse los horrores todo el mundo empieza asegurar que siempre compartió sus ideas.

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