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BARCELONEANDO

La equidistancia en viñetas

Nunca me he sentido más equidistante que cuando me han pedido que eligiera entre Astérix y Tintín

Javier Pérez Andújar

Retransmisión de la semifinal del Mundial de fútbol entre Francia y Bélgica en el bar Bélgica de Barcelona.

Retransmisión de la semifinal del Mundial de fútbol entre Francia y Bélgica en el bar Bélgica de Barcelona. / Elisenda Pons

El otro día empecé a ver que media Barcelona iba con Bélgica en el mundial y la otra media con Francia, y comprendí que esa pasión se debía a razones políticas, así que me entró otro ataque de equidistancia. Nunca me he sentido más equidistante que cuando me han pedido que eligiera entre Astérix y Tintín. Aquí se trata de una equidistancia enriquecedora, ya que a ambos personajes les tengo igual afecto y además a sus creadores les debo parte de mi felicidad. La podríamos llamar equidistancia de ida. En política identitaria, lo que siento más bien es una equidistancia de vuelta, pues ambas propuestas (cualquiera las llama soluciones) me descorazonan.

A pesar de toda su envoltura nacionalista, con Astérix se aprende que precisamente eso es lo de menos

Astérix es un francés de la vieja escuela. Nace en el momento en que De Gaulle funda la V República y es elegido su presidente. Es la mezcla de 'l'esprit de résistance' y de 'l'esprit de la nation', es decir, el viaje de De Gaulle desde la resistencia contra los nazis hasta la jefatura de Estado. Y Astérix destila estos dos espíritus. Representa en viñetas la "certera idea de Francia" a la que apelaba De Gaulle como ideología. Leyéndolo te mueres de risa, pero Astérix es el colmo del nacionalismo y el no va más del chauvinismo. Todo lo notable que ha ocurrido en el mundo, desde la nariz rota de la esfinge de Guiza ('Astérix y Cleopatra') hasta el desembarco de Normandía ('Astérix en Bretaña'), se debe a alguna anécdota protagonizada por Astérix y Obélix. La irreductible pequeña aldea gala es una alusión a la 'grandeur'.

Decepción en el bar Bélgica de los seguidores que siguieron el partido del Mundial entre su selección y Francia. / ELISENDA PONS

No son los mismos los viajes por el mundo de Astérix y Obélix que los viajes por el mundo de Tintín. En realidad Tintín le es leal al siglo XX con el que nace. Tintín es puro internacionalismo porque en sus álbumes quien se enfrenta a los países es el individuo, el viajero, y en Astérix y Obélix es la nacionalidad lo que se opone a los imperios, a los países. De un modo no del todo sistemático, en las aventuras de Astérix se alterna un álbum que pasa dentro de la aldea con otro que lleva una expedición a un lugar lejano; pero el viaje de Astérix y Obélix es eso, una expedición más que un viaje, y siempre se hace en representación y provecho de la aldea, de la patria. Hay algo en Astérix que lo acerca a Tartarín de Tarascón, ambos rebosan satisfacción provinciana; sin embargo, el éxito de las correrías de Astérix y Obélix jamás va a ser local sino trascendental para toda la humanidad. Lo que salva a Astérix de hundirse en la octavilla es la independencia del lenguaje, la prodigiosidad verbal de Goscinny (el trazo de Uderzo es maravilloso, pero ahora estamos hablando de otra cosa). Goscinny es demasiado libre como para tomarse absolutamente en serio el patriotismo de Astérix. Antes de crear este personaje ha sido guionista en Estados Unidos, donde ha trabajado con Harvey Kurtzman y el grupo que fundaría la revista 'MAD', de la cual el 'underground' americano pillará su tono satírico. Así, a pesar de toda su envoltura nacionalista, con Astérix se aprende que precisamente eso es lo de menos, que aunque de repente uno se vea atrapado en una aldea, que aunque sea inevitable pertenecer a ella, siempre quedará el escape por el comentario, por la observación personal, el derecho a la libertad de expresión, para que todo eso sea soportable.

El viaje de Tintín tiene siempre un lado turbio y desesperado

En este aspecto, Tintín significa todo lo contrario que Astérix y Obélix. Hergé es un pragmático, se muestra realista hasta la melancolía. Lo que en el druida Panorámix es poción mágica, en el capitán Haddock es whisky Loch Lomond. El viaje de Tintín tiene siempre un lado turbio y desesperado. Tintín va una y otra vez a la zona oscura de los países. Siempre se topa con tratantes de esclavos, traficantes de drogas, mercaderes de armas, contrabandistas, conspiradores, secuestradores, terroristas..., esto es lo que se va encontrando cuando viaja al país del oro negro, a China, al desierto, a la selva pluvial. Es un chico de orden, pero ninguna policía está de su parte. No tiene aldea a la que pertenecer. Tiene un pisito en una calle de Bruselas y el asilo político en el castillo del capitán. Goscinny es un cosmopolita contando una historia de exaltación nacional. Hergé ha sido un nacionalcatólico que busca refugiarse, purificarse, por la individualidad. Hergé no cree en el mundo, en las naciones, ha visto demasiado, ha conocido a los patriotas muy de cerca, pues también él lo ha sido. Si en Astérix se turnan las aventuras dentro y fuera de la aldea, lo mismo ocurre en Tintín; pero en sus álbumes son los países, por enormes que parezcan, los que están sujetos a una irreparable condición pintoresca. Por eso, cuando necesita evadirse, escapar de todo eso, el viaje de Tintín es al Tíbet misterioso, a la luna en el espacio exterior, al fondo del mar. A lugares sin fronteras. La equidistancia es una ruptura moral. La disyuntiva de ser del menhir de Obélix o del cohete rojo y blanco de Tintín está resuelta en el inicio de '2001: una odisea del espacio'. Admito que también es cierto que siempre estoy dispuesto a ser cualquier cosa, menos lo que soy.

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