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En busca de un Rolex robado por las calles del Raval Sur

Víctima de un atraco a punta de cuchillo, un vecino del barrio radiografía el hampa relojera recién afincada en la ciudad

Carles Cols Guillem Sànchez

Una cámara de seguridad capta como roba un grupo de relojeros a un turista de Barcelona, en la entrada de un hotel. 

Primero, una advertencia. No traten de hacer esto en su barrio, sobre todo si este es el Raval, porque esta es la historia de la víctima de un robo (vamos a llamarle Butch, nombre falso, por supuesto, pero oportuno, como luego se verá) en busca de aquello que a punta de navaja le birlaron en la calle de la Cera el pasado 21 de junio. Un reloj Rolex, un capricho que compró durante los años de bonanza económica y que ahora no podría pagar. Se enfadó cuando se lo quitaron. Butch no es un guiri (aunque algo de cara tiene) ni un chico bien de por encima de la Diagonal en busca de la bohemia de bares como Madame Jasmine. Es del Raval Sur. Conoce el barrio y, por cuestiones profesionales, muchísimo de lo que ocurre en esas calles, así que lleva dos meses tras su reloj, un desaconsejable viaje en el que ha conocido a los personajillos del hampa local, tipos que hasta presumen de sus robos en cuentas privadas de Instagram. Y ha logrado descubrir qué pasa con los relojes de lujo que se roban en Barcelona, o por lo menos, con su Rolex. Lo dicho. No traten de hacer esto en casa.

Pasadas dos semanas, le sonrió la suerte. En una redada en la calle vio a uno de los asaltantes. Dos días más tarde fue a buscarle

El robo fue así. Se le acercaron cuatro magrebís. Simulaban que le ofrecían hachís. El repertorio de técnicas de distracción de los carteristas es muy variado. Los ronaldinhos lo hacen con una pelota, como con ganas de driblar, y entre empujones del juego desaparecen las carteras. Las mimosinas se hacen las cariñosas. Meten mano, vamos. Cuando la víctima está pendiente de sus genitales, no lo está de sus bolsillos. Los que asaltaron a Butch eran más directos.

Con una navaja en el pecho, aquel 21 de junio Butch pensó primero en la cámara de fotos que llevaba en la riñonera. El forcejeo fue breve. Ni se dio cuenta de que ya no llevaba el reloj en la muñeca. La carrera posterior por las calles del barrio fue inútil. Las pesquisas posteriores entre la gente de mal vivir, con los que charla a menudo desde hace años, también. Puso una denuncia. A diferencia de la que ponen los turistas cuando les roban un reloj de miles de euros, la suya era con copia de la factura y con el número de serie del Rolex.  

Muchos recordarán uno de los capítulos más desopilantes de Pulp fiction. Christopher Walken visita a un niño que ha perdido a su padre en la guerra de Vietnam. Estuvo con él hasta el último momento en el campo de prisioneros. Antes de morir le encomendó que hiciera llegar su reloj a su hijo. Era de oro y había pasado de generación en generación en la misma familia. Acepta el encargo. Durante los dos años que sobrevivirá a su compañero de armas, esconde el reloj en su culo. Sí, en el recto. Cosas de Tarantino. El capítulo termina cuando se lo entrega al niño. Se llama Butch. La gente hace cosas muy locas por un reloj. Nuestro otro Butch, también. Quince días después del robo del Rólex, a comienzos de julio, hay movida en la calle de la Cera. La policía pide la documentación a un grupo de jóvenes. Entre ellos, Butch distingue a uno de sus asaltantes. Este se siente observado y se esconde tras la visera de la gorra. Butch le delata a los agentes. Como el robo fue con violencia, se enfrenta en el futuro tal vez a una pena mayor, de cárcel. Su objetivo, sin embargo, no es ese. El plan es otro. Ha hecho una inversión. Ha invertido en el miedo de su asaltante.

El el Raval, cualquier Oliver Twist se sabe el código penal, y un robo con cuchillo es un error que se paga caro

El ladronzuelo, tras 48 horas de arresto, sale en libertad provisional a la espera del juicio por el Rolex y Butch le busca por la calle y le encuentra. Con voz calma, le pregunta por su reloj. El otro le responde con gritos. Insiste, siempre con paciencia. Como el Butch de la peli, dice que el reloj es una herencia de su padre, para enternecerle. Le ofrece una simbiosis. Tú me ayudas, yo te ayudo. Le recuerda que le ha denunciado por robo con violencia. En este barrio, cualquier Oliver Twist conoce la letra pequeña del Código Penal. Le dice que le conviene ofrecer algo. Muerde el anzuelo. Al final le da un nombre, el del receptador, el que compra el material robado. Es Walid. Incluso le facilita el número de teléfono, pero le desaconseja que siga adelante. Los relojeros, que es como en la jerga policial se conoce a esta sectorial del hampa, no son gente amigable. Por cierto, a los relojeros de verdad no les gusta que se emplee ese nombre en los textos periodísticos. A los Marx Brothers les pasó algo asi con la Warner Brothers con motivo del rodaje de Una noche en Casablanca. Los estudios lo interpretaban como una usurpación del nombre de su película, Casablanca, pero por carta Groucho respondió que difícilmente alguien confundiría a Ingrid Bergman con Harpo Marx. A los relojes, en argot de calle, les llaman también pelucos, pero claro, decir que sus ladrones son peluqueros abriría un conflicto con otro gremio.

