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UN RÍO MOVEDIZO

Barcelona, 2.000 a.C.: cuando el Besòs desembocaba a los pies de Montjuïc

El proyecto PaleoBarcino está desvelando los cambios en el litoral y el paisaje vegetal de Barcelona a lo largo de los últimos milenios

Ernest Alós

La línea de costa en Barcelona en el año 2.000 antes de Cristo, según la hipótesis del proyecto PaleoBarcino. 

La línea de costa en Barcelona en el año 2.000 antes de Cristo, según la hipótesis del proyecto PaleoBarcino. 

¿Dónde desembocaba el Besòs hace 4.000 años, y seguramente también mucho tiempo más tarde? Es una pregunta para la que tienen una respuesta los responsables del plan PaleoBarcino, que llevan casi 10 años reconstruyendo la línea de la costa, el paisaje y los recursos y usos de la franja litoral del llano de Barcelona. Carme Miró, directora del Servei d’Arqueologia de Barcelona, y Santiago Riera, profesor de la Universitat de Barcelona, tienen motivos fundamentados para creer que prácticamente a los pies de Montjuïc, al igual que el Llobregat. Eso sí, uno a cada lado de la montaña. En términos modernos, cerca de la estatua de Colom, el Besòs. Cerca del paseo de la Zona Franca, el Llobregat.

Esa es sola una de las conclusiones del proyecto que encabezan, y hay muchas más (qué cultivaban iberos y romanos, que convirtieron Bárcino en un monocultivo vinícola, cuándo se desforestó el llano, que los iberos no solo vivían encastillados en las colinas de la ciudad, que los poblados de los primeros agricultores-ganaderos neolíticos se concentraban en las lagunas costeras formadas por las rieras), algunas definitivas, otras aún en curso, algunas difundidas ampliamente en exposiciones como la que dedicó el Muhba al neolítico en Barcelona, otras apenas explicadas en congresos y revistas especializadas. Una iniciativa que ha implicado a decenas de expertos de múltiples disciplinas (arqueología, historia, geografía, geología, biología) de la Universitat de Barcelona, el Servei d’Arqueologia de Barcelona, diversos departamentos municipales y empresas privadas, un caso de colaboración que le facilitó también conseguir una subvención (modesta) del Ministerio de Educación y Cultura.

Dos ríos a los pies de Montjuïc

Pero vayamos de momento al trazado de los dos ríos que flanquean Barcelona. En el primero de los mapas de reconstrucción del litoral neolítico de Barcelona de Riera, en el 8.000 antes de Cristo, desembocan en dos amplios estuarios (más estudiado el del Besòs que el del Llobregat). Hasta ese momento el nivel del mar había ido subiendo (60 metros) tras las últimas glaciaciones y no había dejado que se acumulasen sedimentos en los deltas. En su segundo escenario, en el 2.000 antes de Cristo, tras estabilizarse el nivel del mar los ríos  llevaban tres milenios aportando sedimentos, que iban formando la base de los respectivos deltas. Formando barras de arena, que iban abriendo o cerrando desembocaduras a los ríos. En el caso del Besòs, formarían un cordón litoral tras el cual discurría un estuario interno por el que bajaban las aguas del río hasta el monte Táber, la futura Bárcino imperial; aunque a lo largo del tiempo pudo haber otras desembocaduras distintas, o incluso varios brazos funcionales simultáneamente.

¿Uno de esos brazos del Besòs por el mismísimo centro de Barcelona? “Esta derivación del Besòs parece muy bestia, pero tiene lógica. El Llobregat mismo ha desembocado en unos momentos a los pies de Montjuïc, y en otros en Castelldefels”, explica Riera. Las pruebas se han ido encontrando a lo largo de la última década: depósitos de guijarros en excavaciones de lugares como la estación de França, la plaza Medinaceli o la Ciutadella que solo pueden corresponder a canales del río Besòs. Hay materiales procedentes del Vallès o la sierra d’en Mena, en Badalona (por  lo tanto, no de las rieras que bajan desde Collserola) y por su tamaño (los del Llobregat, por cierto,  han  llegado a atascar la tuneladora de la línea 10) y disposición (“estratificación cruzada”) solo pueden haber sido depositados por la fuerte corriente del río, no arrastrados a lo largo de la línea litoral.

