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historias del Distrito Primero

Si 'El ladrón de bicicletas' se hubiera rodado en el Raval...

Una curtida pareja de la calle Robador ofrece un retrato de la decadencia del barrio a partir del robo y recuperación de su bicicleta

Carles Cols

Marcello con la bicicleta, ya recuperada, en la calle Hospital de Barcelona.

Marcello con la bicicleta, ya recuperada, en la calle Hospital de Barcelona. / JORDI COTRINA

A Vittorio de Sica quisieran ver en el Raval rodando El ladrón de bicicletas, obra cumbre del neorrealismo italiano, las desventuras de un obrero al que le roban la bici, indispensable para su trabajo. La busca. Encuentra al ladrón, pero de nada le sirve. Impotente, termina por emputecerse. Roba otra bicicleta. Véanla. Los actores no eran actores. Eran gente de la calle, pero no del Raval. La semana pasada se relató en estas mismas páginas la historia de Butch, un vecino del Raval Sur en busca del Rolex que le birlaron a punta de navaja. El reloj aún no lo ha encontrado, pero sus pesquisas permitieron descorrer las cortinas de este tipo de delincuencia en auge, la de los ladrones de relojes. Un peliculón. Una bicicleta, claro, no es un Rolex, pero el caso es que a Sofía y Marcello, vecinos de la calle de Robador, les sisaron la suya. Su búsqueda, más exitosa, brinda otro cuadro perfecto sobre la encrucijada en que se halla este barrio.

El robo fue en el párking de la finca. Él presentó la denuncia. Ella fue a buscarla

La comisión de aquel delito no tiene mucha sustancia. La bicicleta estaba en el párking del edificio. Alguien se coló de noche y se la llevó, en brazos, porque por culpa de una avería en el freno la rueda trasera estaba bloqueada. Marcello (el nombre es ficticio, porque en el barrio ya ha tenido bastantes topadas con proxenetas, camellos, prostitutas y ocupas) denunció el robo ante los Mossos d’Esquadra. El ladrón se había colado en una propiedad privada. Motivo más que suficiente para dejar constancia en comisaría. A él le pareció que tocaba pasar página. Su pareja, Sofía, por supuesto también un seudónimo, dijo que ni hablar. “Ya voy yo a buscarla”.

Salió de casa con un mapa de las tiendas del barrio que reparan y venden bicicletas de segunda mano. Cosas de la fortuna, en la primera, la más cercana a su domicilio, vio al fondo una que parecía la suya. El dueño se rindió muy pronto. Ella le describió un par de detalles inequívocos de su bicicleta. Un embellecedor roto y una mancha. Él confesó. Se la había comprado por 20 euros a un tipo alto y canoso que se la trajo nada más levantar la persiana. ¡20 euros por una Derbi Rabasa con sillín con respaldo, un icono de los 80! En internet hasta cotizan al alza. A la pareja se la había traspasado una amiga que la conservaba desde su adolescencia. O sea, que al valor económico había que sumar el sentimental. Sofía le puso contra las cuerdas. “Tenemos dos salidas. O te denuncio a los Mossos d’Esquadra o la arreglas a tu cargo y me la devuelves como nueva”. Sofía mostró los arrestos que no tuvo Lamberto Maggiorani en la película de De Sica. El caso se resolvió a la ravaliense, es decir, tal y como cada vez más se encaran los problemas en un barrio en el que la sensación general es que el poder público no está cuando se le necesita.

La bicicleta, obviamente con más valor sentimental que económico / JORDI COTRINA

¿Punto final? ¿Final feliz? La bicicleta ya estaba en casa, pero como explican Marcello y Sofía y confirman las estadísticas oficiales (Guillem Sànchez adelantaba ayer mismo los preocupantes datos de este verano en Ciutat Vella) la situación en el barrio va a peor. La policía mide el problema con el número de denuncias y esta pareja lo hace con observaciones a pie de calle solo aptas para el ojo experto. Tiempo atrás, porque son muy insistentes, ya organizaron un tour para periodistas sobre los estragos que comenzaba a ocasionar el retorno de la heroína al barrio. Eso fue hace un año. Veían lo que sus acompañantes ni siquiera intuían. Por ejemplo, unas minúsculas botellitas de agua destilada tiradas en portales y parques, en apariencia nada relevantes, pero eran las que los narcopisos entregan a los heroinómanos para que disuelvan la dosis. Si había botellitas, cerca había jeringuillas, avisaban. Bingo. Acertaban.