El caso es que Butch tenía ya un objetivo, Walid. Preguntó por él por la calle Hospital a todos aquellos que parece que con sus espaldas aguantan las paredes de las fincas. Están ahí por algo. Algunos son receptadores de poca monta. Uno de ellos le confundió con alguien del oficio, con un cadenero -los que arrancan collares con tirones- que tenía algo que vender. Le dijo que si buscaba a Walid, dijera que iba "de parte de Camacho". En este punto, el instinto de supervivencia aconsejaría poner punto final a la aventura. No lo hizo. Le mandó un mensaje de texto a Walid. En árabe. Tres hurras por Google Translator. El destinatario respondió con un mensaje de audio, en árabe. Buscó a quien se lo tradujera y, así, entabló una conversación con quien en algún momento tuvo su Rolex Submariner entre manos. La guarda en el teléfono. Su interlocutor es escurridizo. Pero al final llegó a citarse con él. Butch trataba de conversar. El otro, cantinflea. Se hace el loco. No hubo manera.

El que compra los botines presume de sus ganancias en una cuenta privada de Instagram. Esto es el 'Sálvame arrabalero'

Con paciencia ha averiguado más cosas sobre él. Que su padre, un cuarentón con muy mala pinta, un tal Negroa, es quien manda en el negocio. Son ambos de origen argelino. El hijo presume de su alto nivel de vida en una cuenta de Instagram. Es privada. Butch la ha visto a través de un tercero. Coches caros, relojes, por supuesto, y un casoplón que se está construyendo en Argelia. La omertá siciliana no es ley que valga entre este colectivo de delincuentes. Hay rencillas y envidias. Es el Sálvame arrabalero. Si se pregunta a la persona adecuada, se revela la imagen completa, que, he aquí lo bueno del caso de Butch, encaja como la pieza final de un puzle con el retrato que la policía ofrece sobre la irrupción y auge de los relojeros en Barcelona.

'Relojeros' viajeros 

Siempre hubo algún especialista de este tipo de hurto, la historia del Chino es larga y densa, pero fue en el 2016 cuando los primeros relojeros, procedentes de Marsella, desembarcaron en la ciudad funcionando como bandas bien organizadas. Fue la primera ola. Les fue tan bien que corrió la voz. Tal vez también presumían de sus éxitos a través de Instagram. Solo en junio del 2017, por poner un ejemplo, se detuvo a 27 de ellos. Este verano, según las mismas fuentes policiales, ha llegado una segunda ola. Es como la fiebre del oro de California, 1848, pero en Barcelona, 2018. La comparación no es gratuita. Cada vez son más y se pelean por las pepitas. Este año ha habido 13 apuñalamientos en el distrito primero. La policía cree que son peleas entre malos, por el control de los narcopisos o por el reparto de botines. No son agresiones a transeúntes. Los relojeros acostumbran a cebarse con los turistas adinerados. Al ciudadano medio y autóctono esta guerra le queda lejos. Salvo que yerren el tiro y asalten a alguien como Butch. 

Butch, nombre ficticio entresacado de Pulp Fiction, ofrece un 'tour' por las calles de la receptación. Solo da un consejo. "No les aguantes la mirada"

Butch, tras dos meses en busca de su Rolex, da por buena la sospecha. La cita con él para contar esta historia ha sido en un bar de la calle de Joaquín Costa. De camino ha grabado a un grupo de magrebís que se pelea en mitad de la calle a plena luz del día. Esta vez no hay navajas. Solo puños. Muestra el video. Luego ofrece un tour por el barrio. Se sabe de carrerilla los lugares que los receptadores han elegido como oficina, siempre en la calle. Suelen ser callecitas, como la del Hort de la Bomba, pero también los hay en la remozada y luminosa plaza de Folch i Torres, bajo la sombra de una arboleda. Da un consejo. No hay que aguantarles la mirada. Se sienten dueños del lugar.

A estas alturas de mes probablemente su Rolex andará ya por Asia o África. Eso le cuentan. No se conforma. No cejará. Según se mire, es como Lee Marvin en A quemarropa, una peliculón muy sesentero. Al protagonista le burlan la parte de un botín. En su busca, se mete hasta el fondo en el corazón del hampa. Rendidos sus rivales por su determinación, le preguntan qué quiere. Suponen que lo quiere todo. No. "Quiero mi dinero. Mis 93.000 dólares". El Rolex de Butch no costaba ni una décima parte de esa cifra. Les hubiera salido a cuenta devolvérselo.