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BARCELONEANDO

Así se aprende a nadar a los 80 años

Una treintena de veteranos vecinos de Horta-Guinardó pierden el miedo al agua con cursos acuáticos

Gabriela, al borde de los 81, se olvida de su bastón cuando sale de la piscina "más feliz que nunca"

Carlos Márquez Daniel

El bastón de Gabriela, fuera del agua, mientras ella disfruta en la piscina.  / RICARD CUGAT

En la película 'Cocoon', un grupo de ancianos recuperaba la juventud gracias a unos huevos alienígenas que se habían colado en su piscina. Daba gusto verles, tan arrugaditos pero a la vez lozanos y vivarachos. La realidad ha demostrado que no es necesario el concurso de extraterrestres para recuperar el vigor. En Barcelona, sin ir más lejos, en el barrio de Sant Genís del Agudells, para mayor concreción, una treintena de veteranos vecinos participan en cursos acuáticos para aprender a nadar. Para perder el miedo al agua, pero también para ganar confianza. Y lo que es más importante: para que salgan de casa

Llevan cuatro semanas y la mejora ha sido espectacular. Este miércoles tocaba sesión con una quincena de ellos. Como siempre, en la piscina del Hospital Sant Rafael, que las Hermanas Hospitalarias (ojo con las monjas, que poseen más de 370 centros asistenciales en todo el mundo) ceden gentilmente al consistorio para que pueda desarrollar esta actividad dentro del plan de barrios, un programa del Ayuntamiento de Barcelona que dispone de 150 millones para gastar en 16 de los barrios con más carencias de la ciudad. Han empezado a las 10.30 horas y se han ejercitado hasta el mediodía. Mariona Prat, jefa de proyectos de Plan de Barrios en Sant Genís y la Teixonera, explica que se están planteando realizar la actividad también en invierno ante la buena acogida que ha tenido. 

Gabriela, en una pausa del curso acuático / RICARD CUGAT

Entre los 15 participantes encontramos a Gabriela Martín, la mayor del grupo, camino de los 81 años. Ha llegado con su bastón desde la Teixonera, barrio con muy mala leche si las piernas empiezan a fallar. Coge el bus 19 y se planta aquí a su ritmo, siempre con una sonrisa en el rostro. En las últimas tres décadas, su contacto con el mar o la piscina ha sido prácticamente nulo. Un día en un 'spa' de Tarragona con su hija, a lo sumo. De aquella experiencia guarda el gorro que luce con orgullo. Llega con el bastón a la piscina, pero se olvida de él y de todos los dolores cuando le toca bajar la escalerita de espalda. Lo hace con sumo cuidado, pero se nota que ya sabe cómo va esto. Debajo esperan Borja y Joan Pau, que para el grupo son mucho, muchísimo más que simples monitores. "Son magníficos", "son maravillosos", "sin ellos nos vamos todos 'pal' fondo" o "ellos han conseguido todo esto" son algunas de las descripciones que comparten los parroquianos.

Gabriela y la superación 

Pero volvamos a Gabriela. Nació en Córdoba en 1937 y lleva 53 años en Barcelona. Hija de pastor y esposa de carpintero, trabajó durante más de 20 años cosiendo vestidos para la casa Pronovias. y sacando adelante a cuatro hijos, dos de los cuales viven muy cerca de aquí. Tras conocer por encima su biografía, que es la de muchos otros andaluces que en los años 60 tomaron el tren conocido como 'el sevillano' para labrarse un porvenir en Catalunya, es fácil entender de dónde saca la valentía. El primer día de curso se agarraba a las laderas de la piscina como una garrapata. "No se soltaba, pero mírala ahora, ya se deja ir y no para de reírse. Es el mejor ejemplo de superación que tenemos", explica Joan Pau Ortego, uno de los dos supervisores. Cuenta que él sentía "mucha admiración" por sus abuelos, y que las personas mayores son "muy agradecidas".

El primer ejercicio: estiramientos / RICARD CUGAT

Estiran los brazos, mueven las piernas, juegan un partido de baloncesto acuático, sumergen la cabeza en el agua, cruzan la piscina agarrados a un 'churro'. En definitiva, echan la mañana en una actividad que les hace sentir vivos. El partido de básquet termina en una suerte de penaltis y aquí se celebra todo, vaya la pelota dentro o se quede a un metro de la cesta. A Gabriela, en un lance del juego, hacen como que la cubren pero le permiten alcanzar el aro contrario. Su canasta se aplaude como si no hubiera un mañana mientras otro de los asistentes grita entre risas: "Es que la dejáis sola ¡coño!". Da gusto ver a esta dama salir del agua para volver al otro lado de la piscina a pie. Sin bastón, ágil y risueña, mientras no para de repetir que esto es lo mejor que ha hecho en su vida.

Esperando los miércoles

Maria Pilar, otra de las nadadoras, tiene 79 años y este año se atreverá con la piscina municipal de su pueblo de veraneo. "Aprender a nadar era la ilusión de mi vida, me siento mejor que nunca". Carmen vive "deseando que lleguen los miércoles para venir a la piscina". Le encanta el ambiente y ya está temiendo que esto se acabe. "Tiemblo solo de pensarlo". Lástima que solo hayan podido ser 30 y que tenga que ser el ayuntamiento el que promueva y pague estas actividades. Con la de horas muertas que tienen los gimnasios con piscina por las mañanas..., ¿no?

Temas: Tercera edad

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