Las pistas sobre cómo anda el barrio están a la vista, sobre el asfalto. Las fundas de móvil son el descarte de un hurto reciente

Este año, dicen, en el asfalto del Raval hay un objeto cuya presencia ha crecido exponencialmente, explica esta pareja. Son las fundas de teléfonos móviles. Con buena vista, hasta debería ser posible encontrar cerca las tarjetas SIM. “El otro día vi pasar a un tipo en bicicleta. Creí que le había caído algo. Se lo grité, pero no me hizo caso”. Marcello rebobinó mentalmente la escena y lo comprendió. Era la funda de un teléfono recién robado. Con una mano manejaba la bicicleta y con la otra, como un prestidigitador, le quitaba la funda para sacar tan pronto como pudiera la tarjeta al teléfono. El Raval es un circo de la golfería. Si tuvieran caballos, lo harían como una écuyère y el público aplaudiría.

Por primera vez desde que vinieron a vivir al Raval, sienten la inseguridad en carnes propias, miedo que antes era patrimonio casi exclusivo de los turistas. A eso ayuda, seguro, que ya van por el segundo hijo. Tiene un año de edad. Ellos se instalaron en las viviendas de protección oficial de la calle de Robador en el 2010. Le compraron el apartamento a una pareja que se rindió cuando, estando ella embarazada, les entraron en casa a robar. Eran de los primeros residentes, de los del 2007. Aguantaron tres temporadas de Raval, no más. No son los únicos de aquellos pioneros que se han rendido. Mentalmente, el Raval a veces agota. Visto con perspectiva, esta es la historia de un fracaso político descomunal.

En 1995, el Ayuntamiento de Barcelona decidió repetir en el Raval Sur lo que ya había ejecutado con notable éxito en otras zonas del distrito y del resto de la ciudad. Anunció la apertura de la Rambla del Raval, una vía ya prevista en tiempos de Ildefons Cerdà, pero jamás ejecutada. El urbanismo había demostrado ser una cataplasma efectiva en casos de degradación. No fue fácil. Menos aún ir más allá, a las callecitas interiores. De aquella segunda fase son los bloques de la calle Robador y de la plaza de Salvador Seguí. Hasta el 2012 no se inauguró en ese entorno la nueva sede de la Filmoteca de Catalunya. Entre el público de la sala y los vecinos de los nuevos bloques, sí o sí tenía que invertirse la tendencia, se supuso. En parte se logró, pero el hecho de que las parejas de nuevos residentes se rindan (Marcello y Sofía le dan vueltas a la idea) es una pésima noticia. Barcelona ya está en ese punto en el que el urbanismo ha perdido sus propiedades tereapéuticas.

El disparate

Porque no se acoquinan cuando hay peleas entre prostitutas frente al portal de su casa y se quejan por ello, a Marcello y Sofía han llegado a lanzarles huevos y tomates a las ventanas. Una suerte de mediador municipal les sugirió que, para poner fin a esas agresiones, lo mejor sería que fueran a disculparse. No hay emoticonos con cara de asombro suficiente para explicar cómo se lo tomaron. A lo mejor la próxima vez les proponen sumarse a un proceso participativo.

Marcello dice que en su Italia natal serían inimaginables algunas de las sorpresas que se ha llevado en Barcelona

No se ha explicado en los párrafos anteriores. Sofía es catalana, pero Marcello es italiano, lo cual viene al caso ahora porque, tras la sesión de fotos a la Derbi Rabasa en mitad de la calle del Hospital, explica que una de las características que más sorprenden de esta ciudad a un extranjero es su laxitud ante lo que en otras latitudes y longitudes (por ejemplo, Italia) sería considerado delito o anatema. “Hace unos días vino una patrulla de la Guardia Urbana porque un indigente bloqueaba la entrada de una tienda. Era evidente que no razonaba bien. El caso es que se acercó un segundo tipo a discutir con los agentes. Lo hacía con un porro en la mano. El policía se lo afeó, pero no hizo nada más. Eso, en Italia, es inimaginable. No es que no se consuma hachís, pero jamás de esa forma tan descarada”. Lo común -coincide en decir Marcello- es que cuando uno visita un país extranjero vaya primero con el pie en el freno, porque no se conocen los códigos de conducta, los límites de los socialmente aceptado. En Barcelona se entra con la quinta marcha puesta y a fondo. La sexta si es Ciutat Vella. Y este año, por lo que dicen las estadísticas de criminalidad y la percepción de los vecinos, mucho más.

Temas: Robos

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