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Jujol, el ornitorrinco de la arquitectura

Sant Joan Despí pone a punto un Any Jujol al que se han adherido 15 ciudades más, pero no Barcelona, abonada al monocultivo de Gaudí

Carles Cols

La escalera de acceso al primer piso de Can Negre, un Jujol muy recomendable.

La escalera de acceso al primer piso de Can Negre, un Jujol muy recomendable. / JORDI COTRINA

Como Josep Maria Jujol nació en 1879 y murió en 1949, en Sant Joan Despí han sacado cuentas y resulta que el próximo año será el 140 aniversario del nacimiento y el 70 del deceso de este arquitecto al que Antoni Gaudí admiraba, que se dice pronto, y del que, sin embargo, poco se habla, así que han decidido dedicarle un porrón de actividades para sacarle de esa inmerecida invisibilidad. Coordina la operación de rescate Sant Joan Despí, porque hay ahí una buena muestra de su creatividad, y se han adherido al Any Jujol hasta ahora 15 municipios, todos ellos agraciados con su obra, pero no Barcelona, curioso, donde parece que opinan que con adorar a Gaudí ya les basta.

El traje modernista le tiraba de la sisa a Jujol, pues era a la par un expresionsita alemán, un cubista francés y un exponente del arte pobre italiano que estaba por llegar

Era un hombre singular, en lo personal y en lo profesional. En esto último, fue una suerte de ornitorrinco de la arquitectura, una darwiniana línea evolutiva de esta disciplina académica que no solo no tuvo continuidad en forma de discípulos, sino que en su clímax creativo concibió edificios más raros que un mamífero ovíparo con pico y pelo, dicho con el máximo de los respetos, por supuesto.

Carles Español le ha tocado ser el coordinador del Any Jujol, una decisión acertada por el entusiasmo que transmite al hacer de guía para la ocasión en dos de las obras de Jujol en Sant Joan Despí, Can Negre y la Torre de la Creu, (gracias, desde aquí) y porque conoce todos esos minúsculos detalles en los que el arquitecto se entretuvo hasta encontrar la solución perfecta, puertas que se cierran solas por la asimetría de sus bisagras, ingeniosos mecanismos de apertura de las ventanas, todos distintos, cajones que debería conocer ya el señor Ikea y, por concluir con un caso muy especial, las puertas que le puso a un retablo del siglo XVI de la planta baja de Can Negre que parece que sea imposible que se puedan abrir sin topar con la pared abovedada y que, alehop, se doblan sobre sí mismas.

Can Negre, la masia del XVI tuneada por Jujol, con su balcón con aire de carroza real. / JORDI COTRINA

Can Negre fue el segundo trabajo de Jujol en Sant Joan Despí. El primero fue la Torre de la Creu, un encargo se su tía, Josefa Romeu. Eso parece que despertó algo de pelusa en Pere Negre, acaudalado abogado barcelonés que en Sant Joan Despí era el hereu de una anciana masía del siglo XVI, así que le encargó a Jujol que se la tuneara, verbo que entonces no se conjugaba, por supuesto, pero eso es lo que hizo. Le puso, por ejemplo, un balcón que es casi literalmente una carroza real. Hizo más o menos lo que Ai Wei Wei cuando cogió varios jarrones cerámicos de la dinastía Han, por situarla, contemporánea de Julio Cesar, y les estampó el logotipo de la Coca-Cola. Jujol, 100 años antes que el artista chino, hizo lo mismo con Can Negre y el resultado quita el hipo, lo cual no es malo.

Las cosechas de Can Negre

Las obras en aquella finca duraron 15 años, de 1915 a 1930. No era por pereza del arquitecto, sino porque Pere Negre decidió que se pagarían con los beneficios de las cosechas vitivinícolas de la finca, curioso método que permitió a Jujol firmar con la fecha correspondiente cada estancia que reformaba, como si fuera una cosecha de merlot o de garnacha.

Una de las dos escaleras de la Torre de la Creu. / carles cols

Jujol se le ha orillado hasta ahora inmerecidamente, como a otros muchos de sus contemporáneos. El rey sol Gaudí ha eclipsado a otros astros, tanto que incluso se calla que la mano de Jujol está también en la Casa Batlló, en la Pedrera y en el Park Güell. Como estos días se proyecta en la Sala Phenomena Lawrence de Arabia, no está de más repescar uno de sus breves pero deliciosos diálogos, que resume a su manera aquella etapa arquitectónica de Barcelona. “Eres un payaso”, le dicen al personaje que interpreta Peter O’Toole, impecable como T.E. Lawrence. “No todos podemos ser el domador de leones”. Vamos, que en Barcelona solo Gaudí tenía permiso para meter la cabeza dentro de la boca del felino y que le aplaudieran por ello.

Bohigas retrata al Jujol profesor en sus memorias. Es un capítulo a reller. "¿Usted no sabe latín y quiere ser arquitecto?", le decía a sus alumnos.

El Any Jujol, en definitiva, dará comienzo en breve con actividades de todo tipo, académicas y lúdicas, una feliz noticia para aproximarse a este arquitecto inclasificable, que lo manuales sitúan dentro del santoral modernista, pero que también era una versión catalana del expresionismo cinematográfico alemán, del cubismo francés y un antecedente estupendo del arte povera de los italianos. A la espera de que se levante el telón (la próxima semana, sin ir más lejos) no está de más releer el capítulo que Oriol Bohigas le dedica en sus memorias gracias a que fue alumno de Jujol cuando era estudiante de arquitectura, Era, según Bohigas, “un profesor anárquico, descontrolado, difícil de entender, que volaba siempre entre chistes culturales insólitos” y, además temible. “Cuando algún alumno no entendía suficientemente bien sus latinadas (lengua que dominada como un cura de los de antes), le decía con una cara de sorpresa trascendental: ¿Pero usted no sabe latín y quiere ser arquitecto?”. Así era Jujol, como sus obras.