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Souvenir en Barcelona

el acabose inmobiliario

La calle de la Souvenirneria

La subasta de una finca de Llibretería por parte de la Generalitat abre una disputa política con la depauperación de esta calle icónica del Gòtic como telón de fondo

Carles Cols

Nueva jornada de acusaciones y patadas por debajo de la mesa entre el Ayuntamiento de Barcelona y la Generalitat a cuenta del acabose inmobiliario de la ciudad. El epicentro del terremoto, aunque tiene réplicas en otras direcciones postales, está en el número 16 de la calle de la Llibreteria, que se identifica más y mejor por el bar que ocupa los bajos, el Mesón del Café, fundado en 1909. Los vecinos de la finca, cosas de Barcelona, acceden a la escalera por una puertecita al final de la barra y a la izquierda. El próximo 5 julio, la Generalitat venderá el inmueble al mejor postor. O sea, en una subasta. Los inquilinos van en el lote. Núria, por ejemplo, que tiene 80 años y que nació allí. Tienen todos contratos indefinidos, con lo que en un país normal debería se motivo de tranquilidad, pero están en pie de guerra. Piden que alguien pare la subasta. El cruce de acusaciones entre las dos administraciones no tiene desperdicio.

Era Apotecaris cuando se vendían remedios  medicinales. Con la llegada de la imprenta la rebautizaron. Tal vez toca cambiarle otra vez el nombre a Llibreteria

Antes de proseguir, eso sí, conviene aclarar el título. Está ahí para contextualizar. La calle de la Llibreteria no siempre se llamó así. Antes del siglo XVI se llamó calle de los Apotecaris y también calle de los Calzeters. El nombre lo ponía la actividad principal de la vía. Guillem Martínez, en su indispensable biografía de la ciudad ‘Barcelona rebelde’, describe de un modo emocionante cuándo y por qué pasó a llamarse Llibreteria. “Fue por mérito propio. Por esta calle entraría en breve, y bajo forma de libro, todo lo que estaba sucediendo intelectualmente en Italia. De esta calle salió hacia el resto de la península el humanismo renacentista”. Podrían ponerlo en una lápida en la bocacalle que da a Sant Jaume, donde hay, cómo no, una tienda de souvenirs y que, según aseguran en los pocos comercios de toda la vida que quedan en aquella zona, paga 16.000 euros al mes de alquiler. Perdón por lo vulgar, pero flipan. Que la llamen ya calle de la Souvenirneria. Justo delante del Mesón del Café hay otra. Y calle arriba y calle abajo, varias más.

La cosa es que a las 11 de la mañana de este jueves sacaron cuatro sillas y tres mesas del bar a la calle para, convocada la prensa, protestar por la subasta del 5 de julio. La convocatoria hacía días que corría por las redes sociales. De hecho, tan controvertida subasta hasta se coló en el debate de investidura de Quim Torra, el 13 de mayo, porque los Comuns se la echaron en cara a Esquerra. Aquello pasó medio desapercibido en mitad de aquel zipizape parlamentario, pero el miércoles, víspera de la puesta en escena por parte de los vecinos del Gòtic, el Ayuntamiento de Barcelona dio señales de vida. Se difundió preventivamente la carta que el concejal Josep Maria Montaner le había mandado días atrás a Pere Aragonés, secretario de Economia de la Generalitat.

Patadas bajo la mesa política. Colau pide que se pare la subasta y la Generalitat responde que la alcaldesa calló cuando pudo comprar

“El anuncio de la subasta coincide con una grave situación de emergencia habitacional en Catalunya”. “Desde el ayuntamiento no entendemos la decisión de desahacerse de pisos, algunos incluso con inquilinos”. “Rogamos que detengan la citada subasta”. Son tres frases que resumen bien la carta, como tres golpes de touché de Montaner a Aragonés, de nuevo los Comuns contra ERC, como en el Parlament. Pero esta vez a los de Esquerra no les pillaron con la guardia baja. A la carrera, el secretario de Hacienda de la Conselleria d’Economia, Albert Castellanos, quiso dar su versión solo una hora antes de la cita frente al Mesón del Café. Su intervención fue un interesante crescendo.

Antonio, de rojo, dueño del Mesón del Café, frente a la puerta del local / Joan Cortadellas

Recordó primero lo sabido, que los pisos a subasta son los intestados, fincas que se quedan sin dueño cuando este fallece y que no aparece por ningún lugar ningún heredero de cómo máximo cuatro grados de parentesco. Cuando la herencia lleva alguna carga económica, la venta de los inmuebles al mejor postor es la manera prevista de saldarla. Los beneficios que se obtienen –según Castellanos— no van ni siquiera a la hucha de la Generalitat, sino que se destinan directamente a asistencia social o a cultura. En la subasta del 5 de julio, el cálculo es que se obtendrán 2,5 millones de euros con las ventas de los pisos de Barcelona. La puya para Montaner y por extensión para Ada Colau la guardaba Castellanos para el final. Cuando se reunió la Junta de Herencias, una mesa en la que sientan tanto la Generalitat como el Ayuntamiento de Barcelona, nadie en nombre del municipio propuso un acuerdo previo a la subasta, que se podía hacer sin ningún problema. Es decir, el ayuntamiento podría haberse hecho dueño de los pisos de Llibreteria y otros más por un precio razonable. Nadie dijo ni mu.

La anomalía es que las tiendas con más clientes son las más amenazadas y las de souvenirs, la mayoría vacías, crecen con alquileres que quitan el hipo

Añadió algo más Castellanos. Algo que nada gustó después a los vecinos, que una vez puesto en marcha el reloj de la subasta (ya hay una veintena de compradores dispuestos a pujar) no se puede detener. Los afectados, claro, no aceptan un no. Dicen que lo que está en juego es mucho más de lo que parece, como mínimo en Llibreteria. Perdón Souvenirneria. Basta transitarla de vez en cuando para descubrir en ella una anomalía. Los establecimientos en los que casi nunca faltan clientes (Conesa y sus bocadillos, el Mesón del Café y sus ídem, La Colmena y sus dulces…) son paradójicamente los que más temen por su futuro. Los vendedores castañuelas, toreros de trancadís y camisetas de mal gusto, ocasionalmente visitados por clientes y con alquilres que quitan el hipo, no hacen más que crecer en número.

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