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BARCELONEANDO

Homenaje a Pepe Gotera y Otilio

España es el país que ha convertido el hambre en su propia historia y en su propia literatura

Javier Pérez Andújar

Establecimiento de bocadillos en Barcelona.

Establecimiento de bocadillos en Barcelona. / CARLOS MONTAÑÉS

Me he pasado el verano a base de bocadillos, es decir, leyendo tebeos. En otros sitios a los bocadillos les llaman globos, y también les dicen nubecillas, porque son como bocanadas de humo. En esto último los italianos están muy acertados, la 'finezza' siempre será de ellos. Todo lo que se dice hoy acaba en humareda. A lo mejor, porque todo es humo hemos inventado los cigarrillos electrónicos; para vernos reflejados, agarrados a esa especie de micro mientras nos evaporamos por la boca. No es necesario encerrarse en una buhardilla para verlo, el retrato de Dorian Gray son los demás, lo dijo Sartre, pero en dantesco. Hoy nadie da un duro por el viejo Polifemo existencialista. Se equivocó en todo menos en la manera de escribir, y ahora no se leen las palabras sino a las personas.

Detrás de cada gran novela, detrás de cada gesta colosal asoma el esqueleto de la inanición

En España la historia nos ha tratado de otra manera. Somos más gente de bocadillos que de globos, o de nubes, o de humo. Da lo mismo que sea para entrar o para salir, si pasa por la boca es un bocadillo. Ñam. España es el país que ha convertido el hambre en su propia historia y en su propia literatura. Detrás de cada gran novela, detrás de cada gesta colosal asoma el esqueleto de la inanición. "La mejor salsa del mundo es el hambre", está grabado a fuego en el refranero y de ahí lo tomó Cervantes. También lo decía la pintura de aquel siglo de oro. Se ve en los 'Niños comiendo uvas y melón', de Murillo. Salen descalzos y poniéndose las botas como Rinconete y Cortadillo. Murillo es pintor de santos y de mendigos, de golfillos comiendo en la calle, deleitándose con un pedazo de pastel de carne y despiojándose en una celda. Quizá ha maquillado la monstruosidad, la fealdad, pero a eso se le ha llamado realismo. En realidad, no importa. El realismo es la realeza del pobre. En la misma época en que la alta sociedad, hastiada del realismo, se puso a comprar a golpe de talón cuadros abstractos para sus casas, las marujas llevaban en el monedero estampas con vírgenes de Murillo. Al principio, a las marujas se les decía marías. Hemos cambiado a María Zambrano por Maruja Torres, pero aquí debo reconocer que he leído mucho más a la segunda.

Hambre en los tebeos

¿Quién ha pasado más hambre en nuestros tebeos? ¿Carpanta? Mientras Carpanta se moría de hambre, el capitán Haddock se moría de sed. La sed, sobre todo si no es de agua, siempre ha parecido más moderna que el hambre. Y eso que Haddock es más viejo que Carpanta, le lleva seis años de diferencia. Aun así parece más joven todavía hoy. Al hambre de Carpanta, que era de soñar un pollo en bandeja, es decir, la hambre histórica de nuestros padres, le siguió nuestra generación, venida al mundo para jugar a lo gordo. Pero a lo que ahora llamamos gordo, entonces se le decía hermoso. Niñas y niñas rollizos. ¿Se acuerdan de Kinito? Era el muñeco de la Kina San Clemente. Al final del anuncio decía: "Da unas ganas de comerrr...", pronunciando una ere tan larga como los bocadillos de Otilio, el de Pepe Gotera.

Cuando íbamos al colegio, el bocadillo nos igualaba a nuestros padres, que iban a la obra o a la fábrica

A Kinito lo ideó José Luis Moro, el creador de la familia Telerín, y en el Tío Vivo su historieta la hacía Ibáñez. Antes que los okupas, llevó en el pecho la primera k rebelde. (No es la misma la k de okupa, o de Santako, que la k de kiosco. En esto hemos perdido 'finezza', hemos retrocedido. Escribiendo kiosco aprendieron generaciones de niños a trazar la letra k. No había otra palabra mejor, más cercana, más llena de promesas y más misteriosa. A mí me tocó hacerlo en aquellos cuadernos Rubio de escritura, los de las tapas verdes. No sé si era el que traía la cuadriga romana en la cubierta o el del buzo con la escafandra en el fondo del mar, como en 'Veinte mil leguas de viaje submarino'. Además había otros cuadernos que se llamaban Campanillas, me parece que los tuve antes y que en ellos en vez de letras hacíamos palotes. Cada vez que oigo a alguien esa cochambrosa expresión de ponerse palote me dan ganas de meterle un cuadernillo de escritura por la boca, como si fuese un bocadillo. Bueno, a lo que iba, y cierro paréntesis, dejar de escribir kiosco con k para condenarlo a la q ha supuesto una tremenda pérdida de dignidad para todos nosotros en tanto que seres de alfabeto).

Nadie ha representado el ideal de comida, lo que nuestros padres deseaban para nosotros, como el Otilio de Ibáñez. También mi madre me hubiera metido un rinoceronte en un bocadillo si hubiera sido un producto del pueblo. El bocadillo era la verdad, estaba hecho de pan como el hambre y los Evangelios. Cuando íbamos al colegio, era lo que nos igualaba a nuestros padres cuando iban a la obra o a la fábrica, y por no traicionar esa autenticidad, por no desertar del realismo al que se debían, las madres se negaban rotundamente si se les pedía de merienda un Tigretón, un Phoskitos, una Pantera Rosa, un Bony, un Bucanero. Eso no era comida, y por tanto no daban un paso atrás, no fuese que les ocurriera como a Murillo, que se mató al echarse atrás para ver mejor lo que estaba pintando. Al final, cayéndose del andamio como un obrero de la construcción, se pasó de realista.

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