Trazar una línea de costa en un momento u otro del pasado de Barcelona va más allá de la cartografía. “La franja litoral, el Llobregat, el Besòs, el mar, han definido la estructura de la ciudad”,  resume Carme Miró.

A lo largo del neolítico, explica Santiago Riera, las desembocaduras de las rieras formaban, a los pies del ‘esgraó barceloní’, el escalón que separa de la plataforma elevada que formaba la ‘tierra firme’ de la ciudad y hoy aún puede rastrearse en lugares como el inicio de la Via Laietana, las escaleras de los pasajes de la calle Trafalgar o el desnivel del Museu del Disseny),  profundas lagunas de agua dulce. Surgencias como los actuales ‘ullals’ del  delta del Ebro, en torno a las cuales se instalaban los poblados de los primeros agricultores-ganaderos de Barcelona. La mayor laguna, el Cagalell, llegó a tener 25 hectáreas, prácticamente todo el actual Raval, y hasta 20 metros de profundidad (25 metros de fango cargado de materia orgánica aparecen hoy en las excavaciones de la zona). Otras similares se encontrarían en el actual Poblenou (Can Ricart) y La Pau.

Que siglos después tanto Besòs como Llobregat siguiesen rodeando Montjuïc explica muy bien que el gran poblado ibérico de Bárkeno, del que solo se han encontrado trazas, aunque eso sí, cerámica importada y silos de un tamaño comparable solo con los de Empúries, se pudiera instalar como un centro comercial en la montaña, dominando un fondeadero o puerto fluvial en el Llobregat, razona Carme Miró. En torno a la calle Foneria, en el barrio (por supuesto) del Port. Y como hipótesis, plantean Miró y Riera, quizá que ese brazo del Llobregat quedase cegado por los sedimentos explica que los romanos, seguramente tras haber ocupado Bárkeno durante la época republicana, decidiesen fundar en tiempos de Augusto otra ciudad de nueva planta, Bárcino, al otro lado de la montaña.

“En época histórica, quizá hasta la edad media, los canales del Besòs hacia el sur siguieron funcionando”, sospechan Santi Riera, geógrafo, y Ramon Julià, geólogo. Aunque esa es otra historia, fuera del marco temporal cubierto por el proyecto PaleoBarcino. Algunos rastros, en estudios geológicos de otros autores y cartografía histórica, muestran posibles huellas de la retirada paulatina del  Besòs hasta su actual cauce. La formación de la punta del Convent que Oriol Riba y Ferran Colombo interpretan como un aluvión formado por las rieras desviadas cuando se construyeron las murallas del siglo XIII, ya podría haber interferido con la llegada del río hasta el frente marítimo de Barcelona. Aunque la detección de algunas areniscas consolidadas también podrían haber contribuido a la morfología del litoral. Alguna laguna del litoral de Poblenou no es descartable que corresponda a antiguos brazos del Besòs. Y en todo caso, al menos entre los siglos XVII y principios del XIX, el agua corrió al mismo tiempo por el Besòs Vell, un curso que marcaba la frontera entre Barcelona y Sant Adrià y que solo dejó de llegar al mar a principios del siglo XIX, y el Besòs Nou, el actual cauce del río (este desplazamiento podría explicar, por cierto, por qué a diferencia de Santa Coloma y Badalona, Sant Adrià tiene medio territorio a un lado del actual Besòs y otra mitad, al sur de este).

Viñas, viñas y más viñas

El proyecto PaleoBàrcino ha permitido replantear ya bastantes puntos de la prehistoria del llano de Barcelona. No, no era un bosque como aquel que decían que podían atravesar las ardillas saltando de árbol en árbol. Ni en tiempos de los romanos, ni antes. “Hemos encontrado que en la época neolítica hubo una deforestación bestial, que se mantuvo en las épocas ibérica y romana”, explica Miró. Hace miles de años, los primeros pobladores ya se dedicaban a incendiar el llano (o aprovechar que ardía a golpe de rayo) para cultivarlo. Y si pensamos en la Barcino romana… imaginémonos un Penedès o un Napa Valley. Un monocultivo de la viña.

El proyecto, que aprovecha toda una serie de estudios iniciados en el 2008, engloba dos partes. La más estrictamente geográfica, que estudia la evolución del terreno a lo largo del tiempo en el litoral de Barcelona, y el estudio de los recursos naturales que ofrece este litoral. “La bioarqueología de los yacimiento define los paisajes y la alimentación de los que los habitaban. Qué se podía comerciar, pescar, comer”, enumera Santiago Riera. En los últimos años se ha conseguido hacer avanzar enormemente el conocimiento de la prehistoria de la ciudad gracias al incremento de los sondeos en las diversas obras públicas de la ciudad, con a la colaboración de otros departamentos municipales, y también algunas intervenciones privadas. “Prácticamente cada mes; llevamos ya cinco kilómetros lineales de sedimentos”, se felicita Riera.

Los sondeos en el delta del Besòs han sido muy numerosos: a 30-35 metros por debajo de la superficie actual se encuentra el fondo marino de hace pocos miles de año, y las capas acumuladas encima muestran “en qué ambiente se encontraba ese punto, si mar abierto, marismas, la zona donde rompían las olas… Y analizar los restos biológicos con C-14, en lugar de centrarnos solo en la geología estricta, permite datar”, explica Riera. “Es una gran novedad de este trabajo”, apunta Miró. “La arqueología urbana estaba muy enfocada a buscar estructuras, no restos biológicos; hemos llevado estudios típicos de zonas agrarias a la ciudad”, añade Riera.

Anna Gómez y Miquel Molist (UAB), por ejemplo, han podido analizar a fondo la alimentación de los pobladores neolíticos, con leguminosas, cereales primitivos, cabra, buey y cerdo doméstico, productos del mar y frutos del bosque. En el caso de los íberos, ya cultivaban la viña (“se está demostrando que cada vez la encontramos más atrás”, dice Miró), plantaban cereal y leguminosas como habas, guisantes y lentejas y recolectaban frutas como la mora, el higo y sobre todo el madroño. En tiempos romanos, la dieta pasa a tener muchísimas ostras, caracoles y mejillones. Y en cuanto a la agricultura: “Viña, viña y viña; el 80-90% de lo que encontramos”, dice Carme Miró. En los desagües de la ciudad, en tierra firme, en estratos que hoy están a metros bajo tierra y entonces eran el fondo del mar, no dejan de salir puñados y puñados de semillas de uva. Para comer y sobre todo para elaborar el vino layetano, ese Don Simón de la Roma imperial, “industrializando lo que ya se hacía en época ibérica”, explica Miró. Y para comer (el frutero se completaba sobre todo con moras e higos). Cáñamo también, para la industria textil. Y espinas de anchoa y sardina para la de las salazones y el garum. Y carpas (recordemos el estuario del Besòs).

En cambio, los estudios de polen añaden una historia distinta. La presencia de plantas que, deducen los expertos, deberían ser ornamentales, ya que no se encuentran ni semillas (las cloacas y defecaciones, esa gran herramienta de la moderna bioarqueología) ni, por ejemplo, molinos de aceite. Es decir, podemos deducir la composición de los jardines de las villas y domus de Barcino. “Un ajardinamiento ritual”, dice Miró, con olivos, cipreses, limoneros, rosales y prímulas, además de higueras y parras. Nuestra ‘paleo-casa i  hortet’, digamos.

Temas: Historia

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